La lucha contra el sida motiva en Perú una fuerte movilización social, en especial entre los jóvenes, y ya forma parte de toda acción política enfocadas a enfrentar la pobreza.
De esta manera el país sigue las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que al declarar el Decenio Internacional para la Erradicación de la Pobreza (1997- 2006) vinculó los planes de desarrollo social de los sectores más desfavorecidos con la campaña «Romper el silencio frente al sida»
Las autoridades peruanas de salud informan que existen 45.000 personas portadoras de VIH (virus de inmunodeficiencia humana), de las cuales 11.000 se encuentran en la fase sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida).
«Lo más preocupante son las 23.000 personas, en su mayor parte hombres sexualmente activos, que ignoran su condición de infectados y que se han convertido en agentes de propagación», comentó el epidemiólogo Paul Pachas, del Programa del Control de Enfermedades de Transmisión Sexual y Sida (Procetss).
El Procetss tiene cinco años y según sus estudios las líneas estratégicas de prevención del sida están funcionando relativamente bien, pues el avance de la enfermedad no es tan rápido como en otros países.
El número de nuevos casos en Perú en 1996 fue de 1.189, en 1997 de 1.091, en 1998 de 1.037, en 1999 de 1.008 y hasta la primera semana de agosto de este año el número fue de 560.
«Es cierto que la enfermedad no hace distinciones sociales, pero los pobres son más vulnerables, debido a que tienen menos acceso a la educación y a la información, explicó Adriana Gómez, representante en este país del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (Onusida).
Además, «no pueden pagar los costosos tratamientos» en caso de contagiarse, agregó.
«La falta de programas efectivos dirigidos a establecer medios de vida sustentables limita las posibilidades de cambiar las condiciones socio-económicas de los pobres» y, mientras «esta no sea cambiada, ellos persistirán en prácticas que los exponen a la infección de VIH», dice un documento de ONU.
El informe del foro mundial añade que «los pobres están ya en los márgenes de la sobrevivencia y, por tanto, no pueden cargar con los gastos de una enfermedad de tratamiento tan costoso».
Gómez precisó que si una persona pobre enferma de sida y no recibe ayuda humanitaria se muere rápidamente. El tratamiento para prolongar la vida de un afectado con esta enfermedad cuesta 25.000 dólares anuales, indicó.
La organización no gubernamental «Médicos sin fronteras» lleva adelante una campaña para abaratar el costo del tratamiento, que según sus investigaciones podría abatirse en forma considerable.
En el Día Mundial de la Lucha contra el Sida, celebrado el viernes 1, se movilizaron en Lima unas 30.000 personas, sobre todo jóvenes, asistiendo a desfiles, puestos de información sobre procedimientos preventivos y mecanismos de ayuda y a un festival artístico.
«A pesar de que la ley lo prohibe, a mi esposo, que ya murió, lo botaron (expulsaron) de su empleo cuando se enteraron que estaba enfermo. Mis parientes se niegan a recibirnos, a mí y a mi hijita, porque somos portadores», dijo una mujer que desfiló ese día con una niña en brazos al explicar porque se cubría la cara.
Este testimonio pauta la discriminación de que es objeto la mayoría de los enfermos o portadores del VIH en Perú.
Un caso distinto es el Ernesto Pimentel, artista de la televisión local y creador de la Fundación Dignidad, dedicada a asistir a los enfermos de sida en fase terminal.
Pimentel conmovió a los televidentes hace tres años, cuando confirmó ser portador de VIH y admitió su opción homosexual.
«El fantasma de la muerte me paralizó un momento, pero me repuse y decidí luchar, no sólo por mi vida, sino por la de otros enfermos y sobre todo colaborar en las campañas preventivas en favor de los jóvenes», comentó.
«Lamentablemente mi caso es atípico, pues no sólo no fui expulsado de mi empleo sino que el público reaccionó dándome más apoyo y sintonía, y también porque gano bien y pertenezco a una minoría que puede pagar los medicamentos necesarios para evitar el avance del mal», explicó.
«Debo admitir que no me hace feliz seguir comprando ataúdes y asistiendo moribundos, tarea que no abandonaré, pero prefiero seguir haciendo campañas de prevención entre los jóvenes», agregó Pimentel.
En tanto, quien debió luchar para defender sus derechos en Perú fue el futbolista brasileño Eduardo Esidio, eliminado de su equipo profesional, el Club Universitario de Deportes, en enero de 1999, cuando se descubrió que era portador del virus.
Esidio decidió exigir el cumplimiento de la ley que prohibe despidos por esa razón.
Los dirigentes del club adujeron que su presencia en los vestuarios ponía en riesgo a los demás jugadores y que «probablemente los demás equipos se negarían a jugar contra ellos por temor a un contacto físico con Esidio».
Sin embargo, obligados por el Ministerio de Salud, los dirigentes deportivos reincorporaron al futbolista, quien encabezó en 1999 y este año la tabla de goleadores del equipo.
«El fantasma del contagio quedó atrás. Cada vez que Esidio mete un gol sus compañeros lo abrazan, a veces lo derriban y hacen una montaña sobre él. Todos, incluido el público, han aprendido que el sida no se contagia por simple contacto físico», dice Eduardo Blume, de la organización Vía Libre. (FIN/IPS/al/dm/he/00


