El sueño europeo se está desvaneciendo

Roberto Savio. Crédito: Cortesía del autor

La Unión Europea (UE) ha advertido a sus ciudadanos que tendrán que afrontar más penurias económicas. Según el informe publicado el 3 de mayo, la Comisión Europea prevé que el deterioro económico en la región continuará hasta 2015. Y concluye, como todos los estudios de ese tipo, que después llegará la recuperación.

Se estima que el desempleo en la eurozona ascenderá a 12,2 por ciento este año, superando el 11,4 por ciento de 2012. En España, este indicador aumentará a 27 por ciento, en Portugal a 18,9 por ciento, y en Grecia, después de tres años de brutal sufrimiento, el desempleo aumentará en 2,7 por ciento para alcanzar la cifra de 27 por ciento.

Esta tendencia será devastadora para los jóvenes. Se calcula que en España el desempleo juvenil llegará a 52 por ciento. Estamos despojando de futuro a toda una generación.

La misma tendencia se está presentando en los países ricos del norte de Europa. En Alemania se prevé un crecimiento económico de solo 0,4 por ciento en este año, y desde Austria hasta Holanda el panorama apunta al declive.

La crisis está socavando la identidad europea. Tras la Segunda Guerra Mundial, los europeos pudieron contar con una red de seguridad social que protegía a los menos afortunados, sostenía a los desocupados hasta que pudieran volver al trabajo y resguardaba su dignidad.

Era un sueño muy diferente del sueño estadounidense de aspirar a escalar la cima del estatus económico y social mediante el esfuerzo individual, sin intromisión del Estado.

Ahora, la austeridad está acabando con la red de protección social y el sueño europeo se está desvaneciendo.

Mientras Estados Unidos y Japón han optado por la vía del estímulo económico y aplican ingentes expansiones monetarias que ya están mostrando algunos buenos resultados, Europa ha emprendido el camino inverso: eliminar el déficit presupuestario a toda costa, mediante la drástica reducción del gasto público y el aumento de impuestos. Y pese a la evidencia de su fracaso, esa política permanece intacta.

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En consecuencia, está creciendo el resentimiento en la ciudadanía. El mismo día que la Comisión Europea difundió su informe, en Gran Bretaña el partido antieuropeísta UKIP se anotó una victoria al obtener el 25 por ciento en las elecciones locales.

Partidos de la misma orientación están proliferando en los demás países, desde Bélgica hasta Holanda, desde Austria hasta Finlandia. Y en Alemania, por primera vez una fuerza política que postula el abandono del euro (Alternativa para Alemania) se presentará en las elecciones de septiembre próximo.

La falta de líderes capaces está minando las bases de la UE. En España, el primer ministro Mariano Rajoy goza de una holgada mayoría parlamentaria, pero la protesta popular se manifiesta a diario en las plazas de todo el país.

También el presidente de Francia, François Hollande, tiene mayoría parlamentaria, pero su grado de popularidad ha bajado a 25 por ciento. La situación de Portugal es prácticamente idéntica, mientras que en Grecia el partido antieuropeísta Syriza es el segundo del país y en Italia el nuevo gobierno tiene un futuro incierto.

Italia es un caso especial de asincronía con Europa. El fin de la Guerra Fría conllevó la desaparición de los modernos partidos políticos italianos, el Comunista y el Demócrata Cristiano, y la creación de un nuevo sistema del que emergió Silvio Berlusconi, el hombre más rico de este país y dueño de un poderoso imperio mediático, que fundó su propia fuerza política para escapar de problemas económicos y legales personales.

Desde entonces, Italia ha quedado dividida entre seguidores y opositores de Berlusconi.

De esta anomalía ha nacido otra anomalía, el Movimiento 5 Estrellas, fundado por Beppe Grillo, un actor cómico transformado en un político adverso al sistema político vigente y al euro. Una y otra fuerza están fuera de sintonía con Europa, y es un hecho que hasta tanto Berlusconi no se retire, Italia continuará dividida y las elecciones no darán resultados concluyentes.

Entretanto, los alemanes están convencidos de que no deben poner sus billeteras a disposición de los europeos del sur que trabajan menos, que evaden el pago de impuestos, que gastan más de lo que pueden y que, en vez de tragarse la amarga medicina de la austeridad, esperan que los contribuyentes los rescaten.

Sin embargo, un estudio realizado el año pasado por el Kiel Institute for the World Economyreveló que en 2011 Alemania ahorró el equivalente a 11.100 millones de dólares, gracias a que el costo del crédito es mucho más bajo que en Europa meridional.

Y según otro estudio, realizado por la Fundación Bertelsmann, la salida del euro le costaría a Alemania el equivalente a unos 1,6 billones de dólares en un período de 13 años.

Toda Europa está pendiente de las elecciones alemanas de septiembre, cuando se verá si, como es probable, la primera ministra Angela Merkel continuará en el poder, y si mantendrá o modificará su rígida postura en pro de una austeridad que está postrando a Europa.

Pero el mundo no se detendrá a la espera de que Europa resuelva sus contradicciones.

Un estudio del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos ha estimado que la participación estadounidense, europea y japonesa en la producción mundial descenderá del actual 56 por ciento a 26 por ciento en 2030. Estas proyecciones podrían adelantarse si, como es probable, se ahonda el deterioro de la UE. El tiempo no juega a favor de Europa.

Roberto Savio, fundador y presidente emérito de la agencia de noticias IPS (Inter Press Service) y editor de Other News.

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