Opinión

Reemplazar los monopolios por recompensas de impacto

Este es un artículo de opinión de Thomas Pogge, profesor Leitner de Filosofía y Asuntos Internacionales en la estadounidense Universidad de Yale y director del Programa de Justicia Global de ese centro académico. También es cofundador de Académicos contra la Pobreza y de Incentivos para la Salud Global, además de autor de “La pobreza en el mundo y los derechos humanos".

Foto: Silvana Godoy / Pixabay

Los fondos de impacto harían que el negocio de la innovación fuera más rentable y, por tanto, permitirían una triple ganancia: para los potenciales beneficiarios de las innovaciones, para los innovadores y también para los gobiernos y los contribuyentes.

Después de globalizarse en 1995 mediante el Acuerdo sobre los ADPIC (Aspectos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio), el mecanismo dominante en la humanidad para fomentar las innovaciones consiste en las patentes de productos de 20 años. Estos monopolios temporales otorgan a los innovadores derechos exclusivos sobre la producción y la venta de su innovación, lo que les permite cobrar grandes márgenes de beneficio a los primeros usuarios.

Los elevados precios resultantes impiden la difusión de las innovaciones durante su periodo de patente. Las centrales eléctricas de carbón de India se construyeron sin la última tecnología ecológica “ultrasupercrítica” porque su uso habría requerido unos 1,5 millones de dólares por caldera por concepto de derechos de licencia.

Una excelente cura para la hepatitis C, el sofosbuvir, se introdujo en 2013 a un precio de 84 000 dólares, unas 3000 veces su costo de fabricación. Desde entonces solo ha llegado a cinco millones de pacientes en todo el mundo; los otros 66 millones siguen infectados y continúan propagando la enfermedad. Durante su largo periodo de patente, las innovaciones producen una mera fracción del valor social que podrían producir si tuvieran un precio competitivo.

Este problema de acceso puede evitarse si se crean fondos de impacto con financiación pública que recompensen las innovaciones que se vendan a precios competitivos en función de los beneficios sociales que se consigan con ellas. Al igual que ocurre con el sistema de patentes, el costo fijo de la innovación recaería en gran medida en aquellos que puedan permitírselo. Sin embargo, no habría necesidad de excluir al resto. Si se valoran y recompensan socialmente las innovaciones con fondos públicos, todo el mundo puede tener acceso a ellas sin necesidad de pagar un precio de monopolio.

El autor, Thomas Pogge

Las recompensas de impacto pueden funcionar en cualquier ámbito en el que se pueda formular una métrica uniforme de valor social, como las ganancias en salud para los productos farmacéuticos, la reducción de la contaminación para las tecnologías verdes, la experiencia y el empleo para la educación, el rendimiento de nutrientes y la reducción del uso de fertilizantes y pesticidas para la agricultura. Un sistema de este tipo funcionaría mejor si muchos Estados lo apoyaran en conjunto, lo cual aumentaría en gran medida su valor social y diluiría sus costos.

El sector farmacéutico es un buen ámbito para explorar esta idea. Sus innovaciones protegen y promueven la salud, un objetivo adecuado para la financiación pública. Imaginemos entonces un Fondo de Impacto Sanitario que, con el apoyo de muchos países, invite a los innovadores a registrar cualquiera de sus nuevos productos farmacéuticos para participar en diez pagos anuales consecutivos, cada uno de los cuales se repartiría entre los productos registrados en función de las ganancias sanitarias conseguidas en el año anterior.

Durante su largo periodo de patente, las innovaciones producen una mera fracción del valor social que podrían producir si tuvieran un precio competitivo.

Dado que estas recompensas permitirían a los innovadores recuperar sus gastos de I+D y obtener los beneficios adecuados, los solicitantes de registro tendrían que aceptar precios competitivos durante el periodo de recompensa y también renunciar a cualquier privilegio de monopolio restante a partir de entonces. Sin embargo, en los países ricos no contribuyentes, los solicitantes de registro deberían seguir siendo pudiendo cobrar precios de monopolio. Esta excepción atraería los registros al reducir su costo de oportunidad y también daría a los países ricos más razones para unirse a la coalición de financiación.

Se podría utilizar alguna variante de los años de vida ajustados a la calidad (AVAC, en inglés), tal y como se ha empleado y perfeccionado en las últimas décadas, como métrica común para comparar y agregar los beneficios para la salud entre diversas enfermedades, terapias, grupos demográficos, estilos de vida y culturas. Para tranquilizar a las financiadoras o innovadores, podría especificarse una recompensa máxima o mínima por AVAC.

Suponiendo una tasa de contribución inicial de 0,02 % de la renta nacional bruta y una participación ponderada de un tercio de los Estados, el Fondo de Impacto en la Salud podría comenzar con fondos anuales de 6000 millones de dólares, menos de 1 % de los 800 000 millones de dólares que el mundo gasta actualmente en productos farmacéuticos de marca.

Las contribuciones de los Estados se compensarían con el ahorro en (a) productos farmacéuticos de marca y (b) otros costos sanitarios, así como con las ganancias en (c) productividad económica y (d) los consiguientes ingresos fiscales.

Con unos fondos comunes anuales de 6000 millones de dólares, cada producto farmacéutico registrado participaría en desembolsos por valor de 60 000 millones de dólares durante su periodo de recompensa de diez años. Un innovador comercial sólo registraría un producto si espera obtener un beneficio además de recuperar sus gastos de I+D.

Hay cierto debate sobre el importe de estos costos fijos de innovación.

El número de productos registrados en el Fondo de Impacto en la Salud daría luces acerca de esto debido a la tasa de recompensa autoajustable del Fondo. Si atrajera unos veinte productos, con dos que entran y dos que salen en un año normal, esto demostraría que la perspectiva de 3000 millones de dólares a lo largo de diez años se considera satisfactoria, y no sería ni una ganancia inesperada ni una dificultad.

Esta característica de autoajuste asegura a los innovadores y contribuyentes que la tasa de recompensa no caerá o subirá a un nivel irrazonable.

El Fondo de Impacto en la Salud demuestra que podemos incentivar las innovaciones de forma que se eviten las graves barreras de acceso de las patentes monopolísticas. Estas barreras constituyen, por tanto, una inmensa violación de los derechos humanos.

Como ilustra el caso de la hepatitis C, millones de personas sufren y mueren cada año porque los fabricantes de genéricos tienen prohibido venderles los medicamentos que necesitan a precios competitivos. Otros millones sufren y mueren porque los elevados márgenes de beneficio impiden la difusión de las tecnologías verdes en los países más pobres.

Los fondos de impacto supondrían un cambio revolucionario. Mientras que las recompensas por monopolio convierten a los innovadores en celosos espías en busca de posibles infractores, las recompensas por impacto animarían a los innovadores a promover activamente la difusión rápida, amplia e impactante de su innovación registrada.

Los registradores incluso la subsidiarían a los compradores pobres en la medida en que el aumento del impacto recompensable justifique el costo del subsidio.

Los fondos de impacto también garantizarían beneficios adicionales para los derechos humanos.

Cuando las recompensas de las patentes no incentivan las innovaciones que satisfacen las necesidades específicas de los pobres, los fondos de impacto fomentarían dichas innovaciones al evaluar el impacto independientemente de la posición económica de los beneficiarios.

Así, los innovadores farmacéuticos podrían desarrollar y desplegar de forma rentable nuevos y buenos tratamientos para las enfermedades tropicales, que ahora están desatendidas y que afligen a más de 1000 millones de personas, y para otras enfermedades importantes concentradas entre los pobres, como la tuberculosis, la malaria, la hepatitis y la neumonía, que en conjunto matan a unos siete millones de personas al año.

Mientras que las recompensas por patentes son en gran medida indiferentes a los efectos de una innovación sobre terceros, los fondos de impacto los tendrían plenamente en cuenta. Así, el Fondo de Impacto Sanitario recompensaría la contención de una enfermedad con un nuevo medicamento por haber protegido de la infección a personas que nunca tomaron el medicamento.

Por el contrario, un innovador recompensado por los márgenes de beneficio del monopolio sólo se ve recompensado en la medida en que su medicamento no contenga su enfermedad objetivo. Al erradicar una enfermedad, dicho innovador destruiría su propio mercado futuro.

Las recompensas de las patentes tientan a los innovadores de diversas maneras a “poner los beneficios por encima de las personas”.

Los fondos de impacto alinean los beneficios con las necesidades humanas, lo cual hace que el negocio de la innovación sea mucho más equitativo en cuanto a las prioridades de la investigación y el acceso a sus frutos: a los innovadores les va bien cuando hacen el bien.

Al guiar a los innovadores para que organicen su I+D y su marketing de forma holística con el fin de conseguir los beneficios sociales más rentables, los fondos de impacto permiten una triple ganancia: para los potenciales beneficiarios de las innovaciones, para los innovadores y también para los gobiernos y los contribuyentes.

Este artículo se publicó originalmente en OpenGlobalRights.

RV: EG

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