Opinión

Luchas antirracistas en América Latina, #BML más allá de EEUU

Este es un artículo de opinión de Inés Pousadela, especialista principal de Investigación en Civicus, la alianza mundial para la participación ciudadana.

Manifestantes en Niteroi, una ciudad cercana a Río de Janeiro, en un acto de # BlackLivesMatter para protestar contra el racismo en Brasil. Foto: Fernando Souza /ZUMA Wire - Alamy Live News

MONTEVIDEO – En el año transcurrido desde el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis, en Estados Unidos, el movimiento #BlackLivesMatter (LasVidasNegrasImportan, BLM) ha dado la vuelta al mundo. En un país tras otro, mucha gente ha reaccionado frente a la opresión y ha exigido el fin del racismo sistémico. Un año más tarde, estos movimientos por la justicia continúan activos.

Hubo algo en la cruel y gratuita muerte de George Floyd, ampliamente documentada y compartida en las redes sociales, que tuvo un eco inmediato. Lo que en un principio podría haber parecido uno más en una larga y rutinaria seguidilla de asesinatos de personas negras a manos de la policía estadounidense tuvo consecuencias inesperadas que reverberaron más allá de las fronteras.

La gente no solamente se movilizó en solidaridad, sino que también se animó a compartir sus propias experiencias de racismo en sus propios países.

Muchos se movilizaron por George Floyd, pero también por muchas otras personas que han vivido vidas anónimas y muerto de forma igualmente anónima. Pronunciaron sus nombres, hicieron visible lo invisible y exigieron reconocimiento y reparación. Reclamaron una vida diferente para sí mismos y para muchos otros cuyas vidas deberían importar, pero que son tratados como si no importaran.

En América Latina emergieron con renovada energía movimientos con décadas de activismo en su haber. En Brasil, la mitad de cuyos 211 millones de habitantes son personas negras (designadas como pretas o pardas en la terminología local), las protestas se centraron en gran medida en las violaciones de derechos humanos cometidas por la policía en las favelas, en su inmensa mayoría contra personas negras.

El movimiento brasileño por la justicia racial, de larga trayectoria, se empeña en desmontar el mito fundacional de Brasil como “sociedad multicolor” libre de racismo, un mito que reflejó cabalmente la respuesta del gobierno a las protestas desatadas por el asesinato de un hombre negro, Beto Freitas, a manos de guardias de seguridad privados de un supermercado Carrefour de Porto Alegre en noviembre de 2020.

La autora, Inés Pousadela

Según el vicepresidente brasileño, este asesinato no guardaba conexión alguna con la raza de la persona asesinada: el racismo no era un fenómeno brasileño sino una moda importada.

En respuesta, la activista Sheila De Carvalho, de la Coalición Negra por los Derechos, denunció la indiferencia predominante hacia la injusticia racial en Brasil, y subrayó que “cuando hay casos internacionales como los de Michael Brown, George Floyd y Breonna Taylor, tienen repercusión aquí. Pero cuando ocurre lo mismo aquí, parece que a la gente no le importa”.

Un desafío similar se observó en Colombia, donde el activismo exigió justicia para Anderson Arboleda, un afrocolombiano muerto a manos de la policía, pero enfrentó fuertes resistencias para lograr que se reconociera al racismo no como una peculiaridad de Estados Unidos, sino como un problema candente en Colombia.

En palabras de David Murillo, de DeJusticia, un primer paso muy necesario sería que la gente “entienda qué es el racismo y que realmente existe”, seguido del establecimiento de “redes transnacionales de trabajo para visibilizar lo que está pasando en Colombia”.

En República Dominicana, un homenaje a George Floyd funcionó como una oportunidad para expresar demandas de igualdad y reparación para las personas dominicanas de ascendencia haitiana, víctimas habituales del racismo en esta nación caribeña que comparte frontera con Haití.

En 2010, generaciones de dominicanos de ascendencia haitiana fueron despojados de su ciudadanía dominicana, sancionando legalmente la exclusión sistémica que han enfrentado durante largo tiempo, y que -como en tantos otros países- también los expuso a los peores impactos de la pandemia.

Hablando desde su propia experiencia de exclusión, Elena Lorac, de Reconoci.do, puntualizó que “en República Dominicana se cree que todo negro es haitiano. Si yo soy negra y tengo el cabello crespo, constantemente me cuestionan, aunque tenga papeles, y en caso de no poder mostrar mis documentos puedo ser deportada porque se supone que soy haitiana. Ha habido casos de personas dominicanas de raza negra que han sido deportadas por su color de piel”.

El 9 de junio de 2020, Reconoci.do organizó un acto con distanciamiento social para conmemorar a George Floyd, y enfrentó una reacción intensa no sólo de la policía, como ha sido la norma en otros lugares, sino también de un grupo nacionalista de derecha que organizó una contramovilización virulenta.

Las personas negras de todos los rincones del mundo son parte de un movimiento global por los derechos y las vidas negras que está aquí para quedarse

Movimientos como estos y muchos otros trabajan para superar resistencias y están produciendo un cambio sin precedentes en el discurso público, alejándolo de la idea de la discriminación racial como concerniente a las actitudes individuales y acercándolo al reconocimiento del racismo como un fenómeno sistémico.

Están redirigiendo la atención hacia las estructuras políticas, económicas y sociales que producen y reproducen la exclusión racial.

Además de denunciar la brutalidad policial como una de las expresiones más malignas del racismo sistémico, exigen el reconocimiento de los impactos persistentes del colonialismo y la esclavitud, que siguen dejando su marca en incontables vidas en América Latina y el Caribe, y reclaman la transformación de las estructuras sociales y económicas que determinan un acceso extremadamente desigual a la educación, el empleo, la salud, la vivienda y los servicios sociales, perpetuando exclusiones históricas.

Independientemente de si se han movilizado en torno a la bandera de BLM, la readaptaron a sus necesidades o adoptaron consignas diferentes que tuvieran más resonancia en sus propios contextos, los movimientos antirracistas de todo el mundo han aprovechado la visibilidad del movimiento global para acaparar la atención y poner en la agenda reclamos y demandas que llevaban largo tiempo sin ser escuchados.

La atención global habilitó a las propias personas negras -muchos de ellas jóvenes, mujeres y personas LGBTQI+- para tomar el micrófono y contar sus historias con sus propias voces. Y, por una vez, vieron la posibilidad de que sus voces fueran escuchadas, sus palabras comprendidas y sus argumentos debidamente considerados.

Un año después del estallido de Minneapolis, la urgencia de las demandas de cambio se mantiene, tal como se observó en las protestas de Brasil de principios de este mes, en las cuales miles de personas se movilizaron contra el racismo y la violencia policial letal en el aniversario de la abolición de la esclavitud en el país, tras una redada policial en una favela que resultó en la muerte de 28 personas.

Quienes continúan movilizándose, en el mundo y en la región, depositan renovadas esperanzas en el movimiento global y en la oportunidad que éste trajo consigo para tejer vínculos regionales e internacionales y movilizar apoyo internacional a partir del reconocimiento, en palabras de Sheila, de que esta “no es no solamente una situación brasileña o estadounidense, sino la experiencia de las personas negras en todo el mundo”.

O, como afirma Elena, que las personas negras de todos los rincones del mundo son “parte de un movimiento global” por los derechos y las vidas negras que está aquí para quedarse, y que seguirá desafiando la exclusión sistémica hasta que todas las vidas negras importen realmente en todas partes.

Este artículo se publicó originalmente en democraciaAbierta, el sitio latinoamericano de openDemocracy.

RV: EG

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