COLUMNA: Al sur de Río Grande y Cayo Hueso

Joaquín Roy Crédito: Cortesía del autor
Joaquín Roy Crédito: Cortesía del autor

Si dependiera de los bien disimulados deseos de los inamovibles intereses de Estados Unidos, América Latina podría perfectamente salir del radar de la atención del todavía poder hegemónico del hemisferio occidental.

El interés de Washington por sus vecinos se está debilitando por una combinación de factores, cada uno de ellos repleto de argumentos convincentes.

Uno es la fascinación por el Pacífico. El otro es el proyectado acuerdo de libre comercio con la Unión Europea.

A pesar de ese diagnóstico, el presidente Barack Obama encara una visita a América Latina, un escenario infrecuente en sus periplos internacionales. Entre el 2 y el 4 de mayo centrará su atención en el aliado natural, México, y se reunirá en Costa Rica con los líderes de América Central.

El presidente mexicano Enrique Peña Nieto, identificado como uno de los 100 líderes más influyentes del mundo por la revista Time, disfruta de un especial respeto (a pesar de sus problemas internos), antaño ausente por las contradicciones de su formación histórica, el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Aunque se anuncia una reducción de la ayuda destinada a los sectores políticos, se planea el aumento en el área comercial. Se privilegiaría, por lo tanto, el refuerzo del acuerdo de libre comercio que involucra a los dos países y Canadá. Este es el único acuerdo comercial que ha sido un éxito razonable de la política de Washington desde que al final de la Guerra Fría, George Bush y Carlos Salinas de Gortari forjaran una alianza que entonces pareció insólita y llena de riesgos.

La presidenta costarricense Laura Chinchilla, heredera del respeto bien ganado por su distinguido predecesor Oscar Arias, encaja perfectamente en el retrato de las buenas amistades que le convienen a Washington.

Guatemala apenas consigue despojarse del pasado militarista y represor, perennemente pendiente de su complejidad multiétnica. Honduras todavía no se ha recuperado de los efectos de la deposición sumaria de Manuel Zelaya. La Nicaragua del sandinismo de Daniel Ortega, reciclado aliado de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), es un potencial campo de minas para reposados acuerdos.

El Salvador todavía está inmaduro tras el ascenso al poder de la coalición liderada por los antiguos guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), de Mauricio Funes. La dictadura de las maras y la inamovible estructura oligárquica imposibilitan su progreso, dependiente de las remesas de la emigración.

Panamá siempre será el socio seguro, pero debe evitar ser calificado como un lector fiel del guión washingtoniano. La puesta en marcha de las nuevas esclusas del canal marcará una época, que no conviene hacer peligrar.

En suma, Mesoamérica es el teatro idóneo de la nueva fase de la política del apoyo de Estados Unidos. Si en el país azteca la prioridad va a ser la economía, en América Central el ascenso de los favores de Washington tienen como foco la lucha contra el narcotráfico y sus secuelas. Esta es la fuente de buena parte de los graves problemas de gobernabilidad, la criminalidad desbocada y la latente sombra de Estados fallidos.

En el resto del continente, el terreno de actuación de Estados Unidos está hoy dividido en dos clases de países. Un bando está compuesto por los que mantienen un sólido ligamen con Washington, reforzado con acuerdos comerciales e implícitos pactos políticos.

Los otros son los socios de una alianza explícitamente opositora y algunos de actitud ambigua. En suma, el panorama ideológico presenta una amplia gama de opciones, dominadas en un extremo por una mayoría de los etiquetados como populistas y en el otro por los confiables para los intereses estadounidenses.

Con la elección del centrista Horacio Cartes, el histórico Partido Colorado del Paraguay regresa al poder, remachando la defenestración sumaria del exobispo Fernando Lugo. Surgiría entonces una excepción continental en la permanencia en el poder mediante elecciones sucesivas sin cuestionamiento de líderes que pertenecen a diferentes grados de la familia populista.

Por otra parte, Cartes ya ha iniciado un acercamiento hacia sus vecinos, cortejando el apoyo de Argentina y Uruguay, y dando por descontado el de Brasil, para su reintegro al Mercosur, de donde Paraguay fue suspendido por el traumático final de Lugo. Venezuela no pondría mayores obstáculos, ya que su presidente Nicolás Maduro conseguiría de esa manera un toque pragmático de moderación. Bolivia no arriesgaría su candidatura para ingresar al Mercado Común del Sur poniendo obstáculos innecesarios.

En la zona "segura" quedaría también la moderación conservadora de Chile, que oscilaría entre el conservadurismo de Sebastián Piñera al probable regreso en noviembre de la Concertación Democrática liderada por la socialista Michelle Bachelet, en tándem con los democristianos.

En el mismo terreno seguirían alineándose los ejemplos de Colombia y Perú. En Bogotá la escena está dirigida por un conservadurismo liberal sui géneris que no parece cambiar por la alternancia entre los dos grandes partidos.

En Lima hoy gobierna el pragmático Ollanta Humala, muy evolucionado de sus inclinaciones indigenista-radicales, pero sospechoso para Washington por sus veleidades de apoyo a Maduro. No es casualidad que Perú y Colombia hayan recibido el favor doble de la Unión Europea y Washington para sendos ejemplos de acuerdos de libre comercio.

* Joaquín Roy es catedrático "Jean Monnet" y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).

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