Milei corta asistencia a comedores populares y agrava crisis social en Argentina

Mercedes Troyas (en el centro, con blusa negra), en su comedor del municipio de Tigre, junto a las mujeres que trabajan con ella en la cocina. Ella vive en un barrio popular de los suburbios de Buenos Aires y realiza la tarea solidaria cuando finaliza su horario de trabajo como enfermera en un hospital público. Imagen: Daniel Gutman / IPS

BUENOS AIRES – En el comedor popular que Mercedes Troyas tiene en el municipio de Tigre, un suburbio del norte de la capital de Argentina, cada vez hay menos comida y más necesidad. “Viene gente sin trabajo  y con trabajo, pero que dice que lo que cobra no le alcanza para alimentar a la familia. Yo tengo que atender a todos; no puedo diferenciar”, cuenta Mercedes con los ojos cansados.

Después de más de 10 años de destrucción de sus ingresos a causa de una inflación asfixiante, las clases más desprotegidas entraron en Argentina en una nueva etapa, aún más dramática, por el implacable programa de ajuste del gasto público y desregulación de la economía que puso en marcha el ultraderechista Javier Milei desde que asumió la presidencia el 10 de diciembre.

Muchos creen en este país sudamericano que fue la amplia red de contención estatal –con entregas directas de comida, subsidios al transporte y al resto de los servicios públicos- lo que mantuvo en los últimos años la paz social, pero la situación entró en un cono de incertidumbre con el nuevo gobierno, que no ha aumentado los montos de las ayudas mientras el dinero pierde valor cotidianamente o directamente ha eliminado programas.

“Tenemos ganas  de trabajar pero ya casi no tenemos con qué.  Todo está muy duro. Nosotros, más que cocineras, ya somos cuidadoras y psicólogas. Tenemos que hacernos cargo de muchos chicos que andan solos y contener a las madres que vienen a pedir comida y muchas veces se tienen que ir sin nada”: Patricia Muñoz.

Así, ha dejado de entregar comida a la mayoría de los comedores populares de los barrios vulnerables, con el argumento de que debe investigarse el manejo de la ayuda que realizaban como intermediarias las organizaciones sociales y políticas, muchas dueñas de grandes redes territoriales con mayor presencia en las zonas vulnerables que el propio Estado.

La ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, justificó el corte de la asistencia en la supuesta corrupción de las organizaciones sociales que canalizan la llegada de los productos. Desafiante, dijo que no atendería a los activistas y lideres barriales en el ministerio, sino «a las personas que tengan hambre».

Entonces, el 5 de febrero, miles de pobres e indigentes hicieron una fila frente al ministerio, que cubrió 20 cuadras (manzanas) en el centro de Buenos Aires, pero luego de varias horas debieron retirarse sin ser atendidos por nadie.

La misma sede del Ministerio de Capital Humano fue escenario este viernes 23 de una protesta en la que se reclamó la reanudación de la asistencia los comedores, bajo la consigna «La emergencia alimentaria no puede esperar. Basta de ajuste». La movilización fue replicada con cortes de rutas en distintos puntos del país.

“Del gobierno nacional hace semanas que no recibimos más nada. Hoy nos manejamos con algo que nos manda el municipio de Tigre y lo que nos da (la organización social) Libres del Sur.  No tenemos carne, ni verduras ni frutas, porque la gente de clase media, que antes nos donaba alimentos, está muy golpeada y ya no puede ayudar”, dice Mercedes Troyas.

Rossana Miranda, Patricia Muñoz y Raquel Aquino, tres mujeres que sostienen un pequeño comedor en Sagrada Familia, un asentamiento de Tigre donde viven unas 700 familias, la gran mayoría de origen paraguayo. Como casi todos los comedores que alimentan a pobres e indigentes en la Argentina, se han quedado sin ayuda del nuevo gobierno, del ultraderechista Javier Milei. Imagen: Daniel Gutman

Mercedes instaló hace unos cinco años su comedor popular en su propia casa del barrio Los Troncos del Talar, en una zona donde los niños juegan en las calles o en descampados llenos de basura,  entre caballos flacos que caminan en busca de algo de pasto.

La presencia de los caballos indica que muchos habitantes del barrio forman parte del ejército de recicladores urbanos o “cartoneros”, que antes recorrían las zonas más densamente pobladas de Buenos Aires y sus alrededores durante la noche pero ahora pueden verse revolviendo los contenedores de basura prácticamente en cualquier horario y zona.

Desde su comedor –una sala amplia y rectangular con techo de madera y varias neveras y congeladores-, Mercedes  prepara dos veces por semana viandas para 20 familias y meriendas para 80 niños, con ayuda de cinco chicas jóvenes del barrio que cobran un plan de ayuda social y realizan el trabajo como contraprestación. El comedor, sin embargo, está por estos días al borde del colapso.

“En enero tuve que abrir una sola vez por semana en vez de dos, porque no tenía comida. Ahora tengo mucha gente en lista de espera. Tanta, que ya ni siquiera puedo anotar gente nueva”, cuenta.

Más allá de su tarea solidaria, Mercedes se gana la vida como enfermera en el Hospital Municipal Materno Infantil de San Isidro, un municipio vecino a Tigre en el norte del Gran Buenos Aires, como llaman los argentinos a los extensos suburbios de la capital, donde viven 11 millones de habitantes o casi la cuarta parte de la población total de este país del cono sur americano.

San Isidro y Tigre son dos municipios emblemáticos de la creciente desigualdad en la Argentina, ya que proliferan los barrios cerrados de lujo, protegidos por muros y alambres de púas, que a veces son linderos con asentamientos y barrios precarios.

Tigre, con unos 450 000 habitantes, tiene más de 30 barrios inscriptos en el Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap).

Así como el  comedor popular de Mercedes es un termómetro de la situación social, en su trabajo en el hospital ella es testigo del deterioro de la salud pública. “Soy enfermera del hospital hace 17 años y siempre estuvimos desbordados de pacientes. Pero nunca tuvimos una situación de falta de insumos la que tenemos hoy”, explica.

El 5 de febrero se formó una fila de más de 20 cuadras en el centro de Buenos Aires, luego de que la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, anunciara que no iba a recibir a las organizaciones sociales, sino a «a las personas que tienen hambre». Miles de personas pobres llegaron entonces para buscar soluciones en el ministerio, pero Pettovelo no las recibió. Imagen: Daniel Gutman / IPS

Comedores que cierran

Oscar Hurtado es un referente en la zona norte del Gran Buenos Aires de Libres del Sur, partido político de izquierda y movimiento social con gran inserción territorial en los barrios populares.

“En Tigre tenemos unos 10 comedores, pero varios tuvimos que cerrarlos en las últimas semanas por falta de alimentos, a pesar de que tenemos buena relación con el municipio, que nos sigue proveyendo algo de mercadería. El gobierno nacional cortó toda la entrega de alimentos”, dice Hurtado.

Oficialmente el Registro Nacional de Comedores y Merenderos Comunitarios tenía a fines de 2023 la cifra de 35 000 de esas instalaciones registradas en todo el país. Pero representantes de diferentes organizaciones que participaron este viernes 23 en la manifestación en Buenos Aires elevaron esa cifra a 45 000, porque un importante número no están registrados.

El municipio de Tigre alberga el delta de la desembocadura del río Paraná, con una innumerable cantidad de islas y cursos de agua, que además de una atracción turística es también otro escenario que ha cambiado con el deterioro social del Gran Buenos Aires.

“Muchas familias que no pueden pagar un alquiler se están yendo a vivir a las islas, donde hay terrenos fiscales desocupados en los que hoy llega gente que construye casas con chapas, maderas o cualquier material que se pueda conseguir”, revela Hurtado.

Desde 2011, más allá de algunos períodos de recuperación muy breve, en Argentina viene creciendo la proporción de hogares que no pueden cubrir sus necesidades alimentarias.

“Con cada crisis, no solo aquellos hogares en condiciones vulnerables intensifican cada vez más sus niveles de privación económica, sino que, adicionalmente, parte de sectores medios bajos descienden en sus capacidades de consumo”, señala un informe presentado este mes de febrero por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODSA-UCA).

Este cuadro de deterioro crónico se agravó desde que asumió Milei, quien devaluó la moneda argentina y generó un brusco salto de la ya elevadísima inflación, que pasó del 12 % a 25 % mensual, sin la amortiguación de un aumento de salarios o de un refuerzo de las políticas de contención social.

El impacto sobre el nivel de vida de los argentinos fue fulminante, ya que la pobreza pasó de  afectar a 44,7 % de la población en el tercer trimestre de 2023 a 49,5 % en diciembre y a 57,4 % en enero, siempre según el ODSA-UCA, institución de referencia en cuanto al diagnóstico de la realidad social del país.

Una imagen desde la avenida del barrio Sagrada Familia, un asentamiento precario del municipio de Tigre sin urbanización, donde funcionan varios comedores que se han quedado sin asistencia del gobierno argentino. Imagen: Daniel Gutman / IPS

Necesidades cada vez mayores

Esa realidad se vuelve palpable en el comedor Caacupé, un pequeño espacio que está en el barrio Sagrada Familia de Tigre, que ni siquiera está urbanizado y tiene sus casas amonto nadas entre pasillos estrechos.

En Sagrada Familia viven unas 700 familias, la mayoría de origen paraguayo, y el comedor es atendido por Patricia Muñoz, Rossana Miranda y Raquel Aquino, tres mujeres que dos veces por semana preparan comida que 36 familias se llevan en recipientes de plástico, con la que se alimentan unas 180 personas.


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“La gente del barrio trabaja en la construcción y muchos está ahora sin trabajo porque se están parando tanto las obras públicas como las privadas. La necesidad es cada vez mayor, pero el gobierno nos cortó toda la entrega de mercadería y tuvimos que pasar de atender tres veces por semana a solo dos”, explica Patricia.

Madre de tres hijos, ella muestra que en el comedor, ubicado al fondo de un pasillo de tierra, no hay alimentos para preparar.

“Tenemos ganas  de trabajar, pero ya casi no tenemos con qué.  Todo está muy duro. Nosotros, más que cocineras, ya somos cuidadoras y psicólogas. Tenemos que hacernos cargo de muchos chicos (niños) que andan solos y contener a las madres que vienen a pedir comida y muchas veces se tienen que ir sin nada”, reflexiona.

ED: EG

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