Las críticas de la Unión Europea (UE) a las operaciones de Israel en Palestina y el sorpresivo avance del fascista Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta de la elección presidencial de Francia reavivaron los sentimientos antieuropeos de la derecha estadounidense.
Los conservadores dentro y fuera de Washington estiman que el éxito de Le Pen, quien logró pasar a la segunda vuelta electoral de este domingo, es prueba del vigor del antisemitismo europeo y de la hipocresía que exhibe la UE al exigir imparcialidad a Estados Unidos en el conflicto de Medio Oriente.
La escalada bélica en los territorios palestinos será uno de los asuntos principales de la reunión cumbre que sostendrán este fin de semana en Washington el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y el presidente de la Comisión Europea, órgano ejecutivo de la UE, Romano Prodi.
Pero los vientos que soplan en la capital estadounidense no son favorables al bloque europeo.
Los conservadores que gozan de particular influencia en el Departamento (ministerio) de Defensa y en la oficina del vicepresidente Dick Cheney, aseguran que las críticas europeas a Israel están motivadas por el antisemitismo y, por tanto, no deben ser atendidas por Washington.
Estamos presenciando la liberación del antisemitismo reprimido, con Israel como disparador, un instinto milenario que delineó e infectó poderosamente la historia europea, sostuvo el columnista conservador Charles Krauthammer, vinculado al Departamento de Defensa y al gobernante Partido Likud de Israel.
La vergüenza del holocausto (padecido por los judíos europeos en la segunda guerra mundial) contuvo al demonio en los últimos 50 años pero concluida la expiación, el judío armado (que representa la ofensiva israelí sobre Palestina) es satanizado en la prensa europea como no ocurría desde los años 30, agregó.
Esta acusación es esgrimida por los sectores que se oponen al envío de una misión investigadora de la ONU, encabezada por diplomáticos europeos, al campamento de refugiados de la ciudad de Jenín, en Cisjordania, devastado por un operativo militar israelí en las primeras semanas de este mes.
Pero el argumento está destinado a echar por tierra las posturas de la UE en varios asuntos, en particular la política de Estados Unidos hacia Medio Oriente, que han profundizado las diferencias entre Washington y Bruselas desde que Bush asumió el gobierno, hace 16 meses.
Pese a la alianza estratégica forjada entre Europa occidental y Estados Unidos hace 50 años, la desconfianza mutua tiene larga data. El primer presidente de Estados Unidos, George Washington (1789-1797) advirtió a la nueva nación sobre los peligros de alianzas permanentes con las potencias europeas.
Europa y los europeos, en especial los franceses, fueron caricaturizados en Estados Unidos como cínicos, hipócritas, cobardes y decadentes, en contraste con la saludable imagen del nuevo mundo que los estadounidenses aspiraban a encarnar.
De hecho sólo la amenaza de representaba la ahora disuelta Unión Soviética al concluir la segunda guerra mundial, fue la que llevó a Estados Unidos a formalizar por primera vez en tiempos de paz una alianza con las potencias europeas occidentales.
La desaparición de la Unión Soviética en 1991 determinó el resurgimiento de antiguas tensiones, centradas en el unilateralismo y el pretendido carácter moral excepcional de Washington.
En el gobierno de Bush las diferencias se agravaron, por las definiciones unilateralistas que adoptó el mandatario.
Bush retiró a su país del Protocolo de Kyoto sobre Cambio Climático y del Tratado de Misiles Antibalísticos, y boicoteó otros instrumentos internacionales para el control de armamento.
Washington también se negó a cumplir las convenciones de Ginebra sobre el tratamiento a prisioneros de guerra, respecto de los combatientes de la red terrorista Al-Qaeda y el movimiento islámico Talibán arrestados en la guerra en Afganistán.
En enero, Bush se refirió al eje del mal, constituido por Iraq, Irán y Corea del Norte, como futuros objetivos de la guerra contra el terrorismo, echando más leña al fuego de las diferencias con los gobiernos de la UE.
Incluso el comisario de Política Exterior del bloque europeo, el conservador británico Chris Patten, denunció el concepto del eje del mal y advirtió que las ambiciones militares y el unilateralismo de Washington eran profundamente equivocados.
Otros funcionarios deploraron la renuencia de Estados Unidos a consultar a sus aliados europeos.
No respaldo la postura anti estadounidense, pero aun con todas las diferencias de peso y tamaño, las alianzas entre democracias libres no pueden reducirse a un séquito. Los miembros de una alianza no son satélites, sostuvo en febrero el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Joschka Fischer.
La decisión de Bush de imponer aranceles de hasta 30 por ciento a los productos de acero importados, y el rechazo de la Casa Blanca a detener la ofensiva del primer ministro de Israel Ariel Sharon contra los territorios palestinos autónomos agravaron aún más las diferencias.
Los europeos están furiosos (y) listos para combatir los aranceles, así como alarmados por la determinación de Bush de iniciar una nueva guerra contra Iraq, sostenía desde París el columnista David Broder, del diario The Washington Post, antes de que Sharon iniciara su ofensiva en marzo.
Mientras reclamaba a Bush que contuviera a Sharon, la UE comenzó a estudiar la adopción de sanciones comerciales contra Israel, finalmente descartada, y Alemania cesó sus ventas de armas a Tel Aviv.
Los sectores conservadores y la Derecha Cristiana, el principal respaldo de la política de Sharon en Washington, aseguran que las protestas de la UE carecen de autoridad moral.
La ola de violencia contra los judíos en toda Europa y el crecimiento del fascista Le Pen prueban que el viejo mundo, y Francia, en particular, son tan corruptos y cínicos como los estereotipos con que se los pinta en Estados Unidos, arguyen.
Los sentimientos antifranceses, particularmente fuertes y en aumento en los sectores duros del gobierno de Bush, se profundizarán con el resultado de esta elección, afirmó Philip Gordon, de la Brookings Institution, en un artículo del diario The New York Times.
El fenómeno de Le Pen no impedirá que intelectuales y cancilleres franceses dejen de sermonear a los estadounidenses por su 'simplismo', su preferencia por la moral sobre el realismo político, su confianza en el poder militar, sus fantasías acerca del 'eje del mal' y su insufrible y principista apoyo a Israel, escribió Krauthammer.
El columnista adoptó los argumentos expuestos por el ex primer ministro de Israel y dirigente del Likud, Binyamin Netanyahu, quien pasó casi todo el mes de marzo en Washington, en busca de respaldo a las operaciones de Sharon.
Esos europeos en cuyo suelo seis millones de judíos fueron masacrados hace 60 años, se sientan ahora junto a un asesino en masa, mientras los judíos intentan protegerse a sí mismos, dijo Netanyahu en un discurso previo al éxito de Le Pen.
Pero no son sólo los sectores de extrema derecha los que invocan el espectro del antisemitismo europeo. En un artículo editorial titulado El regreso de un antiguo odio, el propio diario liberal The New York Times se introdujo en la cuestión.
Si bien el artículo insiste en que Israel no debe estar libre de críticas, subraya que la culpa por el holocausto puede salvarse con el pensamiento de que los judíos también pueden actuar con crueldad.
Buena parte de Europa tiene la especial responsabilidad de actuar con cautela, pues sus culturas están sumergidas en una historia de antisemitismo, advirtió el diario. (FIN/IPS/tra- eng/jl/dcl/ip/02


