PUYO, Ecuador – “Tenemos que aprender a vivir en equilibrio y armonía con la naturaleza para aliviar el cambio climático, que es un desorden que ha creado el propio ser humano con su afán de riqueza”, invocó Zuly Rivera, joven lideresa indígena del pueblo nasa, perteneciente a la cuenca amazónica conformada por ocho países.
Ella integró la delegación de más de 2000 personas presentes en el XII Foro Social Panamazónico (Fospa), realizado en la ciudad ecuatoriana de Puyo entre el 16 y 21 de agosto, con participación de representantes de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y Venezuela, además del territorio colonial de la Guayana Francesa.
Al término del foro, los pueblos indígenas declararon en emergencia a la Amazonia ante el riesgo de alcanzar un punto de no retorno debido a las graves amenazas que enfrenta por el avance del extractivismo, la agroindustria, las economías ilegales, la deforestación y los impactos del cambio climático.
“Este tiempo climático es muy difícil, sufrimos con el fuerte sol, se secan las quebraditas, no tenemos agua y hay que esperar que llueva. La palma también sufre con estas sequías, los cogollitos se demoran en brotar y a veces la fibra sale débil para trabajarla”: Rosario Calapucha.
Esta realidad se plasma con dureza en los territorios de la Panamazonia. Según registros del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), de su población estimada en más de 34 millones de habitantes, 2,7 millones pertenecen a pueblos indígenas, un sector que enfrenta en condiciones de alta vulnerabilidad estos impactos y en el que las mujeres representan cerca de 50 %.
De acuerdo con la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (Coica), la población indígena de este bioma está integrada por 511 pueblos y nacionalidades originarias. De ellos, más de 60 se encuentran en aislamiento voluntario y en contacto inicial (Piaci).

Mujeres: las más afectadas
Las mujeres indígenas de la Panamazonia cumplen un importante rol en el cuidado de la biodiversidad, el uso sostenible de los bienes que les proporciona la naturaleza, la reproducción de la memoria colectiva y el sostenimiento de sus hogares. Se encuentran en una resistencia titánica frente a los riesgos e impactos de actividades económicas extractivas en sus territorios y la intensificación del cambio climático.
Rivera, coordinadora de jóvenes del pueblo indígena nasa, integrante de la delegación de Colombia en el XII Fospa, declaró a IPS en Puyo, considerada la puerta de entrada a la Amazonia ecuatoriana. Situada a 930 metros sobre el nivel del mar y con más de 33 000 habitantes, es capital de la provincia de Pastaza.
“Yo vengo del cabildo (comunidad indígena) Cerro Guadua, del municipio de Puerto Guzmán, en el departamento colombiano de Putumayo. Es un territorio donde existe minería ilegal y derrame de pozos petroleros que contaminan nuestros ríos”, denunció.
Explicó que a estos problemas se suman el cambio climático más el fenómeno de El Niño y de la Niña, que están afectando el ciclo del agua, con el consiguiente problema en la siembra y cosecha de alimentos.
“Las mujeres llevan la peor parte porque son las que hacen el diario en las fincas, en el campo, cuidando a sus hijos. Y para todo se necesita el agua que ya no es confiable en nuestras comunidades”, subrayó.
El pueblo nasa está asentado en la cordillera andina y se extiende hacia 10 departamentos de Colombia incluyendo los amazónicos.
“Por ley natural somos hijos del agua, duele ver que por la contaminación, la sequía o la inundación, no podemos seguir nuestros usos y costumbres. El cambio climático ha malogrado las huertas de las mujeres, la creciente de los ríos inundó los cultivos de todas las comunidades”, relató.
La lideresa indígena describió como una trenza el impacto simultáneo de las actividades extractivas y de la crisis climática en la vida de las mujeres, sobre todo por su rol de cuidadoras de sus familias y de la biodiversidad.
“Para alimentar a sus familias y generarse ingresos producen plátano, yuca, piña, chontaduro (Bactris gasipaes), cacao, pero no habrá un buen rendimiento de sus cosechas por el desorden del clima que estamos viviendo. Eso significa para ellas más preocupación, más inseguridad, más tiempo de labores y mayor pobreza”, reflexionó.

Sin agua no hay vida
Rosario Calapucha, ecuatoriana de la nacionalidad kichwa, participó en el XII Fospa, tras llegar de su comunidad ancestral Shiwakucha, a unos 77 kilómetros al este de Puyo. Con una amplia sonrisa mostró a IPS las bellezas hechas por sus manos de artesana empleando de manera sostenible los elementos de su entorno.
“Todo lo que trabajo es natural: las semillas, la fibra, la tintura. Dedicamos mucho tiempo a elaborar las pulseras, collares, aretes, bolsos, tapetes, hamacas. Nuestras ventas a los turistas nos dan los medios para sostener nuestra economía sin dañar lo que nos rodea”, detalló.
Una pequeña pulsera tejida a dos colores cuesta cinco dólares, monto que apenas cubre la minuciosa dedicación y tiempo invertido.
“Trabajamos con esta fibra que se llama chambira, sale de una palma (Astrocaryum chambira) que tiene muchas espinas, le cogemos el cogollito con delicadeza, lo sacamos, lo lavamos muy bien y lo ponemos a secar al sol tres días. Recién después de eso podemos elaborar nuestras artesanías”, detalló.
Explicó que dependen de la naturaleza para su producción, pues ella les provee todo lo que necesitan. De allí que las manifestaciones del cambio climático les causen mucha angustia y preocupación.
“Este tiempo climático es muy difícil, sufrimos con el fuerte sol, se secan las quebraditas, no tenemos agua y hay que esperar que llueva. La palma también sufre con estas sequías, los cogollitos se demoran en brotar y a veces la fibra sale débil para trabajarla”, describió.
Calapucha puso énfasis en la disminución de los peces por el menor caudal de los ríos. “Cuando no hay agua suficiente los pececitos no pueden resistir y eso nos preocupa porque en las comunidades vivimos de eso. Muchas veces no podemos trabajar en nuestra economía porque lo primero es juntar agua, sin agua no hay vida”, remarcó.

Agricultura sostenible
Marlodis Tamani, lideresa peruana del pueblo indígena kukama kukamiria, viajó por primera vez en avión para llegar a Puyo y participar en el XII Fospa. Ella vive en la comunidad Emmanuel Varadero de Tibilo ubicada en el municipio de Lagunas, en la región amazónica de Loreto.
Le provoca una sensación de zozobra los efectos del aumento de la temperatura y las sequías causadas por el cambio climático. “Las plantas se mueren por el sol, el suelo se calienta, las raíces no prenden, las semillas sembradas se sancochan, se cocinan y se pierde así toda nuestra inversión y nuestra esperanza de alimentos”, dijo a IPS.
Entre los sembradíos que mencionó están los del plátano, yuca, piña y maíz, que una vez cosechados constituyen insumos para una gran diversidad de preparados de su dieta alimenticia.
Junto con esa calidez extrema experimentan lluvias torrenciales que “ahogan los cultivos” así como vientos fuertes capaces de hacer volar los techos de sus viviendas. “No se sabe cómo vendrá el tiempo, eso nos afecta mucho porque no hay seguridad sobre los alimentos; sin comer nuestros hijos se debilitan y se enferman”, indicó.
Como resultado de una capacitación en su comunidad proporcionada por la Red Eclesial Panamazónica de Perú (Repam), han incursionado en la agricultura diversificada y sostenible que les permite reutilizar los suelos, escalonar sus cultivos y contar con alimentos aun en periodos climáticos extremos.
“Yo tengo media hectárea de tierra y allí plantamos árboles de mediano y largo plazo, eso nos ayuda a sostener nuestras familias. Cultivamos diverso dando descanso al suelo, renovando sus nutrientes con abonos orgánicos y ya no tenemos que desmontar, allí mismo trabajamos abonando con lo que tenemos en la chacra (finca productiva)”, comentó Tamani.
Aprender de la madre tierra
Las tres lideresas indígenas consultadas por IPS coincidieron en señalar que la única forma de frenar la crisis climática provocada por el capitalismo es que la humanidad reconecte de manera profunda con la Pachamama (la madre tierra), la naturaleza y el territorio.
“Hay que ser como semillas de conciencia para hacer entender que el territorio no es algo que se pisa, es vida, salud, alimento, estudio, educación, aprendizaje. El territorio es mi familia, mi espiritualidad. Como seres humanos debemos valorar y cuidar la Amazonia y no destruirla”, recalcó la peruana Marlodis Tamani.
La ecuatoriana Rosario Calapucha destacó el compromiso de su comunidad con la defensa de su territorio. “Nuestra posición es clara, no queremos a las empresas petroleras porque vienen a arrasar, a romper el equilibrio que necesitamos para hacer perdurar nuestros bosques y ríos”, dijo.
Por su parte la colombiana Zuly Rivera afirmó que ante el desorden del clima generado por “el capitalismo, ese sistema global que nos quiere dominar” hay que aprender de la madre tierra y de los ciclos de la naturaleza para recuperar una convivencia en armonía.
“El ser humano es el que tiene que ordenarse y no el territorio”, precisó.
ED: EG


