Grecia y la Europa alemana

Guillermo Medina
Guillermo Medina

Finalmente, el 24 de febrero, el Eurogrupo dio su conformidad a los compromisos y reformas propuestos por el gobierno de Atenas a cambio de prolongar el plan vigente de ayuda a Grecia.

El acuerdo, que pone fin a una tensa negociación, contempla una extensión de cuatro meses del segundo programa de asistencia financiera, por valor de 130.000 millones de euros (el primero fue de 110.000 millones), vigente desde 2012 y que concluía el 28 de febrero.

Durante ese tiempo habrá acceso a las operaciones de liquidez del Banco Central Europeo (BCE) a Grecia y se renegociará un nuevo rescate. [pullquote]3[/pullquote]

En el acuerdo in extremis ha pesado sin duda el temor a que el “Grexit” –la salida de Grecia del euro- hubiera desencadenado un terremoto financiero de consecuencias imprevisibles. El resultado es un acuerdo de circunstancias que, muy al estilo europeo, permite evitar la catástrofe y ganar tiempo a la vez que elude encarar los problemas de fondo.

Alemania ha conseguido, qué duda cabe, su objetivo básico: la inamovilidad del dogma de la austeridad como eje del nuevo orden económico europeo. A cambio de prorrogar el apoyo financiero de sus socios y acreedores, el primer ministro Alexis Tsipras deberá someter todas las medidas que tome en ese tiempo a la inspección del Eurogrupo.

Pero no todo son restricciones a Grecia. El país pagará hasta el último euro que debe pero si, como todo indica, los objetivos de superávit primario alargan el plazo (Francia acaba de lograrlo para sí) dispondrá de mayor margen para pagar.

En el documento final, Grecia promete adoptar una reforma fiscal que haga más progresivo y justo el sistema, reforzar la lucha contra la corrupción y la evasión fiscal, así como reducir el gasto administrativo. Todos esos objetivos, junto con la lucha contra el contrabando, si el gobierno los persigue con eficiencia y con total determinación (como debe ser, ya que son parte de su programa y apuntan a sus enemigos internos) puede ser una fuente de recursos de relativa importancia para la aplicación de su programa socio-económico.

A la vista de las sucesivas renuncias a las que se vio obligada durante la negociación, cabe concluir que Grecia ha conseguido lo poco que podía conseguir.

La negociación entre Grecia y sus socios ha supuesto un hito en el forcejeo político que se libra en la Unión Europea (UE) desde la reunificación alemana en 1990: si vamos hacia una Alemania europea o nos encaminamos a una Europa alemana.

Las conclusiones saltan a la vista. Alemania ha conseguido, qué duda cabe, su objetivo básico: la consagración del dogma de la austeridad como eje del nuevo orden económico europeo. Aunque la prudencia política y aún el propio interés hayan suavizado, y lo sigan haciendo en el futuro, la aplicación del principio.

Alemania ha procurado sin tapujos imponer sus convicciones y su hegemonía en Europa. Grecia era solo el campo de esa batalla. Bruselas y Berlín estuvieron divididos desde el principio sobre la solución a la crisis griega, pero fue Alemania quien se impuso. [related_articles]

Sin embargo, quienes mandan en Europa no tienen el menor interés en “destruir” Grecia y tirarse piedras al propio tejado. Se conforman con una exhibición de asimetría de poder entre las dos partes y la contemplación pública del fracaso asegurado de quien desafíe el statu quo y sostenga cualquier política mínimamente alternativa a la oficializada como única verdadera.

El problema de una Europa alemana no es que en ella el peso de Alemania sea determinante, sino que se aleja de la Alemania europea para imponer un modelo de Europa “made in Germany” conforme a sus intereses.

La crisis griega ha puesto de relieve el contraste cada vez más agudo entre los valores e ideales que consideramos medulares del proyecto europeo, como la solidaridad, la ayuda mutua y la justicia social, y los nuevos valores que relegan objetivos básicos como el pleno empleo, el bienestar social y la igualdad de oportunidades.

Se da la paradoja de que una Europa ausente y desconcertada ante las amenazas desde la otra orilla del Mediterráneo se muestra severa y exigente con un pequeño socio agobiado por las deudas. Como también de que se exijan a Grecia reformas estructurales y no se reconozca que es la propia Europa la urgente necesidad de reformar el diseño de la eurozona y replantear los marcos de políticas que han llevado al mal desempeño de la unión monetaria.

La crisis griega y las dificultades para superarla tienen mucho que ver con un diseño del euro que beneficia a los intereses financieros y en particularmente a los de Alemania.

El proyecto dejaba al margen la armonización de las políticas fiscales y definió un Banco Central Europeo sin las competencias que han permitido a la Reserva Federal de Estados Unidos y al Banco de Inglaterra emitir dinero y comprar deuda de su Estado.

Como es bien sabido, aquí el BCE ha prestado a los bancos a un interés muy bajo, y éstos a su vez lo prestan a los Estados a un interés muy superior, como en el caso de Grecia. Así crecía la deuda y para pagarla se veían obligados a hacer recortes de gasto público

¿Por qué Europa insiste en políticas fracasadas y se niega a secundar las que han sacado a Estados Unidos de la recesión? La explicación no es otra que el encastillamiento en una visión ideológica de la política económica que prescinde del pragmatismo.

¿Y cómo se explica la insistencia en el error a estas alturas? Desde luego hay que considerar una dosis de incompetencia pero la razón fundamental es que, como insisten dos premios Nobel, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, las políticas impuestas por la Troika tienen por objeto proteger los intereses del capital financiero, y si es así es porque el poder político-institucional, como el mediático y el académico, están dominados por el capital financiero, del que el alemán es nuclear.

Los intereses financieros son capaces de condicionar esencialmente las decisiones de las instituciones europeas de gobernanza. Si en Estados Unidos esas servidumbres son menos condicionantes, lo que ha permitido imponer cuantiosas sanciones a ciertos bancos y desarrollar otras estrategias económicas, es porque existen mecanismos independientes de control y vigilancia, una Reserva Federal con objetivos claros –el BCE se ha pasado años luchando contra la insistente amenaza de inflación- y una administración demócrata con la voluntad política de resistir.

En conclusión: se trata de clarificar qué Europa queremos los ciudadanos europeos y qué cambios institucionales son necesarios para ello.

Y algo no menos trascendental, habida cuenta que hemos asistido a la consagración de la hegemonía germana sobre el conjunto del viejo continente: ¿cómo debería ser el liderazgo alemán para ser compatible con una Europa unida y solidaria? ¿Es posible?

Editado por Pablo Piacentini

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