Petróleo, especie acuática e invasora en la capital del carnaval

Pescadores salen con su pequeño barco en la bahía de Guanabara, desde una playa en Isla del Gobernador. Al fondo una isla con depósitos de hidrocarburos de Petrobrás, la estatal brasileña, y un buque petrolero. Crédito: Mario Osava/IPS.
Pescadores salen con su pequeño barco en la bahía de Guanabara, desde una playa en Isla del Gobernador. Al fondo una isla con depósitos de hidrocarburos de Petrobrás, la estatal brasileña, y un buque petrolero. Crédito: Mario Osava/IPS.

“Corrimos a la playa y nos topamos con un mar negro, cuyas olas no hacían ruido de agua, sino un clac de papilla”. Así describe Alexandre Anderson de Souza el derrame de petróleo en la bahía de Guanabara, en el estado brasileño de Río de Janeiro, que lo convirtió en un activista y líder entre pescadores artesanales.

El desastre, ocurrido en enero de 2000, es un hito en las agresiones a la bahía, por la visibilidad del impacto repentino y arrollador de los 1,3 millones de litros de petróleo escapados de un oleoducto roto.[pullquote]3[/pullquote]

Pero la pesca sobrevivió en las aguas contaminadas, además, por el desagüe no tratado de la Región Metropolitana de Río de Janeiro, aunque el total de pescadores locales se redujo en cerca de 60 por ciento desde entonces a los 9.000 en la actualidad, estimó Anderson.

La amenaza de su extinción deriva principalmente de la mengua del espacio pesquero, que hace algunas décadas se extendía a 78 por ciento de la superficie de la bahía y hoy se limita a 12 por ciento, según él.

La actividad petrolera, con sus plantas, ductos y buques, ocupa 46 por ciento del área y tiende a expandirse, debido al aumento de la extracción en aguas profundas del océano Atlántico, y la construcción de una segunda refinería cerca de la bahía, con inauguración prevista para 2016.

“La industria del petróleo es sinónimo de fin, fin de la pesca y fin de los peces en la bahía de Guanabara”, definió Anderson para IPS.

Además de arrinconar a los pescadores, los numerosos ductos que cruzan la bahía alteran su ambiente. El petróleo se transporta a alta temperatura, para hacerse más fluido, mientras el gas se bombea muy frío, a decenas de grados bajo cero.

La petrolera estatal Petrobrás ocupa islas de la bahía con plantas de regasificación del gas licuado y depósitos de hidrocarburos, todos abastecidos por oleoductos o gasoductos.

La vida marina sufre también los efectos del sonido y la vibración que provocan las toneladas de gas o petróleo bombeadas a fuerte presión. “Imagínese el impacto de todo eso en el fondo del mar”, se lamentó Anderson.

Los pescadores son víctimas de la fuerte transformación económica que vive la Región Metropolitana de Río de Janeiro. Más conocida por su producción cultural, el turismo y el carnaval, esta región tiene su dinamismo actual basado en el petróleo y la industria metalmecánica.

Los yacimientos descubiertos bajo la capa de sal en el fondo del Atlántico, el llamado presal, a unos 300 kilómetros de la costa de Río de Janeiro, recuperó astilleros que estaban prácticamente inactivos y atrajo grandes transnacionales de ingeniería y servicios petroleros.

Además, favoreció la elección de Itaboraí, a 60 kilómetros de Río de Janeiro y cerca del borde nororiental de la bahía de Guanabara, para la construcción de un Complejo Petroquímico (COMPERJ), limitado por ahora a una refinería con capacidad para 165.000 barriles diarios.

Del otro lado de la bahía, Petrobrás tiene desde 1961 la Refinería Duque de Caxias, que procesa 242.000 barriles diarios, completando el cerco petrolero a las aguas de Guanabara, en cuyas orillas creció la región metropolitana de 12 millones de habitantes.

“Con el presal, Brasil producirá entre 4,5 y 5,5 millones de barriles diarios en los próximos 20 años y podrá exportar otros dos millones convirtiéndose en gran exportador de petróleo”, sostuvo Alexandre Szklo, profesor de planificación energética en la Universidad Federal de Río de Janeiro.

La reciente caída de los precios internacionales del crudo, en cerca de 40 por ciento, no altera esa tendencia, porque en las condiciones brasileñas “variaciones de precios solo afectan la expansión a largo plazo”, aseguró. “La industria petrolera es como el elefante, tarda en correr y en frenar”, arguyó.

La participación brasileña en la oferta mundial de petróleo será reducida, solo cerca de cinco por ciento, pero Brasil responde por 60 por ciento de las encomiendas de plataformas y sistemas de exploración y producción marítimos, por tener casi todas sus reservas cuesta afuera, destacó Szklo.

Es una oportunidad para el desarrollo de la industria naval y de servicios al sector, beneficiando la economía del estado de Río de Janeiro, en cuyas cuestas se concentran los principales yacimientos del presal, que se extienden también a otros estados al norte y sur.

Se trata de una gran riqueza de la que Brasil pretende extraer recursos para mejorar su educación y sistemas de salud en las próximas décadas. Pero algunas maldiciones le son inherentes.

De la principal maldición, que es sacrificar otros sectores, especialmente la industria de transformación, por la sobrevaluación cambiaria y quedar muy dependiente de la exportación de hidrocarburos, Brasil está vacunado por tener un sistema productivo diversificado, al contrario de Arabia Saudita, Rusia y Venezuela, confía Szklo.

Pero la enfermedad holandesa local es un hecho. “La producción petrolera genera pocos empleos, pero ocupa mano de obra calificada de altos salarios que demandan servicios caros, elevando los costos locales que debilitan otros segmentos industriales”, explicó el profesor.

En las cercanías de Campos, 280 kilómetros a noreste de Río de Janeiro, donde hace tres décadas se extrae mucho petróleo de aguas profundas, sin presal, el fenómeno ayudó a destruir la industria azucarera local y elevó el costo de vida a niveles de metrópolis ricas.

Río de Janeiro ya vive también ese proceso que la hizo una ciudad de las más caras del mundo. Los inmuebles en sus barrios de clase media triplicaron de precios en los últimos cinco años.

Eso justifica las regalías cobradas por municipios y estados productores de petróleo, como un recurso para preparar una transición futura de la economía, tras el agotamiento de los yacimientos petrolíferos.

Pero son las maldiciones sociales y ambientales las que repercuten mas rápido y generan resistencias.[related_articles]

“Se eligió mal donde instalar el COMPERJ, entre áreas de protección ambiental y un Parque Nacional, amenazando ríos aún de buena calidad y la última área preservada de la bahía de Guanabara”, evaluó el biólogo Breno Herrera, que impidió hacer del río Guaxindiba una hidrovía para transportar equipos pesados al Complejo Petroquímico.

“El dragado podría agitar metales pesados adormecidos en el fondo del río y contaminar peces y personas”, justificó al movimiento que con apoyo de pobladores, científicos y fiscales trabó los planes de Petrobrás, dueña del COMPERJ.

La refinería mal ubicada provocará lluvias ácidas que podrán destruir bosques y sierras, hacia donde sopla el viento que llevará contaminantes derivados del procesamiento del petróleo, advirtió Herrera, exjefe de un área de protección amenazada.

La Refinería Duque de Caxias, “una de las peores fuentes contaminadoras de la bahía de Guanabara, contamina también el aire de los barrios vecinos, provocando enfermedades respiratorias, alergias y ojos irritados”, denunció Sebastião Raulino, activista del Foro de los Afectados por la Industria del Petroleo y Petroquímica (FAPP).

Editado por Verónica Firme

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