Opinión

Los cinco factores que perpetúan el conflicto israelí-palestino

Este es un artículo de opinión de Alon Ben-Meir, profesor retirado de relaciones internacionales en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York.

Manifestantes se concentran frente al campus de la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York. Imagen: Evan Schneider / ONU

NUEVA YORK – Todos los actores poderosos del conflicto israelí-palestino profesan buscar la paz. Estados Unidos y la Unión Europea repiten el mantra de los dos Estados, los Estados árabes invocan los derechos palestinos, el poderoso grupo de presión proisraelí en Estados Unidos proclama su defensa de la seguridad de Israel y los partidos de oposición israelí prometen un liderazgo «responsable» y estabilidad.

Sin embargo, cada uno de esos cinco actores, a su manera, ha propiciado y afianzado un statu quo destructivo: protegiendo a Israel de la rendición de cuentas, normalizando una ocupación permanente y despiadada, y haciendo que la creación de un Estado palestino sea cada vez más ilusoria, al tiempo que alimenta la radicalización en ambos bandos.

Estados Unidos como principal facilitador

Las sucesivas administraciones estadounidenses llevan mucho tiempo recitando su apoyo a una solución de dos Estados, pero, en la práctica, Washington ha hecho más por enterrar esa perspectiva que por hacerla realidad. Durante décadas, Estados Unidos ha protegido a Israel de una verdadera rendición de cuentas internacional, al tiempo que se ha negado a utilizar su enorme influencia para impulsar cualquier avance significativo hacia la creación de un Estado palestino.

Al convertir el «proceso de paz» en un ritual vacío, Estados Unidos ha servido de tapadera para un statu quo que no es ni pacífico ni temporal.

Al mismo tiempo, el respaldo incondicional de Estados Unidos —militar, financiero y diplomático— ha permitido la implacable expansión de los asentamientos israelíes y la progresiva anexión de territorio palestino.

El autor, Alon Ben-Meir

Los funcionarios estadounidenses emiten quejas rituales sobre los asentamientos, pero la ayuda financiera y militar siguió fluyendo y los vetos en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) siguieron llegando, lo que indicaba que nunca se impondría ninguna línea roja.

Esta mezcla tóxica de retórica grandilocuente e impunidad ha encerrado a ambos pueblos en un conflicto de suma cero cada vez más arraigado y ha descartado la única fórmula viable -dos Estados- para ponerle fin.

La guerra de Gaza ha despojado cualquier ilusión restante.

Incluso en medio de la devastación masiva y las acusaciones de conducta genocida, Washington ha seguido armando y protegiendo a Israel diplomáticamente, convirtiéndose en cómplice de los crímenes de guerra de Israel.

Sin duda, en nombre de la protección de Israel, Estados Unidos ha puesto gravemente en peligro la viabilidad de Israel como Estado democrático y su seguridad a largo plazo, al tiempo que ha preparado el escenario para la próxima conflagración violenta, en detrimento de Israel.

Las deficiencias de los Estados árabes

Los Estados árabes, aunque nunca se cansan de afirmar la justicia de la causa palestina y la necesidad de una solución de dos Estados, han incumplido sistemáticamente sus promesas. Aunque poseen un enorme peso estratégico -retirar o conceder el reconocimiento diplomático, y abrir mercados, energía, espacio aéreo y cooperación en materia de seguridad-, rara vez han utilizado estas herramientas para obligar a Israel a elegir entre la ocupación y la paz con los palestinos.

Este fracaso ha indicado a Israel que puede normalizar las relaciones con algunos Estados árabes, al estilo de los Acuerdos de Abraham -de normalización bilateral de las relaciones con Israel-, mientras mantiene su control sobre el territorio palestino sin arriesgarse a sufrir ninguna reacción adversa.

Incluso ante la guerra genocida de Israel en Gaza, la mayoría de los gobiernos árabes se limitaron a declaraciones, cumbres y una indignación cuidadosamente coreografiada que distó mucho de constituir una presión significativa.

Los Estados árabes que normalizaron sus relaciones con Israel continuaron protegiendo vínculos políticos y económicos clave, mientras que los Estados de primera línea -Egipto y Jordania- mantuvieron una coordinación en materia de seguridad que protegió a Israel de un aislamiento estratégico real.

Al hacer tan poco cuando había tanto en juego, los Estados árabes se han convertido, en la práctica, en cómplices de la perpetuación del conflicto que denuncian. Su inacción ha dejado a los palestinos sin un escudo árabe creíble, ha permitido a Israel afianzar los asentamientos y la anexión, y ha dejado de lado la solución de dos Estados, la única vía realista hacia una paz justa y la seguridad tanto para Israel como para los palestinos.

La miopía de la UE

La Unión Europea (UE) es el mayor socio comercial de Israel y una fuente importante de inversión, tecnología y legitimidad diplomática. Sin embargo, se ha negado sistemáticamente a ejercer esta considerable influencia para forzar una elección entre la ocupación y la paz con los palestinos.

En lugar de vincular el acceso al mercado, la cooperación en investigación o los acuerdos de asociación a criterios claros sobre los asentamientos y los derechos palestinos, Bruselas se ha limitado en gran medida a críticas y medidas simbólicas que Israel ha ignorado cómodamente.

La postura de la UE ha aislado efectivamente a Israel de graves consecuencias económicas o diplomáticas por afianzar una realidad de un solo Estado de apartheid y dominación perpetua.

Al mismo tiempo, aunque algunos Estados miembros de la UE, como Francia, el Reino Unido y España, han reconocido al Estado palestino, no han hecho prácticamente nada para convertir ese reconocimiento en poder duro y las exportaciones de armas y las preferencias comerciales con Israel continúan como de costumbre.

El reconocimiento se convierte en una declaración barata y sin coste alguno, en lugar de una restricción significativa de la política israelí.

Así, la pasividad de la UE ha contribuido a normalizar la ocupación y la expansión de los asentamientos, al tiempo que ha dejado a los palestinos sin un contrapeso europeo efectivo, lo que hace que una solución genuina de dos Estados sea cada vez más remota, en detrimento tanto de Israel como de los palestinos.

La culpabilidad del Aipac

El Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (Aipac, en inglés), el grupo de presión  proisraelí más influyente y poderoso en Estados Unidos, se presenta como un amigo de Israel.

Sin embargo, al reforzar sin descanso las posiciones más intransigentes del país medioriental, ha convertido el «pro Israel» en una ortodoxia rígida que equipara cualquier presión sobre los gobiernos israelíes con una traición, reduciendo así el abanico de políticas que los legisladores estadounidenses se sienten políticamente seguros de apoyar.

Durante décadas, el Aipac ha respaldado a los gobiernos israelíes sin reservas: respaldando campañas militares, proporcionando cobertura política para la expansión de los asentamientos y apoyando una postura maximalista hacia los palestinos.

Moviliza al legislativo Congreso estadounidense en favor de la ayuda incondicional, las transferencias de armas y la protección diplomática. Esto ha contribuido a que los líderes israelíes crean que pueden profundizar permanentemente la ocupación y la anexión de facto sin dejar de contar con el apoyo automático de Estados Unidos.

El Aipac se ha negado a utilizar su considerable influencia para presionar a favor de concesiones orientadas a la paz y de un compromiso territorial.

En cambio, ha convertido la solución de dos Estados en un eslogan vacío, al tiempo que apoya las políticas israelíes que la hacen imposible. Al hacerlo, el Aipac ha contribuido directamente al empeoramiento constante del conflicto y ha puesto la seguridad de Israel bajo una amenaza constante.

Aun así, el Aipac no ha despertado de su apoyo ciego que pone en peligro la propia existencia de Israel y, con ello, echa por tierra cualquier perspectiva de paz entre israelíes y palestinos.

El lamentable fracaso de los partidos de la oposición israelí

Los partidos de la oposición israelí no han logrado ofrecer una alternativa creíble y sostenida al paradigma de conflicto permanente de la derecha y, al hacerlo, han debilitado gravemente las posibilidades de paz de Israel.

En lugar de defender con firmeza una solución de dos Estados, la mayoría de los líderes de la oposición evitan cuidadosamente las propias palabras «Estado palestino», intimidados por la reacción electoral y la acusación de ser «blandos» en materia de seguridad.

Su ineptitud política ha permitido a la derecha definir lo que es «realista», reduciendo las opciones políticas a una ocupación interminable y una guerra recurrente.

De este modo, han contribuido directamente al actual punto muerto, haciendo que el conflicto sea cada vez más intratable.

Sin un partido importante dispuesto a defender que la seguridad a largo plazo de Israel depende de una solución de dos Estados, la opinión pública solo oye variaciones del mismo mensaje: gestionar, contener, castigar, pero nunca resolver.

Esta abdicación cede el debate estratégico al extremista Bejamin Netanyahu y a sus lunáticos mesiánicos, que están implementando sigilosamente su plan de un Gran Israel, lo que enterraría cualquier perspectiva de paz.

Es una realidad desoladora para el país que los partidos de la oposición no hayan logrado unirse y presentar un frente común para impulsar una solución de dos Estados, ni siquiera tras la guerra de Gaza, que ha demostrado de manera inequívoca que, tras casi 80 años de conflicto, solo la paz proporcionaría a Israel la seguridad definitiva.

Todos los líderes de estos partidos se consideran los más cualificados para ser primer ministro, pero han fracasado estrepitosamente a la hora de ofrecer planes realistas para poner fin al conflicto.

Al no lograr unir, organizar, educar y movilizar a los israelíes en torno a una visión clara de dos Estados, estos partidos están socavando la seguridad de Israel, erosionando su prestigio internacional y poniendo en peligro su propio futuro como Estado judío y democrático.

El historial de estos cinco facilitadores es devastador.

Han alejado aún más la posibilidad de una paz justa, empujando a Israel de forma precaria hacia una realidad de un solo Estado de apartheid que no puede sostener moral, demográfica ni estratégicamente, mientras abandonan a los palestinos a la ocupación más cruel e inhumana.

Deben cambiar de rumbo ahora, o condenarán a israelíes y palestinos a generaciones de derramamiento de sangre que borrarán la razón de ser de Israel y extinguirán la nacionalidad palestina.

Alon Ben-Meir es profesor retirado de Relaciones Internacionales, y su última experiencia en el campo docente la ejerció en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York. A lo largo de su carrera, se ha especializado en impartir cursos sobre la negociación internacional y estudios de Medio Oriente.

T: MF / ED: EG

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