PORTLAND, Estados Unidos – Al llegar a los 80 años, hombres y mujeres viven más tiempo que nunca.
Estos avances en la longevidad de las personas octogenarias representan un notable logro demográfico. Los años adicionales de vida brindan nuevas oportunidades para las personas mayores y sus familias, pero también plantean importantes desafíos sociales, económicos y sanitarios para las sociedades.
En 1950, la esperanza de vida mundial a los 80 años era de 4,8 años adicionales para los hombres y de 5,3 años adicionales para las mujeres. Durante las décadas siguientes, estas cifras aumentaron de manera constante, hasta alcanzar un estimado de 7,7 años para los hombres y 9,1 años para las mujeres en 2026.
Se espera que esta tendencia ascendente continúe, y que la esperanza de vida a los 80 años aumente a 8,8 años adicionales para los hombres y 10,1 años adicionales para las mujeres para 2050 (Imagen 1).

Sin embargo, detrás de estos promedios mundiales existe una considerable variación entre los países. Los países más desarrollados, como Japón y Francia, presentan una esperanza de vida relativamente alta a los 80 años: se espera que los hombres vivan otros 10 años y las mujeres, aproximadamente 12 años. En cambio, los países menos desarrollados, como Nigeria, Níger y Malí, se encuentran en el extremo inferior de la distribución, ya que tanto los hombres como las mujeres que llegan a los 80 años pueden esperar vivir unos 5 años adicionales (Imagen 2).

La proporción de la población mundial que llega a los 80 años o más aumentó de manera constante durante las últimas décadas. En 1950, aproximadamente el 0,6 % de la población mundial tenía 80 años o más. Para 2026, esa proporción se había duplicado hasta alcanzar el 1,2 % y se prevé que aumente aún más, hasta el 2,1 %, para 2050 (Tabla 1).

Aunque las personas octogenarias continúan representando una proporción relativamente pequeña de la población mundial, su número y su peso relativo aumentan rápidamente, como consecuencia de las mejoras continuas en la supervivencia y del envejecimiento sostenido de las poblaciones en todo el mundo.
La proporción de personas octogenarias dentro de una población varía considerablemente entre los países. Los porcentajes más altos se registran en los países más desarrollados, mientras que los más bajos corresponden a los países menos desarrollados. En 2026, por ejemplo, 11 % de la población de Japón y 8,1 % de la población de Italia tienen 80 años o más. En cambio, las proporciones correspondientes son de 1,1 % en India y de 0,3 % en Nigeria.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), aunque la genética influye en determinados aspectos de la salud de las personas de 80 años o más, la mayoría de las diferencias en los resultados de salud están determinadas por los entornos físicos y sociales, así como por características personales como el sexo, la etnia y el nivel socioeconómico.
Llegar a una edad avanzada con buena salud depende en gran medida de mantener hábitos saludables durante toda la vida. Entre ellos se encuentran llevar una alimentación equilibrada, realizar actividad física con regularidad, evitar el consumo de tabaco y drogas, limitar el consumo de alcohol y mantener vínculos sociales sólidos.
En conjunto, estos hábitos beneficiosos para la salud ayudan a reducir el riesgo de enfermedades crónicas, preservar las capacidades físicas y cognitivas y retrasar la necesidad de recibir cuidados a largo plazo, lo que contribuye a mejorar tanto la longevidad como la calidad de vida durante la vejez.
Sin embargo, muchas personas de 80 años o más enfrentan importantes desafíos, entre ellos el manejo de enfermedades crónicas, el acceso a cuidados a largo plazo, el mantenimiento de la seguridad económica y el afrontamiento del aislamiento social.
La proporción de personas de 80 años o más que viven solas varía considerablemente entre los países, lo que refleja diferencias en las normas culturales, las estructuras familiares, los niveles de ingresos y los sistemas de apoyo público.
En muchos países en desarrollo, menos de 10 % de las personas octogenarias viven solas, mientras que en los países de ingresos altos la proporción correspondiente suele oscilar entre 30 % y 50 %.
Las personas mayores también sufren con frecuencia discriminación por edad, en el marco de estereotipos que las presentan como frágiles, dependientes o una carga para la sociedad. Estas actitudes pueden dar lugar a situaciones de discriminación e influir en las políticas públicas de manera tal que limiten las oportunidades de un envejecimiento saludable y activo.
Aunque algunas personas octogenarias conservan sus capacidades físicas y mentales hasta bien entrada la octava década de vida y funcionan a niveles comparables a los de personas décadas más jóvenes, la mayoría experimenta cierto deterioro de sus capacidades físicas y cognitivas y vive con al menos una enfermedad crónica.
La creciente prevalencia de las enfermedades crónicas y el aumento de la demanda de cuidados a largo plazo tienen importantes implicancias para los gobiernos, los sistemas de salud y las familias. Satisfacer las necesidades de una población de personas octogenarias que crece rápidamente requerirá mayores inversiones en atención sanitaria, servicios de cuidados a largo plazo y comunidades adaptadas a las necesidades de las personas mayores.
Al mismo tiempo, el cuidado de las personas mayores plantea importantes interrogantes sobre cuál es el equilibrio adecuado de responsabilidades entre los gobiernos y las familias. A medida que las poblaciones continúen envejeciendo, determinar cómo deben distribuirse estas responsabilidades se convertirá en un desafío de política pública cada vez más importante.
Mientras que los gobiernos suelen esperar que las familias proporcionen los principales cuidados a sus familiares mayores, las familias consideran que los gobiernos deberían proporcionar los recursos financieros, los servicios y el apoyo necesarios para atender esas necesidades.
Este debate, que continúa vigente, pone de relieve la importancia de desarrollar políticas sostenibles que establezcan un equilibrio adecuado entre la responsabilidad pública y los cuidados proporcionados por las familias.
Una respuesta integral de salud pública debe abordar las diversas experiencias y necesidades de las personas de 80 años o más. Los entornos físicos y sociales adecuados permiten que las personas octogenarias continúen realizando actividades significativas para ellas a pesar del deterioro de las capacidades físicas y cognitivas asociado con la edad.
Estos entornos incluyen edificios públicos seguros y accesibles, sistemas de transporte adaptados a las personas mayores, viviendas asequibles y servicios comunitarios de salud y asistencia social.
Cuando las personas de 80 años o más pueden transitar sus últimos años de vida con buena salud y en entornos que les brindan apoyo, pueden mantener su independencia, participar activamente en la vida familiar y comunitaria y disfrutar de una calidad de vida comparable a la de los adultos más jóvenes.
En cambio, cuando esos años adicionales están marcados por fragilidad física, deterioro cognitivo y problemas de salud mental, las consecuencias trascienden al individuo y afectan a las familias, los sistemas de salud y la sociedad en su conjunto.
Muchas personas octogenarias enfrentan complejos desafíos de salud y de estilo de vida derivados de múltiples enfermedades crónicas, el deterioro funcional y las limitaciones asociadas con la edad.
En todo el mundo, muchas personas de 80 años o más viven con una combinación de enfermedades físicas crónicas, deterioro cognitivo, síndromes geriátricos y cambios psicológicos.
Estos desafíos, que a menudo se superponen y están interrelacionados, requieren una atención sanitaria y social coordinada y centrada en la persona, que haga hincapié en la prevención de enfermedades, la continuidad de la atención, la colaboración multidisciplinaria y el apoyo sostenido tanto a las personas mayores como a quienes las cuidan.
A los 80 años, los principales desafíos de salud a nivel mundial tanto para hombres como para mujeres incluyen las enfermedades cardíacas, como los ataques y la insuficiencia cardíacos; la demencia, incluida la enfermedad de Alzheimer; y los síndromes geriátricos.
Estos síndromes abarcan una serie de afecciones relacionadas con la edad, entre ellas la fragilidad, la osteoporosis, las deficiencias auditivas y visuales, la incontinencia urinaria y un mayor riesgo de caídas.
Las caídas se encuentran entre las principales causas de lesiones, discapacidad, hospitalización, pérdida de independencia y muerte por lesiones entre las personas mayores. La pérdida de fuerza muscular y equilibrio asociada con la edad, las deficiencias visuales, los efectos secundarios de los medicamentos, el deterioro cognitivo y los trastornos neurológicos contribuyen a aumentar el riesgo de sufrir caídas.
Aunque muchas enfermedades afectan a ambos sexos, las diferencias biológicas, los factores relacionados con el estilo de vida y la mayor esperanza de vida de las mujeres contribuyen a que hombres y mujeres presenten perfiles de salud diferentes a los 80 años.
En el caso de las mujeres, los principales desafíos a los 80 años suelen estar relacionados con el mantenimiento de la movilidad, la prevención de fracturas derivadas de la osteoporosis y la fragilidad ósea y el afrontamiento del aislamiento social. Como las mujeres generalmente viven más que los hombres, tienen mayores probabilidades de enviudar, vivir solas y experimentar soledad, inseguridad económica y necesidad de apoyo a largo plazo.
Además, las mujeres representan una proporción mayor de los casos de demencia, incluida la enfermedad de Alzheimer, debido en parte a su mayor longevidad, lo que convierte al deterioro cognitivo en una preocupación de salud especialmente importante en edades avanzadas.
A pesar de estos graves desafíos, muchas personas mayores mantienen una actitud positiva y sentido del humor. Una observación que suele atribuirse a distintas personas mayores refleja ese espíritu: “La gente te dice que perderás la cabeza cuando envejezcas. Lo que no te dicen es que no la echarás demasiado de menos”.
En el caso de los hombres octogenarios, los principales riesgos para la salud suelen incluir eventos cardiovasculares agudos mortales, enfermedades metabólicas y crisis psicológicas graves. En muchas poblaciones, los hombres de este grupo etario también presentan tasas más elevadas de ciertos tipos de cáncer y de diabetes tipo 2 que las mujeres de la misma edad. Entre los tipos de cáncer diagnosticados con mayor frecuencia en los hombres mayores se encuentran el cáncer de próstata y el cáncer de vejiga.
Aunque la depresión se diagnostica con mayor frecuencia en las mujeres, los hombres de 80 años o más presentan tasas de suicidio considerablemente más altas. Estas muertes suelen producirse en el contexto del duelo tras la pérdida de la pareja, el deterioro de la salud física, el aislamiento social, el dolor crónico o una disminución del sentido de identidad y propósito asociada con importantes transiciones de la vida.
Otra cuestión importante que enfrentan muchas personas de 80 años o más es su capacidad para seguir conduciendo. La mayoría de los países no establece un límite máximo obligatorio de edad para conducir.
En cambio, exige evaluaciones médicas periódicas, controles de la visión y renovaciones más frecuentes de la licencia de conducir para determinar si las personas mayores siguen estando en condiciones de conducir de manera segura. Estas medidas buscan equilibrar la independencia y movilidad que proporciona la conducción con la necesidad de proteger la seguridad pública.
Una excepción notable a esta práctica generalizada es Perú, donde las personas de 80 años o más ya no pueden renovar su licencia de conducir. La medida se implementó como parte de los esfuerzos del Gobierno por reducir los accidentes de tránsito, ante la preocupación por el deterioro de la visión, la audición, el tiempo de reacción, la función cognitiva y la movilidad física asociado con la edad.
Llegar a los 80 años y vivir más tiempo que las generaciones anteriores constituyen un notable logro demográfico. Esto refleja importantes avances en la medicina, la salud pública, la nutrición, la educación y las condiciones de vida.
Al mismo tiempo, el aumento de la longevidad presenta nuevas oportunidades y también importantes desafíos para las personas, las familias, los sistemas de salud y las sociedades.
Hacer frente a estos desafíos requerirá políticas y programas que promuevan un envejecimiento saludable, apoyen la independencia, amplíen el acceso a servicios de salud y cuidados a largo plazo de alta calidad y mejoren la calidad de vida de la creciente población de personas octogenarias.
Muchas personas octogenarias temen perder su independencia, desarrollar una enfermedad crónica, convertirse en una carga para sus familias o morir solas. Las preocupaciones relacionadas con el proceso de morir pueden aliviarse cuando las personas reciben atención compasiva, permanecen lo más cómodas posible y se respetan sus preferencias respecto del tratamiento médico y los cuidados al final de la vida.
Sin embargo, para muchas personas octogenarias, la muerte se vuelve gradualmente menos aterradora a medida que se acerca. Después de haber experimentado la pérdida de parejas, familiares, amigos y contemporáneos, muchas llegan a ver la muerte no como un misterio insondable, sino como una parte natural e inevitable de la vida.
Esta perspectiva suele propiciar una aceptación más profunda de la mortalidad. En lugar de concentrarse en el miedo, muchas personas optan por enfocarse en el presente, valorar las relaciones significativas y apreciar el tiempo que les queda. Para algunas, esta aceptación genera un mayor sentido de gratitud, propósito y paz a medida que se acercan al final natural de la vida.
Joseph Chamie es demógrafo y consultor, exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas y autor de numerosas publicaciones sobre temas de población, incluido su libro más reciente: “Niveles de población, tendencias y diferenciales».
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