Quien piense que la política exterior de Estados Unidos fue incoherente desde 1992 hasta la actualidad, durante la presidencia de Bill Clinton, debería esperar a ver lo que hará su sucesor, George W. Bush, tras asumir el gobierno el 20 de enero.
Es previsible que la política de Bush muestre grandes incoherencias, porque dos facciones en el entorno del próximo presidente lucharán por el control de las decisiones en relación con varias áreas críticas del mundo.
Desde los años 30, el Partido Republicano presenta una profunda división entre esas facciones: una de ellas representa, en términos generales, intereses de las grandes corporaciones, y la otra se caracteriza por su derechismo ideológico.
Unidas por el anticomunismo durante la Guerra Fría, ambas se han enfrentado cada vez más desde los años 90.
Durante la última campaña electoral, esas facciones no expresaron sus diferencias, y la escasa jerarquización de las cuestiones de política exterior en la contienda electoral ayudó a mantener la paz interna.
En el círculo más cercano a Bush predomina la facción aliada con corporaciones, a la cual pertenecen el próximo secretario de Defensa, Colin Powell, y la próxima consejera sobre Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, integrante de varios directorios de firmas, y cuyo nombre lleva un barco de la petrolera Chevron.
También el próximo secretario del Tesoro, Paul O'Neill, presidente de la Compañía de Aluminio de Estados Unidos y de la Junta de Síndicos de la Corporación Rand, un tradicional grupo de expertos en seguridad nacional.
Los legisladores republicanos, y en especial los de la Cámara de Representantes, se alinean en cambio con la facción más derechista, y no aceptarán en silencio la designación en altos cargos de personas que consideran demasiado moderadas.
El próximo vicepresidente Dick Cheney, quien actúa como una especie de primer ministro, es el principal defensor de puntos de vista de la facción derechista en el entorno de Bush, aunque sus opiniones personales, que no siempre expresa, apunten a sintetizar la ideología de ambos bandos.
Ahora que Bush ha comenzado a nombrar a quienes serán sus principales colaboradores en cargos de gobierno, emergen las controversias entre los republicanos, en especial acerca de la designación del próximo secretario de Defensa.
Se informó que Cheney insiste en que se nombre al ex senador Dan Coats, un rígido conservador, pese a que Colin Powell, ya confirmado por Bush como próximo secretario de Estado, prefiere al más moderado Tom Ridge, ex gobernador de Pennsylvania y amigo del próximo presidente.
Las posiciones de ambos bandos están muy alejadas en diversos asuntos de política exterior, y en especial en los vinculados con el Golfo, con China y Taiwan, con la cuestión de la península coreana y con el proyecto de un sistema nacional de misiles defensivos (NMD).
La extrema derecha propone derrocar al presidente de Iraq, Saddam Hussein, mediante apoyo a sus opositores en países vecinos o en áreas de Iraq protegidas por la aviación de Estados Unidos, y no desea mejores relaciones con Irán, al cual considera un Estado fundamentalista y terrorista empeñado en destruir a Israel o a todo Occidente.
La facción más cercana a Bush piensa, como altos funcionarios militares y de Inteligencia estadounidenses, que el derrocamiento de Saddam Hussein es inviable, porque no sería posible sin una intervención militar directa de Washington, dada la debilidad de la oposición iraquí.
Esa intrevención enfrentaría fuerte oposición de Rusia, de China y aun de los aliados más cercanos de Washington en el Golfo y en Europa, alegan.
La misma facción es partidaria del acercamiento a Irán, ya que las firmas petroleras estadounidenses, que apoyaron con fuerza la candidatura de Bush, buscan con desesperación acceso a ese país, por sus yacimientos de gas y petróleo y porque está en la ruta más corta a otros yacimientos de Asia Central.
Además, aumenta la percepción de Teherán como un contrapeso deseable de Bagdad en el Golfo y un posible garante de estabilidad regional en el largo plazo. Esa visión geopolítica es similar a la de Washington en los años 70, cuando mantuvo una relación privilegiada con Irán.
Esos puntos de vista sobre el Golfo son sostenidos por el principal mentor de Bush en asuntos de política exterior, Brent Scowcroft, quien fue consejero sobre Seguridad Nacional del padre del presidente electo durante su mandato (1988-1992).
Los más derechistas ven a China como una emergente amenaza militar y económica, y defienden con vigor la causa de la independencia de Taiwan, mientras los aliados de grandes firmas apoyaron la política de Clinton para abrir el mercado chino a inversiones y mercaderías estadounidenses.
Esa facción se opondrá a cualquier movimiento que pueda afectar las relaciones comerciales con China, y en especial a la venta de armas avanzadas a Taiwan, defendida por la extrema derecha.
En el terreno de las relaciones diplomáticas con Corea del Norte, la facción defensora de las corporaciones apoyó o toleró la política de Clinton, que éste intenta culminar antes de que termine su mandato mediante un acuerdo que ponga fin a la producción de armas nucleares y misiles por parte de Pyongyang.
La extrema derecha, en cambio, critica lo que considera «ingenuidad» de Clinton en sus relaciones con Corea del Norte, y propone una estrategia mucho más agresiva, aun con riesgo de aumentar las tensiones en Asia Nororiental.
La mayoría de los integrantes de la facción aliada con grandes firmas no confían en la viabilidad técnica del NMD, apoyado con fuerza por la otra facción, y temen que ese proyecto afecte en el largo plazo las relaciones de Washington con sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, con Rusia y con China.
La excepción son quienes representan a corporaciones que ganarán miles de millones de dólares si ese proyecto se aprueba.
Ambos bandos coinciden, sin embargo, en el deseo de mejores vínculos con India, un país al cual los más derechistas consideran clave para frenar a las potencias islámicas y a China, mientras los defensores de las corporaciones lo valoran por su creciente mercado.
Ninguna de las facciones asigna importancia estratégica a Africa subsahariana, excepto como un eventual terreno de acuerdos con el Partido Demócrata en programas para combatir el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) y otras iniciativas humanitarias, poco costosas y que pueden dar rédito político.
Puede haber desacuerdos al definir la política para Sudán, ya que la extrema derecha apoya la confrontación con el gobierno de ese país, al cual considera una base del terrorismo internacional, y la otra facción desea la distensión porque asigna gran importancia a yacimientos de gas y petróleo del Golfo de Guinea.
En relacion con América Latina, existe un área de coincidencia sobre la incorporación de Chile al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, formado por Estados Unidos, Canadá y México, y el impulso al proyecto de Area de Libre Comercio de las Américas.
Ambos bandos están muy preocupados por el creciente poder del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que a su entender pone en peligro el acceso estadounidense al petróleo de ese país.
Sin embargo, la facción derechista desea apoyar con más fuerza la lucha contra los insurgentes de izquierda en Colombia, y los aliados de las corporaciones son más cautelosos en la materia. (FIN/IPS/tra-eng/jl/da/mp/ip/00


