URBANA, Estados Unidos – Recientemente, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) emitió una alerta en la que advertía a los países de todo el mundo sobre una nueva fase inminente de El Niño, que se prevé que aumente significativamente la probabilidad de sequías, olas de calor, tormentas e inundaciones, y que plantee graves riesgos para la agricultura en múltiples regiones.
Pero esto no es sorprendente, ya que en los últimos años, incluido 2026, las sequías, las tormentas, los tornados, las olas de calor y las inundaciones se han vuelto cada vez más frecuentes y graves.
Estos fenómenos meteorológicos erráticos y extremos han provocado la pérdida de vidas humanas, han causado daños por valor de miles de millones de dólares en las infraestructuras y han tenido consecuencias devastadoras para la producción agrícola, la seguridad alimentaria y la agricultura, un sector que sustenta los medios de vida de millones de personas, genera empleo y contribuye de manera significativa a las economías nacionales, tanto en Estados Unidos como a escala mundial.
Los países deben invertir en el desarrollo de planes de acción preventivos, reforzar los sistemas de alerta temprana y previsión, y dotar a los ciudadanos y a las comunidades en riesgo de soluciones prácticas y estrategias de mitigación que puedan poner en práctica antes de que se produzcan estos fenómenos meteorológicos catastróficos.

La pregunta que surge entonces es: ¿cómo pueden los países, incluidos los Estados Unidos, prepararse mejor para estos fenómenos meteorológicos extremos y devastadores que tienen repercusiones tan negativas en la agricultura y la seguridad alimentaria?
En primer lugar, los países deben invertir en el desarrollo de planes de acción preventivos, reforzar los sistemas de alerta temprana y previsión, y dotar a los ciudadanos y a las comunidades en riesgo de soluciones prácticas y estrategias de mitigación que puedan aplicar antes de que se produzcan estos fenómenos meteorológicos catastróficos.
Hacerlo supone un beneficio mutuo para todos. Una y otra vez, las pruebas han demostrado que las inversiones proactivas en planes de acción preventivos, preparación y mitigación reducen los efectos negativos de los fenómenos meteorológicos extremos, al tiempo que minimizan las pérdidas económicas.
Como complemento a estos sistemas de predicción, sería necesario que los países elaboraran planes nacionales de preparación con el objetivo de proteger las cadenas de suministro alimentarias y agrícolas, desde la producción hasta el consumo, antes, durante y después de los fenómenos meteorológicos extremos.
Los países también deberían promover una cultura de preparación animando a sus ciudadanos, agricultores y otras partes interesadas del sector agrícola a adoptar medidas preventivas antes de que se produzcan los fenómenos meteorológicos. Por ejemplo, en 2025, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos animó a los productores a prepararse para la temporada de huracanes.
Las medidas preventivas que adopten los agricultores y otras partes interesadas del sector agrícola pueden variar en función de los recursos disponibles y de los fenómenos meteorológicos previstos.
Por ejemplo, si se prevén olas de calor y sequías, los agricultores pueden adoptar medidas preventivas, como plantar variedades de cultivos resistentes a la sequía y utilizar otras soluciones innovadoras contra la sequía.
Cuando se prevén inundaciones, los agricultores pueden plantar variedades resistentes a las inundaciones.
Paralelamente, y más allá de la preparación, los países deben animar a los agricultores a adoptar prácticas de agricultura regenerativa, como los cultivos de cobertura, la labranza reducida o sin labranza, la rotación de cultivos, los sistemas de gestión de plagas basados en la conservación, los cultivos mixtos y otras estrategias para mejorar la salud del suelo.
En conjunto, estas prácticas mejoran la salud del suelo, aumentan la retención de agua y, en última instancia, refuerzan la capacidad de los cultivos agrícolas para resistir olas de calor, sequías, inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos.
Cabe destacar que la investigación agrícola sigue revelando otros enfoques eficaces, como el aprovechamiento de microorganismos beneficiosos del suelo para mejorar la producción de cultivos, al tiempo que se refuerza la resiliencia de las plantas frente a las sequías y otros factores de estrés bióticos y abióticos.
Es importante señalar que sigue existiendo la necesidad de invertir en investigación y desarrollo. Para adelantarse al aumento de los fenómenos meteorológicos y a sus devastadores efectos sobre la agricultura, los países deben seguir invirtiendo en ciencia mediante la financiación de la investigación.
Lamentablemente, muchos países siguen recortando los presupuestos federales destinados a la investigación y el desarrollo, empezando por Estados Unidos. Esto tiene que cambiar.
Cuando se financia a los científicos y se realizan inversiones, los investigadores pueden seguir investigando no solo los efectos de estos fenómenos meteorológicos, sino también posibles soluciones innovadoras para hacer frente a estos retos.
Además de invertir en investigación, es necesario invertir en extensión. La extensión es el brazo que permite que la «última milla» de la investigación sea efectiva, ya que los profesionales de la extensión trabajan con las comunidades para transferir los resultados de la investigación y compartir los descubrimientos científicos.
La extensión agrícola colabora con los agricultores para ofrecerles asesoramiento a lo largo de la temporada de cultivo, sugiriendo cambios y estrategias que deben adoptar para garantizar que los cultivos sobrevivan a los retos que plantea el clima.
Por último, es necesaria una colaboración continua entre sectores y países para hacer frente a los retos relacionados con el clima que afectan a la agricultura.
Esto incluye forjar alianzas creativas en las que participen gobiernos, organismos de financiación federales y estatales, instituciones de investigación e investigadores tanto de instituciones públicas como privadas, universidades, agricultores, expertos y agentes de extensión, oenegés y filántropos.
Las colaboraciones coordinadas contribuirán en gran medida a garantizar que los fenómenos meteorológicos extremos tengan un impacto mínimo en la agricultura y la seguridad alimentaria.
En un momento en el que los fenómenos meteorológicos extremos e impredecibles son cada vez más frecuentes y severos, invertir en el desarrollo de planes de anticipación, sistemas de alerta temprana y de predicción, así como en la elaboración de planes de preparación y en formas creativas e innovadoras de difundir la información, las soluciones y las estrategias disponibles entre los agricultores, contribuirá en gran medida a mejorar la productividad agrícola, al tiempo que refuerza nuestra capacidad para cultivar de forma sostenible y satisfacer nuestras necesidades de seguridad alimentaria, tanto en la actualidad como en los años futuros.
Esther Ngumbi, doctora, es profesora adjunta del Departamento de Entomología y del Departamento de Estudios Afroamericanos de la estadounidense Universidad de Illinois en Urbana-Champaign.
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