COLOMBIA: Indígenas nukak entre la gripe y la guerra

Diezmados por una epidemia de gripe y alejados de su territorio por la guerra, los indígenas nukak de Colombia se miran cara a cara con la extinción.

"Es absolutamente esencial que el gobierno colombiano encuentre la forma de permitir que los nukaks retornen a su territorio, de lo contrario no van a sobrevivir a largo plazo", advirtió el miércoles Stephen Corry, director de la no gubernamental Survival International, con sede en Londres, que apoya la autodeterminación de los pueblos tribales.

Los nukaks, hoy poco más de 500, fueron "descubiertos" apenas en 1988, cuando duplicaban su población actual. Habitan en la selva amazónica y se los considera uno de los pueblos nómadas con más alta movilidad del mundo. Su encuentro con la cultura occidental ha sido, más bien, un choque cultural.

Se mueven en un amplio territorio entre los ríos Guaviare e Inírida, en el oriente del país, donde el Estado, para protegerlos, les reconoció un resguardo de 900.000 hectáreas.

Pero precisamente por el Guaviare ha entrado la plaga de la colonización, sobre todo con siembras de coca, materia prima de la cocaína, de la cual Colombia es primer productor mundial y cuyos cultivos son combatidos con el apoyo estadounidense mediante fumigaciones con el herbicida glifosato.
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La industria de esa droga es hoy el combustible de la longeva guerra colombiana, en la que se enfrentan guerrillas izquierdistas, surgidas en 1964, contra el ejército y bandas paramilitares ultraderechistas comandadas por capos del narcotráfico y creadas en los años 80.

Las fumigaciones en el Guaviare, como en todo el país, han provocado la migración de los cocaleros a nuevas zonas de siembra, incluyendo el prístino resguardo de los nukaks, que ya no se sienten seguros en su territorio y por eso cerca de la mitad han salido por oleadas hacia poblados habitados por "blancos".

El contacto al mismo tiempo fascina y enferma a los nukaks.

Les fascinan las herramientas, como el machete, los anzuelos, las linternas. Así como la cultura occidental ha "descubierto" a los nukaks, ellos han hallado cosas tan maravillosas como un aparatito de donde sale música. Han descubierto los discos compactos.

Pero el mismo contacto los enferma, y los puede matar una simple gripe que les contagie un colono, contra la cual sus organismos no tienen defensas y su medicina indígena no sabe qué hacer. De hecho, la drástica reducción de la población nukak se debe a enfermedades.

Una nueva epidemia de gripe fue lo que encontró en una visita reciente a los nukaks el activista de Survival, David Hill, quien prendió las alarmas al regresar a Londres. Hay un centenar de contagiados y entre el 1 y el 4 de septiembre tres indígenas debieron ser hospitalizarlos.

El primer grupo salió de la selva hace tres años, por un combate entre dos facciones paramilitares rivales. El segundo lo hizo hace dos años, por otro enfrentamiento entre esas milicias y la mayor guerrilla, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Un tercer grupo salió hace un año, porque las FARC amenazaron de muerte a Monikaro, uno de los nukaks. El éxodo grande comenzó en noviembre: unos 70 indígenas llegaron a San José del Guaviare, capital del sudoriental departamento del Guaviare, y cerca de 90 salieron a Tomachipán, poblado selvático sobre el río Inírida, al occidente de su resguardo.

Pero en Tomachipán ya estaban asentados otros nukaks desplazados. "Allí no alcanzaba la comida para todos en la selva, así que se fueron para San José en marzo", dijo a IPS Héctor Mondragón, economista e indigenista asesor de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) y uno de los primeros no nativos en aprender la lengua nukak hace 16 años.

Cuando la noticia del desplazamiento llegó a Bogotá, el gobierno comenzó a actuar. Tras varias semanas de concertación, trasladó a unos 215 indígenas a Puerto Ospina, entre San José y el resguardo nukak, aunque aún bastante lejos de la zona de donde proviene el grupo mayoritario de desplazados.

Puerto Ospina, un bosque relativamente pequeño rodeado de fincas, en parte de antiguos colonos dedicados a la ganadería y el cacao, hace parte de la Reserva Campesina del Guaviare, una fórmula aplicada en gobiernos anteriores para frenar el avance de la frontera agrícola y en la cual los propios agricultores cuidan que sus predios permanezcan como el último límite contra la selva.

Allí, el gobierno estableció a los nukaks en dos campamentos. En uno están los recién llegados y los que se habían desplazado antes directamente a San José. En el otro distribuyó a los demás.

"Expertos en salud habían advertido que asentar a 200 nukaks en un solo lugar equivalía a facilitar la aparición de epidemias", según Survival International, pues estos indígenas se mueven y conviven en pequeños grupos integrados por una pareja, sus hijos y sus hermanos solteros.

La epidemia afectó más al grupo "menos tradicional", que aceptó en principio dejar el nomadismo y se asentó en el campamento, según Mondragón.

"La crítica que se hace es que el modelo del traslado no es el más conveniente. El gobierno los llevó a un sitio y los amontonó. Quedaron hacinados", agregó el indigenista.

Dueños de un profundo conocimiento de la selva, los nukaks saben en qué lugares madurarán cuáles frutos en qué época del año, y cuándo y dónde habrá buena pesca y caza, y por ello necesitan moverse en grandes áreas.

Pero el nuevo hogar que les han asignado tiene apenas dos por ciento del tamaño de su territorio.

Así, "el alimento silvestre de los nukaks escasea en su nuevo campamento. La selva allí no alberga los árboles con los que fabrican las cerbatanas o de donde obtienen el veneno que necesitan para cazar carne, y en los ríos hay poca pesca", explica Survival International. Mientras, "su propio territorio contiene abundantes recursos naturales".

El cambio de dieta no es poca cosa en la selva, pues en ella está la clave secreta de los pueblos originarios para no sucumbir a enfermedades tropicales, como la malaria, que también ha hecho estragos entre los nukaks.

"El problema más grave es que se quiere crear ante la opinión pública la imagen de que los nukaks prefieren quedarse con una canasta de Coca-Cola que con sus 900.000 hectáreas. Es lo que hacían antes los españoles, que les cambiaban a los indígenas oro por espejitos", advirtió Mondragón.

¿Qué hacer? "El punto fundamental es lograr un acuerdo humanitario para que las partes en conflicto, incluyendo a los cocaleros y al gobierno que fumiga, se comprometan a respetar a los nukaks y a su territorio", según el indigenista.

Es preciso "dejarlos vivir tranquilos donde han vivido siempre, y ser conscientes de que, para ellos, la riqueza de su bosque es muy grande".

"Y, segundo, es necesario atender lo que los nukaks quieren. Que reciban ciertos objetos nuestros que ahora necesitan, y especialmente darles atención en salud", agregó.

Precisamente a partir de esta semana, y hasta finales de mes, inicia una gira por distintos puntos de Colombia una Misión Internacional de Verificación convocada por la ONIC, que evaluará la grave situación humanitaria y de derechos humanos de los pueblos indígenas de este país andino.

La misión está integrada por enviados europeos, estadounidenses y de países latinoamericanos, entre ellos parlamentarios indígenas, asesores de miembros del Congreso legislativo de Estados Unidos, delegados de organizaciones no gubernamentales, diplomáticos y observadores de agencias de las Naciones Unidas presentes en Colombia.

Confronta, a partir del miércoles, los hechos que originaron recomendaciones puntuales a Colombia por parte de la Alta Comisionada de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y del relator especial de la ONU para los pueblos indígenas, en 2004 y 2005.

Tenía programado visitar apenas cuatro zonas, para observar los padecimientos de otros tantos pueblos originarios. Pero ahora, ante "la situación de emergencia", enviará el 27 de este mes una comisión al lugar donde se hacina el pueblo nukak.

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