Eterna sequía ahuyenta a campesinos de Siria

Agricultores se reúnen en su campo en otro día claro y caluroso de la septentrional región siria de Al Raqqa, cerca de la ribera del río Éufrates. Pero la tierra en este rincón de la «media luna fértil» está estéril, y sólo sobrevive una pequeña manada de ovejas en una granja de 10 hectáreas.

Una granja siria afectada por la sequía. Crédito: Caterina Donattini/IPS
Una granja siria afectada por la sequía. Crédito: Caterina Donattini/IPS
Habitualmente, las lluvias del invierno boreal comienzan a fines de octubre. Pero esta región sufre una dura sequía y, si se extiende todo diciembre, los cultivos de trigo y lenteja, así como el sustento de los campesinos, se verá arruinado otro año consecutivo.

Varias zonas de Siria, Turquía, Iraq, Jordania, Líbano, Israel y Palestina se han visto afectadas en los últimos años por una devastadora ausencia de precipitaciones.

La temporada invernal de 2009 comenzó bien, pero luego las lluvias se detuvieron en forma abrupta y los climas extremos y las enfermedades como la roya amarilla diezmaron los cultivos de trigo.

"Rezamos por lluvias y buenos ingresos", dijo Issa Sheikh, de 22 años, quien con su hermano lucha por cultivar la tierra de su familia. "La temporada del año pasado fue muy mala. El costo de los fertilizantes y de las semillas era alto, y no tuvimos producción. Ahora dependemos del trabajo en las ciudades, y hemos pedido préstamos a amigos y al banco".
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En los nororientales distritos sirios de Al Raqqa, Deir Ezzour y Al-Hassakeh, situados entre las fronteras con Turquía e Iraq y en el centro de la industria petrolera del país, la sequía se ha extendido por tres años consecutivos.

Los cultivos estratégicos de Siria son el trigo, la cebada, el azúcar de remolacha y el algodón. Como gran exportador de trigo, el impacto de la sequía ha obligado a este país, otrora autosuficiente, importar el producto para cubrir la demanda interna.

Muchos expertos agrícolas señalan que el principal factor del problema es el cambio climático. "Este año, noviembre fue muy extraño", dijo Mahmoud Solh, jefe del Centro Internacional para Investigación Agrícola en Áreas Secas (ICARDA), con sede en la norteña ciudad de Aleppo.

"Siempre ha habido una fluctuación en las lluvias y en las temperaturas, pero nada como lo que estamos viendo ahora", añadió.

Luego de una visita de evaluación a Siria en septiembre, Olivier De Schutter, reportero especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el derecho a la alimentación, estimó que 1,3 millones de personas en este país sufrían el impacto directo de la sequía, 95 por ciento de ellas en el noreste, y que 800.000 se encontraban en situación muy grave.

"Los más afectados son los pequeños agricultores… y los pequeños arrieros, que perdieron entre 80 y 85 por ciento de su ganado desde 2005", señala su informe inicial.

"Esos agricultores ya pasaron por tres años de sequías y tendrán un cuarto, lo cual es un desastre", señaló por su parte el jefe de la oficina en Damasco de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Abdulla Tahir Bin Yehia.

"Su capacidad se ha agotado. Es por eso que necesitan ayuda. Una familia común en el noreste tiene entre ocho y 10 miembros. Es un número muy grande", añadió.

Campesinos como los hermanos Sheikh, en Al Raqqa, se han visto obligados a abandonar sus familias para buscar empleo en otros lugares. En su caso, trabajan en fábricas en torno a la norteña ciudad de Aleppo, o en el sector de la construcción durante el verano en Líbano.

Según el Plan de Respuesta a la Sequía, publicado a principios de este año por la ONU, 65.000 familias sirias habían abandonado sus aldeas para dirigirse a grandes ciudades.

Pero "este drástico movimiento no salvó a esas familias desplazadas de las dificultades y de la indigencia", indica el reporte.

"En cambio, perdieron sus vínculos sociales y por lo general son explotadas. Esto también incrementó la presión sobre el limitado mercado laboral, sobre los recursos y sobre los servicios públicos, ya afectados por la presencia de aproximadamente un millón de refugiados iraquíes", agrega.

Damasco es un importante destino para los emigrantes, y depende en gran medida de los manantiales de Fijieh y Barrada para saciar a su floreciente y siempre sedienta población de 6,6 millones de habitantes.

Atravesando la cordillera del Antilíbano, el por lo general sobrecargado suministro de agua se está viendo afectado por un menor derretimiento de nieve, la fuga en los ductos, la evaporación de agua, los pozos ilícitos y la rápida expansión de asentamientos irregulares.

En entrevista con IPS, el director para recursos hídricos en el Centro Árabe para Estudios de Zonas Áridas y Tierras Secas (ACSAD) de la Liga Árabe, Abdullah Droubi, señaló otros factores.

"El clima ha cambiado. Tenemos esta variación todo el tiempo. Estamos sintiendo los efectos por la demanda de la población y la mala administración del agua", dijo.

El experto estima en tres por ciento el crecimiento anual de la población siria, que hoy llega a 21 millones.

El Ministerio de Agricultura y Reforma Agraria y el Ministerio de Irrigación trabajan con especialistas internacionales en una variedad de alternativas para administrar los recursos hídricos de manera sostenible, pero carecen de los fondos necesarios.

Mahmoud el-Ahmad, campesino de alrededor de 30 años, tiene una familia con nueve hijos en la norteña Al Bab. Cuenta con una pequeña parcela de ocho hectáreas en la que cultiva cebada y lentejas. Refuerza sus ingresos arando la rica granja de su vecino.

Este año plantó con un tractor prestado por ICARDA que no revuelve la tierra al colocar las semillas y de esta forma preserva su humedad. El Ahmad obtuvo 4.000 dólares el año pasado con todo el cultivo, y espera ahorrar otros 20 dólares por hectárea gracias a este nuevo método.

Pero la mayoría de sus amigos trabajan en fábricas o en Líbano, dijo. "La tierra no puede alimentar a las familias, todos tienen que buscar otro empleo".

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