La insatisfacción de los trabajadores cubanos con su empleo recrudeció en la década pasada, durante la cual se registró la peor crisis económica que ha debido afrontar el gobierno socialista de Fidel Castro.
El gubernamental Instituto Nacional para la Salud de los Trabajadores (INSAT) calculó que la percepción de los trabajadores cubanos sobre su ámbito laboral es «menos positiva» en la actualidad que a finales de los años 80.
Apenas 26,8 por ciento de los trabajadores entrevistados manifestaron insatisfacción con su empleo en los años 1988 y 1989, pero el porcentaje se elevó a 40,6 en un estudio similar realizado en el bienio 1998-1999.
Se registran muchas más quejas que antes sobre el esfuerzo físico y psíquico en el trabajo, el estilo de dirección de los jefes, los problemas profesionales y sobre las relaciones laborales internas.
También «es frecuente la insatisfacción laboral resultante de las condiciones de ambiente físico de trabajo como ruidos, vibraciones, agentes químicos y biológicos», afirmó Elvis Guerrero Lobaina, psicóloga clínica del INSAT.
El descontento con las condiciones de trabajo está presente en 12,9 por ciento de los encuestados a finales de los 90, con relación a 7,7 por ciento de los entrevistados entre 1988 y 1989.
Las trabajadoras mostraron más malestar psicológico que los hombres, tanto en su centro laboral como en su espacio privado, incluidas insatisfacciones con su familia, su pareja y las relaciones sexuales.
La mujer «es particularmente sensible a los conflictos en sus relaciones interpersonales, y a sentirse sobrexigidas por la carga de trabajo, ya sea física o psíquica», aseguró Guerrero.
El estudio del INSAT abarcó 3.000 personas y permitió «valorar la relación» entre los elementos generadores de estrés «tanto del ámbito laboral como del familiar, con las alteraciones de la salud mental». En todos los casos, las mujeres están en peor situación que los hombres.
La investigación tuvo en cuenta la carga total de trabajo de la mujer, incluido el trabajo doméstico. «Las faenas domésticas suponen riesgos para la salud y merecen atención», dijo.
Fuentes del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social revelaron este mes que en Cuba hay unos 4,5 millones de personas empleadas en un total de 11 millones de habitantes. Más de 43 por ciento de los trabajadores son mujeres. El Estado creó 124.000 empleos este año.
El desempleo ascendía a 6,1 por ciento en septiembre pasado, por encima del cuatro por ciento de 1990. Más de la mitad de las personas que buscan empleo en la isla son mujeres y, por lo general, jóvenes.
La posibilidad real de perder el empleo surgió por primera vez desde el triunfo de la revolución encabezada por Castro, en 1959, con la crisis económica de los años 90.
Primero fue el cierre de fábricas, la reducción de puestos de trabajo, el déficit de energía y materias primas. En 1995 comenzó una paulatina reforma laboral con el objeto de mejorar la eficiencia de las empresas.
A pesar del 34,8 por ciento de caída del producto interno bruto entre 1990 y 1993, las autoridades garantizaron un subsidio temporal para los «racionalizados», como se denominó a quienes perdieron el empleo.
Además de la inseguridad laboral, los trabajadores en la isla se vieron afectados por la drástica reducción del transporte público y el descenso considerable del valor del salario medio, de unos 200 pesos mensuales en la última década.
En los peores años de la crisis, un dólar estadounidense llegó a cotizarse a 150 pesos cubanos. La relación en los últimos dos años se ha estabilizado en alrededor de 21 pesos por cada dólar en las casas de cambio abiertas por el gobierno.
«Llegar al trabajo es una verdadera odisea. Sales con dos horas de antelación de la casa y, así y todo, muchas veces no te empatas con una guagua (no pasa el autobús) a tiempo y llegas al trabajo dos horas tarde», contó Gustavo Brito, de 41 años, técnico de una empresa estatal.
«Después, llegas y a lo mejor no hay electricidad o pasa cualquier otra cosa. Estas cuatro o cinco horas perdiendo el tiempo y pensando cuánto te tomará el viaje de regreso», agregó Brito.
Otro es el caso de Yanelis Gómez, una profesional que varias veces pensó «dejarlo todo y quedarme en la casa» pues, dijo, está «harta de la incapacidad, las incomprensiones de los jefes y los recelos que surgen ante cualquier idea nueva».
Gómez está segura de que «no vale la pena pasar tanto trabajo por 340 pesos al mes», pero, al mismo tiempo, no se imagina «metida el día entero en la casa, donde al final voy a trabajar el doble de lo que trabajo ahora sin ganar ni un centavo».
Una encuesta realizada por expertos de la Oficina Nacional de Estadísticas confirmó que más de 90 por ciento de las mujeres con empleo trabajan también en sus hogares, donde trabajan cada semana 18 horas más que los hombres.
El informe Perfil Estadístico de la Mujer Cubana publicado el año pasado indicó que las trabajadoras dedican 39 horas semanales promedio al trabajo fuera del hogar y poco más de 34 a las tareas domésticas.
En cambio, los hombres trabajan cada semana 43 horas en el empleo y 12 en el hogar, donde, en general, desempeñan tareas de apoyo, colaboración y ayuda a la mujer, pero casi nunca de entera responsabilidad.
Según Guerrero, además de la carga que implica el trabajo doméstico, en el hogar la mujer también se expone a sustancias químicas tóxicas y a otros riesgos para la salud física como el calor, la humedad y la mala iluminación.
«Todo parece indicar que existe una proporción nada despreciable de trabajadoras que se sienten más protegidas en el ámbito público del trabajo que en el ámbito privado del hogar», advirtió Guerrero.
A su juicio, «los problemas de la pareja obedecen con frecuencia a conflictos de roles (papeles) a expensas de la actividad laboral o doméstica» por lo que, estimó, se impone una revalorización social del trabajo dentro y fuera el hogar. (FIN/IPS/da/mj/lb he/00


