VENEZUELA: Agua con azúcar, arma secreta contra secuestros

Calma, nada de televisión y una buena dosis de agua con azúcar produjeron la receta que permitió a un padre salvar su vida, la de su familia y aún la de quienes les atacaron en una tarde de asalto con secuestro en Venezuela.

"Yo los calmé. Estaban muy nerviosos. Los aconsejé, les di comida y de beber agua con bastante azúcar, para relajarlos. Es que he visto mucha novela", relató el actor Julio Castro antes de quebrarse su voz tras las peores dos horas de su vida.

El suyo fue el tercer caso, en 15 meses, de asalto con toma de rehenes transmitido "en vivo y en directo" por la radio y la televisión de Venezuela, pero con la feliz diferencia de que el desenlace se produjo sin derramamiento de sangre.

Al mediodía del miércoles, Castro almorzaba con sus hijos de nueve y seis años en su modesto apartamento de la urbanización El Silencio, la más céntrica de Caracas. Les acompañaba una empleada doméstica. De súbito, se escuchó un disparo junto a la vivienda.

Castro oyó gritos de auxilio y al abrir la puerta de madera -y no la reja de hierros que la protege, como en la generalidad de las viviendas en Caracas, vio a un vecino, Lucio Balza, tirado en el piso, con el rostro ensangrentado y pidiendo auxilio.

El actor corrió al balcón de su apartamento, en el segundo nivel del edificio, avistó a dos policías y los llamó a gritos para que auxiliasen a Balza. Asomó de nuevo a la puerta y, como no vio más señales de peligro, intentó auxiliar al vecino herido.

Irrumpieron entonces dos jóvenes que hirieron a Balza, le encañonaron con un revólver y le sometieron en la vivienda, mientras buscaban una vía de escape y, al no encontrarla, el caso se convirtió en una toma de rehenes.

El 23 de junio de 1995, dos asaltantes que al tratar de huir tomaron como rehenes a empleados de una clínica produjeron una primera "tarde de perros", seguida por millones de personas a través de la televisión.

Su intento de escape terminó con una balacera en la que murieron los delincuentes, dos mujeres rehenes y un agente, a la vista de los telespectadores que durante días criticaron la descoordinación y el afán de protagonismo de cuerpos policiales.

El 16 de abril de 1996, otro dúo delictivo tomó como rehenes a dos jóvenes hermanas en un apartamento y de nuevo la televisión galvanizó a la población para seguir las incidencias del secuestro, también con sangriento fin: perecieron un asaltante, una rehén, y varios policías fueron heridos.

Luego de este caso, la ciudadanía y los especialistas criticaron a las policías pero también a los medios de comunicación, que incluso llevaron al aire las voces de los asaltantes, quienes, animados por la súbita notoriedad, extendieron sus exigencias con resultado trágico e inútil.

"Yo viví muy de cerca esos casos y por eso hice cuanto pude por calmar a mis atacantes y los aconsejé sobre las cosas que debían pedir para entregarse pacíficamente", recordó Castro.

Castro convenció a sus atacantes de que su receptor de televisión estaba inservible, para que no se enterasen del notorio revuelo causado por los medios que rodeaban el cordón de seguridad policial tendido alrededor del edificio de este tercer secuestro.

Actor de televisión, había culminado su trabajo en la telenovela "Pura sangre", en la que interpretó el papel de un policía cuarentón.

Los asaltantes, jóvenes de 18 y 19 años, hechos un manojo de nervios, tan pronto se disponían a suicidarse como apuntaban a los hijos de Castro, se desplazaban inquietos por la vivienda y, finalmente, sacaron las balas del cargador del revólver y siguieron los consejos de su rehén.

Castro les preparó comida, un jugo de frutas, les dio agua con abundante azúcar, consiguió que el más joven reposase y le prestó su hombro para que llorase por su "mala suerte", y recomendó lo que debían pedir para su rendición.

"Pidan un teléfono celular para que puedan hablar con su familia, la presencia de fiscales del Ministerio Público (que vela por la observancia de las leyes) y un médico forense para que les examine al entregarse a la policía", aconsejó.

Así lo hicieron y la rendición aportó el final deseado. Balza quedó fuera de peligro tras recibir un balazo en la mandíbula y la policía investiga si lo recibió por oponerse a un asalto o como réplica de los jóvenes delincuentes, habitantes de El Silencio, tras algún trato incumplido entre ellos.

Fuera de la vivienda, las fuerzas del orden hicieron su parte facilitando la presencia de familiares de los asaltantes y de los fiscales, manteniendo un efectivo cordón de seguridad y, sobre todo, dejando todo al mando único de la Policía Metropolitana.

La prensa, radio y televisión, escarmentadas, moderaron su cobertura, restando tensión a la tarde en la que el actor Castro, casi siempre en papeles de reparto, fue potagonista forzoso de una historia, esta vez real. "Ojalá no hubiera ocurrido y espero no se repetirá jamás en la vida", comentó. (FIN/IPS/hm/dg/pr/96

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