ANGOLA: Una oportunidad para la paz

El gobierno de Angola confía en «dar pasos rápidos hacia la paz», tras la muerte del líder rebelde Jonas Savimbi, aseguró este lunes en la capital portuguesa el presidente angoleño José Edoardo dos Santos.

Dos Santos, en visita de 24 horas a Portugal, que durante 500 años mantuvo a Angola bajo su dominio colonial, se entrevistó con el jefe de Estado Jorge Sampaio y viajará luego a Estados Unidos, invitado por el presidente George W. Bush.

La muerte en combate de Savimbi, que desde 1975 se enfrentó con las armas al gobierno angoleño, fue confirmada por impactantes imágenes de televisión, que mostraron su cadáver acribillado por 15 balas de grueso calibre.

Dos Santos reconoció en Lisboa que el líder de la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (Unita) «luchó hasta las ultimas consecuencias por sus ideales».

Cercado por las fuerzas gubernamentales y abandonado por sus antiguos aliados, Savimbi optó por no rendirse y vender cara su piel.

Este desenlace había sido vaticinado en diciembre por Dos Santos, que sugirió entonces tres escenarios posibles para Savimbi: captura, rendición o muerte en combate.

La tercera posibilidad fue verificada el sábado de noche, cuando el cuerpo de Savimbi fue presentado a la prensa por el comando del ejército en operaciones en la provincia de Moxico, fronteriza con Zambia, último reducto del persistente y determinado líder rebelde, tan idolatrado por sus seguidores como odiando por sus enemigos.

Jonas Malheiro Savimbi, hijo de un pastor evangelista que se desempeñaba como funcionario del ferrocarril, nació en 1934 en la provincia de Bie, en el altiplano central de Angola, la más extensa colonia portuguesa de entonces, con 1,4 millones de kilómetros cuadrados.

Pasó su infancia en el altiplano sur entre los ovinbundus, el mayor grupo étnico de Angola, al que pertenecen 40 por ciento de los 11 millones de habitantes del país. Debido a sus méritos como estudiante distinguido, logró una beca para cursar una carrera universitaria en Lisboa en 1960.

Pero en en Portugal fue detenido tres veces por la Policía Interna de Seguridad del Estado (PIDE), el servicio secreto del régimen fascista de «O Estado Novo», instaurado en 1926 por el dictador Antonio de Oliveira Salazar.

Tras ser liberado de su última detención, escapó a Suiza, donde se diplomó en ciencias políticas en la Universidad de Lausana en 1965, cuatro años después del inicio de la guerra anticolonial contra Portugal lanzada por el marxista Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA).

Savimbi y un grupo de seguidores recibieron formación política y militar en la China de Mao Zedong entre 1965 y 1966.

Regresó a Angola para fundar Unita, un movimiento que rápidamente llegó a un acuerdo con la PIDE, por el cual el ejército colonial no lo hostilizaría a cambio de informar a los portugueses de los movimientos en el terreno del MPLA.

En abril de 1974, capitanes izquierdistas del ejército portugués organizados en el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) derrocaron a Marcello Caetano, sucesor de Salazar, restauraron la democracia, pusieron fin a la guerra en Africa y desmantelaron el arcaico imperio portugués en Africa y en Asia.

En Angola, el MFA optó claramente por el MPLA y nombraron gobernador para la transición a la independencia a Antonio de Alva Rosa Coutinho, que en la ex provincia de ultramar era conocido como «el almirante rojo», debido a su comunión de ideas con el entonces primer ministro, el general comunista Vasco Gonçalves.

El 11 de noviembre de 1975, el mismo día en que el almirante Rosa Coutinho entregó las llaves de la ex colonia al MPLA, Savimbi se replegó a la selva y comenzó la guerra más cruenta y larga que ha conocido Africa en toda su historia independiente.

Sustentado por Estados Unidos y la entonces segregacionista Sudáfrica, Savimbi renegó del maoísmo y combatió al MPLA en todos sus frentes, convirtiendo las provincias centrales de Huambo, Bie, Moxico, Malangue y Huila, en bastiones inexpugnables para el gobierno y los 50.000 soldados cubanos que apoyaban a éste.

La lucha se prolongó por más de 15 años hasta que la comunidad internacional obligó a la Unita y al MPLA a negociar, lograr el cese del fuego y enfrentarse en las urnas.

La Unita fue derrotada por el MPLA en las elecciones de octubre de 1992. Savimbi no reconoció los resultados de los comicios e inició la segunda guerra civil, interrumpida por breves meses en 1994, cuando se firmaron los acuerdos de paz de Lusaka, tampoco cumplidos por los rebeldes.

A partir de entonces, Savimbi se convirtió en un fugitivo, condenado por la Organización de las Naciones Unidas y por Estados Unidos, y abandonado por sus más fieles aliados, Togo, Costa de Marfil y Marruecos, y hasta por sus camaradas de armas, que fundaron en Luanda la Unita-Renovada.

El líder guerrillero combatió por casi una década más, logrando apertrechar a sus fuerzas con armas compradas a traficantes ilegales gracias a la venta a países de la Unión Europea de diamantes extraídos de las provincias bajo su control.

El 22 de febrero se produjo el epílogo de un Savimbi resentido, acorralado y aislado, que, según el escritor angoleño Eduardo Agualusa, era «el hombre más extraordinario que existió en Angola, y también el peor».

Un hombre que vivió con furia y que tenía que morir con fragor, cumpliendo el viejo proverbio ovinbundu: «Un cuchillo de guerra, muere en guerra».

Savimbi, añadió Agualusa, «tenía una fuerza casi mágica, que emanaba de él como una luz y podría haber utilizado la increíble energía con que atravesó su tiempo para transformarse en un segundo Nelson Mandela. Pero prefirió ser Atila». (FIN/IPS/mdq/dm/ip/02

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