ROMA ETERNA: LA SOMBRA DE MUSSOLINI

La capital italiana agobia al visitante, no solamente por el extremo calor de los meses veraniegos, sino por la acumulación de las muestras arquitectónicas de diferentes épocas y estilos. La oscilación por la máquina del tiempo se asemeja por momentos a una operación de “zapping” televisivo: Barroco, Renacimiento, murallas medievales, modernidad, acueductos y anfiteatros romanos. Debido a esa mezcla apabullante, atrae la atención la singularidad de construcciones que evidentemente ofrecen un aire clásico e imperial, como si fueran una pincelada contemporánea de escenas añejas.

Lo extraordinario de esa impresión es que se trata de imitaciones de arquitectura de la Roma antigua, producto de una moda que dominó a la capital italiana en las décadas de los 20 y 30 del pasado siglo. Pero más extraordinario resulta comprobar que algunas de esas construcciones se terminaron en los 50, y que no se ha hecho el menor esfuerzo por ocultar su evidente origen mussoliniano y fascista. Es una prueba más del impacto de la Roma eterna, por encima de épocas y regímenes.

La huella arquitectónica del fascismo está presente en diversos barrios de Roma (la urbanización planificada de EUR). Pero probablemente la muestra más notable de ese compromiso histórico-político es el complejo del Foro Itálico, sito a orillas del Tíber, al que cruzan los puentes Milvio y del Duque de Aosta.

Mientras éste fue erigido en plena era fascista de 1936-39, el primero reclama ser el más antiguo de Roma. Su obra original se debe al cónsul Cayo Claudio Nerón en el 206 AC, para certificar el triunfo sobre los cartagineses en la batalla de Metaurus. En el 115 de la nueva era, otro cónsul, Marco Emilio Escauro, construyó uno nuevo, y en el 312, Constantino I derrotó a Majencio en la conocida como batalla del Puente Milvio. En la primera década del nuevo milenio, el puente comenzó a atraer a parejas de enamorados, quienes iniciaron una ceremonia de colocar candados en sus lámparas como señal de amor eterno, según una tradición iniciada por Federico Moccia, en su novela y film “Tres metros sobre el cielo”.

Por su parte, el puente del Duque de Aosta se abre a un panorama insólito, el “Foro Itálico, también todavía conocido por su nombre original como “Foro Mussolini”, en honor al “duce”. Diseñado por Enrico Del Debbio y Luigi Moretti, se inspiró en los foros imperiales romanos y es la muestra más genuina de la arquitectura de perfil fascista. Fue proyectado y construido en el marco del proyecto de creación de una auténtica ciudad de los deportes.

Comprende numerosos sedes, entre las que destacan el Estadio Olímpico, el Estadio de los Mármoles y el Estadio de la Natación. Ha sido es escenario de diversos acontecimientos deportivos como los Juegos Olímpicos de 1960 y periódicamente acoge el torneo internacional de tenis en su cancha principal con capacidad para 12.500 espectadores. Su apertura irrepetible es el obelisco en honor de Mussolini, una pieza única de Carrara, de 37 metros de longitud y 770.000 kilos, colocado sobre un monolíto de 300 toneladas, que fue transportada durante un largo periplo de cuatro años y que llegó en barcaza.

Por una corta avenida se llega a una plaza tras la que se alza el Estadio Olímpico. Los telespectadores que periódicamente siguen los partidos de la Roma y Lazio, los dos clubes de primera de la capital italiana, no se incomodan por ingresar al templo deportivo pisando mosaicos de perfil genuinamente fascista, conservados sin ambages. Igual pudieron decir los asistentes a la Olimpiada de 1960, a la Copa del Mundo en 1990, o la victoria del FC Barcelona sobre el Manchester United en la final de la “Champions” europea en 2009, ya con el estadio fundamentalmente renovado, por solo mencionar algunos acontecimientos.

Pero más difícil es no sufrir el impacto del Estadio de los Mármoles, inaugurado en 1932. Pespunteado por 59 estatuas del más genuino estilo mussoliano que haría la envidia de Hitler. Adjunta se halla el edificio que fue sede de la Escuela Física de Educación Física, renovada para entrenar a las juventudes fascistas, y hoy sede del Comité Olímpico Italiano. Los signos olímpicos apenas maquillan el estilo original.

Por fin, al oeste se alza una mole rectangular, pulida, inmaculada. Con nueve pisos, entre 169 metros de ancho y 50 de altura, contiene 1.300 salas, para albergar el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Palacio de la Farnesina. Pero repasando la historia no se oculta que fue un proyecto de Mussolini para sede del Partido Fascista. Diseñado en 1935 por los arquitectos Enrico Del Debbio, Arnaldo Foschini y Vittorio Morpurgo Ballio. La fachada es de mármol travertino. Su construcción se congeló en 1943 con el colapso del régimen. Pero curiosamente fue terminado en 1959 con ligeras variantes que no consiguen ocultar pudorosamente la monumentalidad original. Además de su empleo burocrático, tiene una excelente colección de arte del siglo XX.

Este escenario de la historia, lejana y cercana, pesa. Ladrillo, mármol y granito hacen difícil borrar el pasado, por muy incómodo que sea. Lo curioso de Roma es que en el caso de los símbolos mussolinianos (el obelisco es su ejemplo más emblemático), gobiernos y ciudadanos no se han esforzado por maquillar el legado. El viajero puede de esa forma repasar la historia de este país complejo e inimitable. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).

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