El libro, cuyo consumo era percibido en el pasado por la clase media de Argentina como motor de ascenso social, vive hoy una crisis aguda que acompaña los problemas económicos de sus lectores.
Las editoriales nacionales están en extinción, el cierre de la importación restringe la oferta y la caída en las ventas, tanto de libros nuevos como usados, es dramática.
«Cuando en un país la gente no tiene las necesidades básicas cubiertas, no basta con que el libro esté a buen precio», dijo a IPS Ecequiel Leder Kremer, presidente de la Cámara Argentina de Librerías.
La lectura de libros «requiere de tiempo, concentración y una tranquilidad que hoy escasea en este país», agregó.
La caída del sector comenzó hace años, pero en los últimos meses de profunda crisis socio-económica nacional, parece haber ingresado en la fase de agonía. El descenso de la venta desde enero fue de 50 por ciento respecto de igual periodo de 2001, que ya había sido un mal año.
Algunos colegios privados, que se preparan para comenzar el año escolar en marzo, organizan ferias de libros usados. «Si los padres ni siquiera pueden pagar las cuotas (del colegio), menos podemos pedirles que compren los textos, asi que vamos a ser realistas», comentó a IPS el rector del colegio Winter Garden, Luis Díaz.
Pero el sector de volúmenes usados tampoco queda «excluido de la recesión general», dijo a IPS Marcelo Moreno, de la Feria de Libros del Parque Rivadavia de Buenos Aires que, con más de 100 puestos de venta, es, según aseguró Moreno, el mercado al aire libre más grande del mundo en este ramo.
«Si bien nuestra temporada fuerte comienza en marzo y se podría suponer que se van a vender más usados que nuevos, es tal la falta de dinero» que los lectores y estudiantes «se van a arreglar pidiendo libros prestados o sin ellos», sostuvo Moreno.
La caída en la venta de libros comenzó en 1998, cuando se inició el actual ciclo de recesión económica, pero se agravó en diciembre, cuando el gobierno restringió el retiro de efectivo de los bancos, y en enero, con la depreciación del peso, la moneda nacional.
En cuanto a los libros usados, la caída de la venta fue al menos de 60 por ciento desde octubre, según Moreno. «Hubo un domingo, el día de más movimiento en la semana, en que vendí un solo libro. Todos los puesteros nos agarramos la cabeza porque esto es un desastre», se lamentó.
Por otra parte, muchos títulos nuevos importados ni siquieran tienen precio establecido, pues con las variaciones del mercado cambiario los libreros no pueden cotizarlos. Y sólo entre 2000 y 2001 cerraron 250 librerías, comentó Leder, dueño de la librería Hernández, en la avenida Corrientes de la ciudad de Buenos Aires.
Justamente esa avenida, en el tramo más cercano al Obelisco — el monumento paradigmático de la ciudad—, ofrecía hasta hace unos años un paisaje de librerías y bares donde intelectuales y artistas celebraban tertulias hasta el amanecer. «Eran los años 60, cuando la matrícula educativa creció en forma exponencial», recordó Leder.
Ahora, muchas librerías de Corrientes y de otros barrios no pueden cubrir los gastos mínimos de funcionamiento —alquiler, impuestos, salarios—, y las editoriales no quieren seguir financiando las ventas mayoristas porque creen que hay demasiados locales para los lectores que quedan.
El consumo masivo de libros respondió al auge del negocio editorial iniciado en los años 40, cuando Argentina se convirtió a este país en el principal productor de títulos en español de Iberoamérica.
Españoles con experiencia en el ramo, exiliados por razones políticas durante la guerra civil que concluyó con el triunfo de Francisco Franco en 1939, dieron el impulso al negocio en los años 30.
El apogeo del libro en Argentina se extendió hasta que la última dictadura militar, entre 1976 y 1983, le asestó un duro golpe. Se cerraron editoriales, se prohibió la publicación de títulos y autores y se abrió la importación de forma tal que pocas empresas nacionales sobrevivieron al régimen.
Sin embargo, la restauración de la democracia y la paridad entre peso y dólar, que estabilizó los precios desde 1991, le devolvieron cierto impulso al sector. Pero con la recesión, desde 1998, las condiciones de producción volvieron a empeorar y las ventas cayeron.
El gobierno liberó el mercado cambiario para que, con un peso depreciado, mejoren las condiciones de producción. Pero las editoriales nacionales que quedan son pocas y chicas, y les resulta difícil comprar los derechos de publicación de autores cuyo renombre garantice ventas que justifiquen la inversión.
Por el momento, se observa un aumento de 100 por ciento en el precio de algunos libros importados, que quedan así fuera de un mercado en que aumenta el desempleo y la pobreza y donde el retiro de efectivo de los bancos está restringido.
«Es posible que algunas editoriales locales y otras españolas decidan editar libros aquí, pero es imposible volver a 30 años atrás», explicó Leder. Las grandes editoriales compran derechos universales y luego deciden cuáles títulos son «vendibles» y dónde conviene publicarlos, añadió.
En este sentido, los libreros consideran muy probable que la oferta se restrinja, lo cual, según Leder, no sería tan preocupante. En los últimos 10 años, con el proceso de globalización extendiéndose, ingresa al circuito comercial un promedio de 900 títulos nuevos.
«Hay meses de 700 y meses de 1.200, y eso nos obliga a sacar de la mesa de novedades textos muy buenos y que requirieron muchos años de producción» para devolverlos a las editoriales, sostuvo el librero. Por eso, no sería grave que se reduzca la cantidad, pero sí una eventual caída de la calidad.
El grupo editorial Planeta-Emecé ya anunció que a partir de marzo la oferta bajará de 14 a 10 títulos mensuales y las tiradas a entre 5.000 y 3.000 ejemplares. Los autores nuevos deberán esperar tiempos mejores, porque el negocio irá a lo seguro: se concentrará en los escritores aceptados ya por el público masivo.
De todas maneras, con la aceleración de la crisis que se desató en diciembre, las posibilidades de leer están en cuestión. «La gente está demasiado angustiada, sin dinero para comprar ni tiempo para leer. Y el libro no es un consumo cualquiera: requiere de una disposición que no sé si hoy se tiene», insistió Leder. (FIN/IPS/mv/mj/cr/02


