ESTADOS UNIDOS: Por qué pierde votos el Partido Demócrata

Millones de habitantes de Estados Unidos con bajos ingresos e integrantes de comunidades de inmigrantes no votaron en las elecciones del martes, y eso explica por qué el gobernante Partido Demócrata ha perdido apoyo.

Las manos de esas personas cosen la vestimenta, cosechan los vegetales y cortan la carne, colocan los circuitos en las computadoras, lavan los platos en los restaurantes y cuidan a los enfermos, pero pocas de esas manos fueron usadas para votar a los legisladores y el presidente.

La creciente distancia que separa a los pobres e inmigrantes de la vida política ha privado al Partido Demócrata de gran parte de su respaldo electoral tradicional, y perjudicó a su candidato en estas elecciones, el actual vicepresidente Al Gore.

Es irónico que esa distancia haya aumentado durante los dos períodos de gobierno del actual presidente demócrata, Bill Clinton, a partir de 1992, en beneficio del candidato del opositor Partido Republicano en estas elecciones, George Bush.

Menos de la mitad de las personas habiltadas para sufragar lo hicieron el martes. El porcentaje de la población que participa en los comicios se hace más pequeño cada década, y desde el punto de vista demográfico se vuelve cada vez más de mayor edad, con mayor proporción de blancos y con mayores ingresos.

Eso es conveniente para el opositor Partido Republicano, tradicional representante de los empleadores y de sectores sociales privilegiados. Pero el proceso se ha acentuado por la opción de los demócratas ante una alternativa planteada durante los ocho años de gobierno de Clinton.

Esa alternativa fue simple: defender las causas de los pobres, para incluirlos en la vida política y buscar el aumento de la participación electoral, o desplazar al Partido Demócrata hacia posiciones políticas de centro, para competir con los republicanos por la preferencia de la minoría que suele votar.

Los estrategas demócratas, desde organismos como el Consejo Nacional de Liderazgo Demócrata (DLC), optaron por disputar el voto de la minoría, pese a que despliegan una retórica populista.

Cuando Clinton asumió por primera vez la presidencia, el intento de cumplir su promesa de un seguro nacional de salud, que habría beneficiado sobre todo a los más pobres, lo puso al borde de una guerra frontal contra la industria estadounidense de seguros. Y Clinton optó por no cumplir su promesa.

En las elecciones de 1996, el presidente enfrentó a un revitalizado Partido Republicano y decidió asegurar su reelección mediante la disputa del voto de un pequeño sector privilegiado y conservador de la población, que vive en los suburbios de las grandes ciudades.

Para eso, arremetió contra su propia plataforma electoral de 1992 e impulsó una ley de reforma de la seguridad social que excluyó a muchos beneficiarios y los empujó hacia el sector de trabajadores con menores salarios.

«Los grandes partidos ignoran nuestras necesidades», afirmó Stacy Kono, una joven organizadora del Movimiento de Defensa de Mujeres Asiáticas Inmigrantes de Oakland, en el estado sudoccidental de California.

Quizá Kono fue demasiado benévola, ya que puede pensarse que los pobres e inmigrantes figuran en la agenda de los grandes partidos, pero no como potenciales votantes, sino como chivos expiatorios.

Los porcentajes de votación siempre han sido bajos en las comunidades pobres de inmigrantes y afroestadounidenses, y el DLC ha tomado como blanco a esas comunidades.

Una reforma de las leyes de inmigración apoyada por Clinton privó a muchos inmigrantes de servicios sociales y aumentó su exclusión.

El presidente no tomó medidas relevantes contra el aumento de la violencia policial, subrayado en Nueva York por la violación del inmigrante haitiano Abner Louima en 1997 y el asesinato del inmigrante guineano Amadou Diallo este año, por temor a perder la imagen de lucha contra el crimen que había cultivado.

Pese a todo lo antedicho, los afroestadounidenses votaron por Gore en muy alto porcentaje, incluso en las comunidades pobres.

Eso se debió a que reconocieron a Bush como un conservador proveniente de los estados meridionales en los cuales existe fuerte racismo, y rechazaron el racismo declarado de candidatos como el no reelecto senador John Ashcroft, del estado central de Missouri.

La poderosa organización sindical Federación Estadounidense del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industrales (AFL-CIO) desplegó una movilización sin precedentes por Gore, pese a que no ha ncompartido sus posiciones sobre las cuestiones económicas básicas de esta década, porque lo consideró preferible a Bush.

En estados en los cuales la sindicalización es alta, como el centroseptentrional de Michigan, ese apoyo fue decisivo, pero el movimiento sindical sólo representa en la actualidad 13 por ciento de la fuerza de trabajo nacional, compuesta en proporción creciente por inmigrantes sin derecho a voto.

Eso se debe en gran medida a que la política del gobierno de Clinton impulsó el aumento de los puestos de trabajo temporales, inestables y mal remunerados, en sustitución de millones de empleos estables y con salarios altos, que beneficiaban a trabajadores sindicalizados.

Un partido como el Demócrata de estos años, que no ha podido o no ha querido defender las causas de las comunidades pobres y de inmigrantes, y en cambio emplea a los integrantes de esas comunidades como chivos expiatorios, es incapaz de lograr su participación electoral.

Para revertir el proceso de exclusión política de los pobres e inmigrantes, un partido no debería limitarse a defender causas, sino también emplear recursos económicos y políticos para lograr que esas personas se conviertan en votantes. Los estrategas del Partido Demócrata no se han movido en esa dirección.

Una amnistía general para los inmigrantes ilegales podría ser el comienzo de la transformación en votantes de millones de trabajadores que hoy ni siquiera son ciudadanos.

Este año, la idea de esa amnistía fue apoyada incluso por la AFL-CIO, que en el pasado tendió a rechazarla para defender a los trabajadores nacidos en Estados Unidos.

Pero los demócratas no prometieron en su campaña una amnistía para los inmigrantes ilegales, sino reformas muy moderadas de las actuales leyes de inmigración, e incluso abandonaron luego esas promesas por temor a los ataques de la derecha republicana.

Los demócratas impulsaron, junto con los republicanos, la expansión en el sector industrial de un sistema de contratos que debilita a quienes buscan trabajo ante los empleadores, y al no legalizar la situación de los inmigrantes ilegales mantuvieron una situación que los priva de derechos laborales.

«Los vínculos de la industria con los partidos y el gobierno son demasiado fuertes», lamentó Kono.

Las barreras racistas mantienen desorganizadas y vulnerables a las inmigrantes jóvenes empleadas en la industria de la vestimenta, cuyos trabajadores han sido tradicionales votantes del Partido Demócrata, señaló.

Esas mujeres están marginadas en términos laborales y políticos, y la magnate Suzie Tompkins, dueña de la gran firma de vestimenta Espirit, aportó este año 400.000 dólares para la exitosa campaña de la esposa del presidente, Hilary Clinton, como candidata a senadora por Nueva York, apuntó Kono.

La antigua estrategia del Partido Demócrata, que buscaba construir una coalición de clases sociales, se desvanece cada vez más.

Los demócratas aún dependen de los votos reunidos por la AFL- CIO, pero si impulsaran la transformación en ciudadanos de millones de personas pobres perderían el apoyo económico de los ricos que a menudo son empleadores de esos millones de trabajadores.

El candidato presidencial del pequeño Partido Verde, Ralph Nader, señaló esa contradicción durante su campaña, y los demócratas no harán desaparecer el problema culpando al mensajero que trajo las malas noticias. (FIN/IPS/tra-eng/db/cr/mp/ip/00

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