La policía de Venezuela se anotó un éxito hoy al evitar que un asalto con toma de rehenes degenerase en una nueva "tarde de perros", como sangrientos episodios que conmovieron a millones de telespectadores hace seis y 15 meses.
Dos jóvenes asaltantes robaron al mediodía una perfumería en El Silencio, la más céntrica urbanización de Caracas, hirieron levemente al propietario y, descubiertos por dos policías, penetraron en un apartamento de un edificio y tomaron a un matrimonio y dos niños como rehenes.
La policía acordonó la zona, contuvo a miles de curiosos y a equipos de televisión, a costa de un enorme embotellamiento del tránsito, y organizó la entrega de los delincuentes a una comisión de la Fiscalía, que cuida la observancia de las leyes.
El final logrado al cabo de dos horas de negociaciones evitó la repetición de asaltos con toma de rehenes "resueltos" a sangre y fuego y cuya transmisión "en vivo y en directo" por televisión cubrió de críticas a la policía y al ejercicio del periodismo.
El 23 de junio de 1995, dos asaltantes que tomaron como rehenes a personal de una clínica en el residencial este caraqueño negociaron por horas su huida en un vehículo que suministró la policía, e intentaron abordarlo a la vista de cámaras de televisión con audiencia casi total.
Una súbita balacera acabó con la vida de los atracadores, de dos mujeres rehenes y de un policía, y dejó otras personas heridas. La población castigó a los cuerpos de seguridad con una lluvia de críticas, sobre todo por la falta de coordinación entre las distintas fuerzas policiales que intervinieron en el episodio.
El 16 de abril de 1996, otro dúo de asaltantes tomó como rehenes a dos jóvenes hermanas en un apartamento del este capitalino, y durante 20 horas mantuvo en vilo a la población, de nuevo galvanizada por la televisión para seguir el caso.
El jefe de la policía judicial, José Lazo, el fiscal general, Iván Badell, agentes, sacerdotes y también periodistas que llevaron al aire en directo las palabras de los atracadores, abogaron por una entrega sin derramamiento de sangre.
Un asaltante se entregó y liberó a una de las cautivas, pero el otro se rehusó, y un comando policial invadió la vivienda, muriendo el delincuente y la rehén con la que se escudaba.
Las críticas de la ciudadanía y de especialistas en seguridad bañaron entonces a las policías, pero también a los medios de comunicación, censurando sobre todo el sensacionalismo vacuo, el afán de competir por la primicia, la notoriedad dada a los asaltantes y la interferencia con el trabajo policial. (FIN/IPS/hm/ff/pr/96


