PORTLAND, Estados Unidos – La demencia es un desafío de salud mundial en rápido crecimiento que afecta a millones de personas en todo el planeta y supone una importante carga económica, sanitaria y social para las sociedades, especialmente a medida que las poblaciones envejecen.
Las familias, las organizaciones comunitarias y los gobiernos se enfrentan a dificultades crecientes para brindar atención y apoyo adecuados a las personas mayores que viven con demencia.
La demencia, una afección neurológica debilitante, es causada por diversas enfermedades o lesiones que dañan el cerebro y alteran su funcionamiento. Su creciente prevalencia la ha convertido en una preocupación urgente de salud a nivel mundial.
La demencia puede afectar la memoria, el pensamiento, la comunicación, el estado de ánimo y el comportamiento, así como la capacidad de una persona para realizar actividades cotidianas. Por lo general, los síntomas empeoran con el tiempo, lo que a menudo supone una carga emocional, física y económica considerable para las personas, las familias, los cuidadores y los sistemas de salud.

El número de personas que viven con demencia aumenta rápidamente a medida que la población envejece y aumenta la esperanza de vida.
Sin embargo, la demencia no es una parte normal del envejecimiento. Aunque ciertos cambios en la memoria y el funcionamiento son comunes entre las personas mayores, la demencia puede afectar significativamente la memoria, el pensamiento, el juicio y la capacidad para realizar actividades cotidianas.
La demencia es la séptima causa principal de muerte en todo el mundo y una de las principales causas de discapacidad y dependencia entre las personas mayores.
La enfermedad de alzheimer es el tipo más común de demencia y representa aproximadamente entre 60 % y 70 % de todos los casos. Otros tipos incluyen la demencia vascular; la demencia con cuerpos de Lewy, asociada a depósitos anormales de proteínas en las células nerviosas; y la demencia frontotemporal, que conlleva la degeneración de los lóbulos frontal y temporal del cerebro.
La demencia afecta no solo a las personas que la padecen, sino también a las familias, a los sistemas de salud y a la sociedad en su conjunto. Su creciente prevalencia está generando importantes presiones económicas, sanitarias y sociales en todo el mundo.
A medida que aumenta el número de personas que viven con demencia, los sistemas de salud se enfrentan a una demanda cada vez mayor de servicios médicos y de apoyo. Los gobiernos y las comunidades deben destinar recursos adicionales para satisfacer estas necesidades, mientras que las familias a menudo asumen responsabilidades de cuidado significativas y exigentes.
Los hospitales y los centros de atención a largo plazo también soportan una presión creciente, ya que las personas con demencia avanzada pueden requerir supervisión intensiva y constante, así como asistencia en las actividades cotidianas.
Más allá de los gastos directos de atención sanitaria y cuidados a largo plazo, la demencia genera costos indirectos considerables. Entre ellos se incluyen la pérdida de productividad cuando las personas afectadas ya no pueden trabajar y la reducción de la participación laboral de los familiares que abandonan o disminuyen su jornada de trabajo para brindar cuidados no remunerados.
En conjunto, estos costos directos e indirectos incrementan sustancialmente la carga económica y social general que conlleva la demencia.
Las mujeres se ven afectadas de manera desproporcionada por la demencia, ya que soportan una mayor carga de morbilidad y discapacidad que los hombres. Representan aproximadamente dos tercios de las muertes por enfermedad de alzheimer y otras formas de demencia en todo el mundo, y proporcionan cerca de 70 % de las horas de cuidados informales ofrecidos por familiares y amigos.
Las personas que cuidan a familiares con demencia enfrentan mayores riesgos para la salud que aquellas que cuidan a familiares sin esta afección, y dichos riesgos pueden persistir incluso después del fallecimiento del familiar.
Por consiguiente, el cuidado de personas con demencia impone una carga considerable a las familias y a la sociedad, mientras que la creciente carga mundial que supone esta atención sigue estando ampliamente subestimada.
En 2021, aproximadamente 57 millones de personas vivían con demencia, según la Organización Mundial de la Salud, y esta enfermedad causó cerca de 2 millones de muertes.
Dado que cada año se registran casi 10 millones de nuevos casos —una cifra que refleja en gran medida el envejecimiento de la población y el aumento de la longevidad—, se prevé que el número de personas con demencia alcance los 107 millones para 2026 y supere los 150 millones para 2050 (Gráfico 1).

La demencia puede afectar la memoria, el pensamiento, la comunicación, el estado de ánimo y el comportamiento. Los signos y síntomas iniciales suelen ser perceptibles y pueden incluir dificultades relacionadas con la memoria, la atención, la comunicación, el razonamiento, el juicio y el procesamiento de información visual.
Entre los posibles signos tempranos de la demencia se incluyen: olvidar acontecimientos recientes o información conocida, desorientarse al caminar o conducir, confundirse en lugares familiares, tener dificultades para seguir una conversación, olvidar los nombres de familiares o amigos cercanos, utilizar palabras inusuales para referirse a objetos cotidianos y tener problemas para realizar tareas habituales o conocidas de forma independiente (Tabla 1).

Aunque actualmente no existe una cura conocida para la demencia, las directrices de la OMS indican que hasta 45 % del riesgo de padecerla podría prevenirse o retrasarse.
Las directrices de la OMS recomiendan diversos hábitos saludables e intervenciones en el estilo de vida que pueden reducir el riesgo de demencia. Entre ellos se incluyen el entrenamiento y la estimulación cognitiva, así como la participación en actividades sociales, tanto para adultos con una función cognitiva normal como para aquellos con deterioro cognitivo leve.
Otras medidas que pueden ayudar a reducir el riesgo de demencia y favorecer la calidad de vida y el bienestar incluyen mantenerse físicamente activo, continuar formándose, llevar una dieta saludable, beber un par de tazas de café al día, dejar de fumar, limitar el consumo de alcohol, leer con regularidad, realizar actividades que estimulen la mente y mantener vínculos sociales.
Llevar un registro de las tareas diarias, gestionar el estrés y someterse a revisiones médicas periódicas también puede ayudar a las personas a mantener su independencia y bienestar (Tabla 2).

Algunos estudios realizados en diversos países indican que cada año adicional de educación se asocia con un menor riesgo de demencia, y que este efecto protector persiste más allá de la educación secundaria.
En otras palabras, los años adicionales de formación podrían ofrecer una protección acumulativa frente a la demencia. Investigaciones recientes también han revelado que los audífonos pueden reducir casi a la mitad la tasa de deterioro cognitivo en personas mayores con alto riesgo de padecer demencia.
Asimismo, es mucho lo que se puede hacer para apoyar a las personas que viven con demencia y a quienes las cuidan. No obstante, cuidar a una persona con demencia puede resultar difícil y afectar a la salud y el bienestar de los propios cuidadores.
Brindar cuidados requiere paciencia, una comunicación clara y atención al bienestar emocional de la persona.
Entre los consejos útiles para el cuidado se incluyen: comenzar a hablar sobre las necesidades de atención con antelación, hablar con calma y claridad, evitar discusiones, brindar tranquilidad y evitar preguntas como «¿No te acuerdas?».
Otras estrategias consisten en distraer a la persona agitada con un refrigerio, un álbum de fotos, humor o música relajante; mantener una rutina constante y un entorno familiar a la hora de comer; fomentar la independencia y el ejercicio regular; utilizar listas de tareas y recordatorios por escrito; simplificar las opciones; y garantizar un entorno seguro.
Los cuidadores también deben priorizar su propio bienestar físico y emocional. Las exigencias del cuidado de personas con demencia pueden contribuir al estrés emocional, al agotamiento físico y al síndrome del cuidador.
Las estrategias útiles de autocuidado incluyen tomar descansos regulares, buscar ayuda de familiares u otras personas involucradas en el cuidado, mantener vínculos sociales, realizar actividad física con regularidad y buscar apoyo de salud mental cuando sea necesario. Estas medidas pueden ayudar a reducir el estrés y el agotamiento, así como a disminuir el riesgo de sufrir el síndrome del cuidador.
Aunque la edad por sí misma no causa demencia, es el factor de riesgo conocido más importante, ya que la probabilidad de desarrollarla suele aumentar con el paso de los años. En consecuencia, los países con poblaciones más envejecidas —como Japón, Alemania, Italia y Grecia— tienden a registrar tasas más elevadas de demencia (Gráfico 2).

En resumen, la demencia representa un desafío sanitario mundial en rápido crecimiento, especialmente a medida que las poblaciones envejecen. Los países se enfrentan a dificultades crecientes para brindar atención y apoyo adecuados a las personas mayores que viven con demencia.
Dada la limitada disponibilidad de tratamientos eficaces, existe una necesidad urgente de implementar estrategias nacionales integrales para prevenir o retrasar la demencia y abordar sus repercusiones sociales, económicas y sanitarias.
Esas estrategias deben adoptar un enfoque coordinado y a largo plazo orientado a reforzar la prevención, mejorar los servicios de atención y apoyo, y reducir la carga que esta enfermedad supone para las personas, las familias, las comunidades y los sistemas de salud.
Joseph Chamie es demógrafo y consultor, exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas y autor de numerosas publicaciones sobre temas de población, incluido su libro más reciente: “Niveles de población, tendencias y diferenciales».
T: MLM / ED: EG


