Economía se recupera pero relega industria y tecnología en Brasil

Depósito de hierro al aire libre en Puerto de Ponta da Madeira, en el norte de Brasil, por donde la privada empresa minera Vale exporta anualmente millones de toneladas del mineral a China. Durante este siglo, Brasil se desindustrializó y se hizo más dependiente de la exportación de productos básicos a China. Foto: Mario Osava / IPS

RÍO DE JANEIRO –  La pandemia de covid-19 hizo más visibles los desafíos económicos de Brasil, al agravar la desindustrialización y arruinar un sistema educativo y de innovación tecnológica indispensable dentro de las transformaciones mundiales.

Un crecimiento de 1,2 por ciento en el producto interno bruto (PIB) del primer trimestre de 2021, en relación al trimestre anterior, alienta previsiones de una buena recuperación, con un aumento de más de cinco por ciento esperado por bancos y analistas para este año, contra una caída de 4,1 por ciento en 2020, según las estadísticas oficiales.

La casi euforia se justifica por la sorpresa de un resultado positivo, en contraste con un estancamiento, o incluso una recesión esperada anteriormente, a causa del recrudecimiento de la pandemia que alcanzó su pico en abril, cuando provocó más de 82 000 muertes.

Pero el incremento del PIB se debió básicamente al sector primario. Creció 5,7 por ciento en la agricultura y 3,2 por ciento en la industria extractiva. La industria de transformación amargó el optimismo con una caída de 0,5 por ciento.

Su participación en el PIB, en descenso desde los años 80, quedó en 11,5 por ciento. En 2019, el año anterior a la pandemia, ese índice fue de 11,9 por ciento.

“La economía brasileña vive un retroceso, con un eje exportador de productos primarios en expansión, una industria de baja productividad y servicios de baja calidad”, resumió Rafael Cagnin, economista del Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial (Iedi).

La agricultura y la minería, que aseguran exportaciones de récord y un superávit comercial de 27 529 millones de dólares en enero-mayo de 2021, con un aumento de 74,3 por ciento sobre el mismo período de 2020.

Los productos más exportados por Brasil, soja, mineral de hierro y petróleo, son beneficiados por el alza de precios impulsada por la recuperación económica de China, Estados Unidos y la Unión Europea (UE), al contenerse la propagación de la covid.

Además se trata de actividades productivas menos afectadas por la pandemia, porque “emplea poca mano de obra y tienen lugar en ambiente abierto”, observó Cagnin a IPS por teléfono desde São Paulo.

“Estamos totalmente desconectados de las tendencias futuras de la economía global, que ponen énfasis en nuevas tecnologías, nuevos productos. Sin corregir ese proceso pronto, quedaremos aislados, fuera de los ejes económicos del mundo”: Rafael Cagnin.

Justamente por ofrecer pocos empleos, esos sectores de mayor crecimiento no sostienen una recuperación económica efectiva. El desempleo abierto en el primer trimestre alcanzó 14,7 por ciento, un índice recordista desde su creación en 2012.

Son 14,8 millones de trabajadores desocupados, a los que se suman los desalentados y “subutilizados”, que trabajan menos horas que las deseadas. En total, más de 33 millones de trabajadores carecen de empleo, un tercio de la población económicamente activa, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

“La educación es resistencia”, reza una pancarta en una protesta de estudiantes, profesores y sindicalistas contra recortes presupuestarios en la educación, en 2019. La reducción de recursos públicos en todos los ciclos de la enseñanza y en la investigación científica y tecnológica es un dogma del gobierno de Jair Bolsonaro, que desprecia la ciencia incluso en el combate a la pandemia de covid. Foto: Paulo Pinto/Fotos Publicas

El deterioro económico difícilmente se superará si Brasil sigue “fuera del mundo en transformación” para un futuro post pandemia, evaluó Cagnin.

Las grandes potencias, como Estados Unidos, China y la UE están intensificando una nueva política industrial que, para “países desarrollados que ya tienen su parque industrial completo, significa más ciencia e innovación tecnológica”.

Para naciones emergentes como Brasil, la tarea es “más grande y más compleja, porque aún tienen que modernizar sus estructuras productivas, aumentar la productividad, crear empresas nuevas, además de impulsar la parte noble, ciencia y tecnología”, acotó.

Además esos avances exigen nuevas prácticas ambientales y sociales, la sustentabilidad como una cuestión central tanto para la preservación del planeta como para los negocios, pero Brasil hoy “vive en otro mundo, lejos de reconocer la importancia de esa dimensión”, lamentó el economista.

“Hoy digitalización y el tema ambiental convergen, requieren procesos más limpios”, sostuvo.

Brasil tampoco cuida la cuestión social como debería y la desigualdad afecta la productividad. Recapacitar los trabajadores y hacer grandes inversiones en educación y en el sistema de ciencia, tecnología e innovación son tareas indispensables, pero esas áreas sufrieron “recortes presupuestarios escandalosos últimamente”, señaló.

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“Estamos totalmente desconectados de las tendencias futuras de la economía global, que ponen énfasis en nuevas tecnologías, nuevos productos. Sin corregir ese proceso pronto, quedaremos aislados, fuera de los ejes económicos del mundo”, vaticinó.

Además la agricultura de exportación, basada en proteína animal, tiene un futuro incierto, advirtió. Las exigencias ambientales y climáticas se intensifican, condenan la producción que fomenta la deforestación y desalientan el consumo de carne.

La soja, de que Brasil es el mayor exportador mundial, se destina principalmente a la ganadería en otros países, especialmente China y los de la UE. “No se debe creer que China seguirá importando soja y carne en el futuro”, aunque los cambios son lentos, dijo Cagnin.

El economista del Iedi no espera alteraciones en las políticas del actual gobierno del ultraderechista presidente Jair Bolsonaro, cuya gestión económica está a cargo, destaca, de un grupo adepto del “liberalismo de los años 70, de un fuerte anacronismo”.

Su esperanza son las elecciones de octubre de 2022 que pueden establecer un gobierno que entienda que “un país emergente no puede darse el lujo de no tener una industria moderna”, tampoco aceptar que la industria tenga una participación de solo diez por ciento en el PIB.

Brasil tiene más cabezas de ganado que personas, en un país con una población de 213 millones. La ganadería extensiva convirtió Brasil en el mayor exportador mundial de carne vacuna. El consumo de esa carne tiene una alta presión ambiental, ya que su producción es uno de los mayores factores de la deforestación de la Amazonia. Foto: Mario Osava / IPS

Aumentar la productividad de la planta industrial brasileña no sería muy costoso ni complejo.

El programa “Brasil más productivo” que el gobierno adoptó en 2016, con metodología desarrollada por la Confederación Nacional da la Industria, podría aumentar en 50 por ciento la productividad de las pequeñas y medianas empresas en Brasil, según evaluación de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), informó Cagnin.

Se trata de un programa para capacitar e informatizar centenares de miles pequeñas y medianas empresas, para organizar sus líneas de producción y mejorar su gestión. Pero no tuvo la necesaria promoción y necesita más crédito, comentó el economista.

Brasil sufrió una “retracción industrial prematura y de las más intensas del mundo”, analiza el Iedi. El ciclo de industrialización de 1950 a 1980 cedió el paso a una acelerada reducción del sector en la economía nacional.

En 1986 el producto industrial representaba 27,3 por ciento del PIB, participación que bajó prácticamente a la mitad 12 años después, o sea 13,8 por ciento en 1998. Estados Unidos vivió un proceso con datos cercanos, de 26,1 a 12,3 por ciento, pero en 42 años, de 1966 a 2008, destaca el estudio del Iedi.

La economía brasileña se expandió en un sector de servicios precario, de bajos sueldos y mucho trabajo informal, mientras se agigantó la agricultura y la ganadería de exportación.

El país se convirtió en las tres últimas décadas en el mayor exportador de soja, carnes, azúcar, jugo de naranja y celulosa, aunque no sea el mayor productor de algunos de esos bienes. Antes era campeón apenas del café y sigue siéndolo.

La desindustrialización se agravó en los últimos años. Algunas grandes empresas extranjeras, como la automotriz Ford y la farmacéutica Eli Lilly, ambas estadounidenses, dejaron el país, otras, como la alemana Mercedes-Benz y la japonesa Sony, cerrarán parte de sus plantas.

Las incertidumbres provocadas por la covid, que afectó duramente a Brasil, y por el gobierno de Bolsonaro, de extrema derecha antiambientalista, acentúan factores que asustan a los inversionistas extranjeros.

La tendencia es de fortalecimiento de la agricultura de exportación y la minería, lo que amplía su poder político. La bancada “ruralista” en el legislativo Congreso Nacional, la más numerosa, gana fuerza para imponer ciertas políticas de su interés, como leyes que ablandan las exigencias ambientales, a veces en desmedro de la ciencia y la industria.

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Depósito de hierro al aire libre en Puerto de Ponta da Madeira, en el norte de Brasil, por donde la privada empresa minera Vale exporta anualmente millones de toneladas del mineral a China. Durante este siglo, Brasil se desindustrializó y se hizo más dependiente de la exportación de productos básicos a China. Foto: Mario Osava / IPS

Brasil tiene más cabezas de ganado que personas, en un país con una población de 213 millones. La ganadería extensiva convirtió Brasil en el mayor exportador mundial de carne vacuna. El consumo de esa carne tiene una alta presión ambiental, ya que su producción es uno de los mayores factores de la deforestación de la Amazonia. Foto: Mario Osava / IPS

ED: EG

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