RÍO DE JANEIRO – El expresidente Jair Bolsonaro, inhabilitado y preso por intentar un golpe de Estado en 2022, es el gran vencedor de las elecciones generales celebradas en Brasil el domingo 4 de octubre, que se completarán con la segunda vuelta para el presidente y gobernadores de siete estados el 25 de octubre.
Su hijo mayor, Flavio Bolsonaro, candidato presidencial por decisión personal del padre, obtuvo la mayor votación en la primera vuelta, 47,03 % de los votos válidos contra 45,16 % del presidente Luiz Inácio Lula da Silva que intenta reelegirse, y dos miembros de su familia se escogieron como senadores y otro como diputado nacional.
Además, triunfó en su estrategia de tener una mayoría relativa de senadores y diputados, garantizándose la hegemonía en el legislativo Congreso Nacional. Su ultraderechista Partido Liberal aumentó de 15 a 28 sus representantes en un Senado de 81 miembros y de 98 a 121 en la Cámara de 513 diputados.
El izquierdista Partido de los Trabajadores, del presidente Lula, seguirá con la segunda representación, con nueve senadores y 70 diputados, sin alteración en el Senado y un incremento de cinco bancas en Diputados.
El torrente de votos del llamado “bolsonarismo” se extendió a los 27 estados brasileños que eligen sus gobernadores y diputados. Confirma la tendencia de ascenso de la extrema derecha que pone en jaque los avances civilizatorios en Brasil y en Occidente.
Extrema derecha integral
Pero en Brasil, más que en los demás países en general, ese avance afecta la vida en muchas dimensiones, como la religión, visiones de la democracia, el medioambiente, la ciencia, la comunicación, el racismo, el género y no tanto la inmigración, como ocurre en Europa y Estados Unidos.
La extrema derecha brasileña nació teniendo como inspiración la dictadura militar de 1964 a 1985, pero ya no depende ni tiene vínculos directos con las fuerzas armadas como tuvo durante su primer gobierno, bajo la presidencia de Bolsonaro, desde el primer día de 2019 al último de 2022.
El bolsonarismo se basa ahora en su fuerza electoral, en la popularidad de su líder, que mantiene su liderazgo pese a su condena a 27 años de prisión por el intento de golpe de Estado en 2022. Encarcelado el 22 noviembre de 2025, pasó a prisión domiciliaria el 24 de marzo de este año.
Bolsonaro es un militar reformado, cuyo período de formación como oficial del Ejército se hizo de 1974 a 1977, en plena dictadura. Actos de indisciplina lo llevaron a dejar la carrera militar en 1988, con el rango de capitán.
Pasó entonces a la política, primero como concejal en Río de Janeiro en los dos años siguientes y luego como diputado nacional por 28 años –en una gris carrera legislativa–, hasta su sorpresivo triunfo en las elecciones presidenciales de 2018, convertido en el líder de un movimiento radical que defendía una nueva “intervención militar” para imponer nuevos rumbos el país.
Los 57,8 millones de votos, 55,13 % de los votos válidos, que alzaron Bolsonaro a la presidencia de Brasil en octubre de 2018 representaron una redención de la dictadura militar y sus apoyadores de la ultraderecha, sometidas al silencio por la opinión pública dominante en tres décadas de redemocratización del país.

Facilitador militar
Varios escándalos de corrupción y una grave crisis económica en 2014-2015 que culminaron en la destitución de la ex presidenta Dilma Rousseff, por inhabilitación aprobada por el Senado en agosto de 2016, crearon las condiciones para el rebrote y reorganización de las fuerzas ultraderechistas con el apoyo militar.
Bolsonaro, antes un solitario y persistente defensor de los militares en la Cámara de Diputados, surgió como el líder de ese proceso, ya entrado en los 60, porque nació en 1955. Lo llamaban el “mito”. Para los militares era el hijo pródigo convertido en redentor de la reputación castrense, castigada por la represión y las torturas de las décadas de los 60 y 70.
Durante su gobierno, el excapitán se rodeó de generales y otros oficiales del Ejército, algunos de los cuales participaron en el intento de golpe que los llevó a la cárcel.
La acción golpista no obtuvo el apoyo de comandantes del Ejército y la Fuerza Aérea que tratan ahora de despolitizar sus tropas.
Incursiones castrenses en la política parecen cosa del pasado en Brasil, incluso porque la extrema derecha, agrupada en el Partido Liberal pero con militantes también en otros partidos, ya no necesita las muletas o las armas de los militares para acceder al poder.
Su fuerza se basa en el fenómeno de la inercia cultural, que hacer persistir en las sociedades las creencias, costumbres y valores que resisten a revoluciones de todo tipo, sean políticas, tecnológicas o sociales.
La civilización, particularmente la occidental, avanzó muy rápidamente desde la década de 60. Ya no basta a los dichos reaccionarios o conservadores contener los avances, sino luchar por el retorno al orden anterior.
El “Hagamos a Estados Unidos Grande Otra Vez” del presidente Donald Trump sintetiza ese anhelo colectivo de fuerte poder de convocatoria.
No es solo cuestión de costumbres o principios morales, de cultura, sino que involucra la ciencia, el medioambiente y el clima, las universidades, el periodismo, la geopolítica, el género, las minorías y otras dimensiones de la vida.
Se trata de otra visión del mundo, que en Brasil se refleja en el nombre de una productora de audiovisuales, Brasil Paralelo, que se dedica principalmente a filmes que revisan la historia del país y conceptos que orientan la sociedad.
Revolución hacia atrás
Esa “retrovolución” que impulsa la extrema derecha en muchos países solo se hizo posible con las redes digitales y el teléfono celular o móvil, que permitió incorporar como actores políticos, con voz en la promoción de nuevas narrativas, incluso las falsas, a sectores que pueden ahora compartir sus creencias y organizarse como fuerza política.
Se trata de un inmenso movimiento de inclusión de buena parte de la sociedad que antes no tenía condiciones de expresarse por su dispersión e imposibilidad de comunicación, pero también porque se sentían oprimidos, excluidos o rezagados ante una opinión pública que imponía los avances civilizatorios incluso con la cartilla “políticamente correcta”.
Esa rebelión de los que abjuran de la civilización occidental compone la fuerza básica, invulnerable, de la extrema derecha, que en Brasil se estima que corresponde a cerca de un tercio del electorado de 158 millones de personas. Es el bolsonarismo, que desde 2018 sorprende en todas las elecciones por su empuje.
Pero del otro lado, está el laborismo de Lula, “lulismo” para muchos analistas, que tiene solidez similar por la adhesión permanente de los pobres que se benefician de las políticas sociales diseminadas por el actual presidente en gobiernos anteriores (2003-2010).
Ese proceso fragmenta el país en una polarización que lo divide prácticamente en dos mitades y que parece dictar una alternancia de las dos fuerzas dominantes en el poder político.
Situaciones coyunturales, como la pandemia de covid-19 que golpeó el gobierno de Bolsonaro por su postura negacionista y el actual incremento del precio de los alimentos, que perjudica a Lula, pueden ser decisivo en su derrota el día 25.
Por esa alternancia y otros factores, lo más probable es que triunfe Bolsonaro, ahora a través de su hijo mayor, pese a su pobre currículo y varios indicios que lo vinculan a la corrupción y a las milicias de Río de Janeiro, una modalidad del crimen organizado que controla barrios para explotar negocios como transporte, protección y ventas de gas.
No ha habido un caso, en el actual período democrático de Brasil, de un candidato presidencial que haya triunfado tras lograr menos votos en la primera vuelta.
En 74 elecciones en que gobernantes intentaron la reelección desde 2020 en el mundo, 40 fueron derrotados, según el estadounidense Steven Levitsky, profesor de la Universidad de Harvard y coautor del libro “Como mueren las democracias”.
Solo un milagro permitiría a Lula revertir el resultado de la primera vuelta, en que tuvo 2,2 millones de votos menos que Flavio Bolsonaro, en un total de 119,3 millones de votos válidos.
La disputa se limita al 8 % de los votos que se destinaron a otros cuatro candidatos y a reducir la abstención que alcanzó 21,08 % del total de 158 millones de electores habilitados a votar. Como los demás candidatos son derechistas, aunque no todos extremistas, la tendencia es que la mayoría de sus votos se transfieran a Bolsonaro y no a Lula.
El más que probable triunfo del candidato bolsonarista extendería el poder ultraderechista a casi toda Sudamérica, con excepción de Guyana, Suriname y Uruguay. Eso en desmedro de soluciones para la crisis climática, de las minorías y de la salud, ante el probable incremento del rechazo a las vacunas.
Un soplo de esperanza es que los Lgbti+ lograron la elección de 35 legisladores, contra 18 en 2022, celebró el no gubernamental Instituto Plena Ciudadanía, volcado a derechos humanos y democracia. Son 13 diputados nacionales y 21 en los estados, además de un senador.
Las mujeres incrementaron su representación de 90 a 109 diputadas en la cámara baja (21,8 %) y de 10 a 18 en el Senado (22,2 %). Los indígenas lograron tres diputados, pero perdieron un escaño.
ED: EG


