La educación católica, que alcanza a 40 millones de alumnos en el mundo, debe transformarse para afrontar los desafíos de la globalización y cumplir su objetivo de difusión de los valores del humanismo y la justicia social.
Esa tesis está en discusión en el XVI Congreso Mundial de Educación Católica, que se realiza en Brasilia desde el lunes hasta este sábado con la presencia de unos 1.000 representantes de 75 países, entre jerarcas de la Iglesia, directores de escuelas y educadores religiosos o laicos.
Una revolución, una recreación es como definió el proceso que debe realizar el sistema de enseñanza de la Iglesia el secretario general de la Organización Internacional de Educación Católica (OIEC), Andrés Delgado Hernández, en declaraciones a IPS.
La consigna del congreso, Persona nueva para un mundo nuevo, sintetiza la meta de OIEC, que celebra en este congreso sus 50 años. La construcción de una nueva sociedad exige en el mundo actual una nueva enseñanza, según Delgado, religioso de nacionalidad mexicana.
Los nuevos modelos educacionales no pueden limitarse a pequeños cambios, sino constituir una gran novedad, porque el mundo sufrió modificaciones profundas con la globalización, cuyos principios no son los del humanismo o del evangelio, sostuvo.
Además, la globalización agrava la pobreza y busca imponer una única cultura a un mundo multicultural y multirreligioso, acotó.
La OIEC, con sede en Bruselas, coordina una red mundial de 225.000 escuelas donde trabajan 20 millones de educadores y estudian 40 millones de niños y jóvenes, 2,3 millones de ellos en Brasil.
Pero la enseñanza católica va más allá de esas instituciones tradicionales, que varian de escuelas básicas a univesidades.
Cada día gana mayor prioridad la educación popular, que funciona en escuelas comunitarias, asociaciones de vecinos y otros locales, señaló Ricardo Spíndola Mariz, asesor de la Asociación de Educación Católica de Brasil (AEC).
La educación formal es insuficiente para combatir la injusticia social, ya que no llega en forma adecuada a las multitudes de excluIdos de la sociedad, dijo a IPS Mariz, responsable del sector de educación popular en AEC.
Su área de actuación comprende desde alfabetización de adultos a la capacitación profesional y de grupos de mujeres que buscan fuentes alternativas de ingreso.
Cerca de 60.000 personas ya pasaron por esos cursos, pero en general se trata de gente que retransmite conocimientos, como los 15.000 alfabetizadores de adultos capacitados. Otros son líderes comunitarios cuya acción beneficia a la población pobre.
La educación popular en Brasil persigue cuatro objetivos principales, según Mariz. Uno es ampliar el acceso a la cultura y a la escuela en las periferias de las grandes ciudades, donde los pobres viven exiliados dentro del propio país, sin visitar los centros comerciales y culturales de la ciudad.
También se procura que las personas comprendan el juego, que su situación no se debe al destino o a designios de Dios, sino a una estructura social.
Una educación con el pueblo y no para el pueblo promueve así mismo la organización comunitaria, la formación de consejos y foros para debates de los problemas comunes, una interacción política que fortalece la participación de la población en las decisiones que la afectan, sostuvo Mariz.
El Congreso Mundial de Educación Católica se realiza cada cuatro años, para definir las orientaciones que cada continente o cada país aplicarán según las condiciones locales.
La AEC, constituida hace 16 años, realiza una reunión nacional cada dos años, mientras la educación católica en América evalúa sus rumbos cada tres años.
Cómo enseñar respetando la diversidad cultural y religiosa, pero manteniendo a la vez la identidad, es uno de los grandes retos actuales, según Mariz. En el Asia budista, por ejemplo, muchas familias envian sus hijos a escuelas católicas debido a la calidad de su enseñanza, ejemplificó.
En el congreso en Brasilia algunos asuntos son presentados por delegaciones continentales. A la europea, por ejemplo, le preocupa especialmente la contradicción entre los principios del evangelio y la competencia exacerbada por la globalización económica.
Africa representa el caso más grave de educar en medio a la guerra, lo cual hace necesaria una escuela que contribuya a superar el odio étnico. Pero el asunto preocupa también a países donde hay guerras no declaradas, como Brasil, donde la violencia urbana mata a miles de jóvenes cada mes, observó Mariz.
En la opinión del educador brasileño, el desafío global de la educación católica es promover la justicia social en un mundo de crecientes desigualdades. (FIN/IPS/mo/mj/ed/02


