EUROPA: LA DERIVA DERECHISTA

En los años setenta, Europa estaba gobernada por la familia del socialismo democrático o, como lo llamábamos, del socialismo en libertad (socialistas, social demócratas y laboristas) y por la familia demócratica cristiana, que era esencialmente europeísta y partidaria de la doctrina social de la Iglesia Católica.

Tras el colapso del comunismo y el advenimiento del neoliberalismo estadounidense, las dos familias, de acuerdo con las señales del tiempo, se dejaron persuadir por la «tercera vía» y por el dominio de los mercados que tiene como único valor al dinero y no a las personas.

Resultado: la mayor parte de los partidos del área socialista perdieron el poder, ya que para quien prefiere un gobierno de derecha es más lógico votar a los conservadores, mientras los demóxcratas cristianos, salvo raras excepciones, se olvidaron de la doctrina social de la Iglesia y, transformados en Partidos Populares, se colocaron en la derecha del espectro político. Las dos familias perdieron la influencia que tuvieron en sus buenos tiempos y, en algunos países europeos, pura y simplemente desaparecieron. Eran los años en los que los politólogos norteamericanos proclamaban el «fin de la historia» y la «muerte de las ideologías» (a excepción, claro, de la neoliberal).

Pero las circunstancias, por más contradictorias que parezcan, pueden imponernos transformaciones inesperadas. Creo que esto podría suceder como consecuencia de la crisis global que nos afecta, obligando a la Unión Europea, a pesar suyo, a cambiar el paradigma de desarrollo, para usar la expresión del Presidente Barack Obama.

No hablaré de la familia demócrata cristiana, a la que no pertenezco, sino sólo de la familia socialista, a la que no obstante todo me siento ligado. El dilema es simple: o muda de rumbo, lo que implica comprender las inquietudes del tiempo presente y dar respuestas a las necesidades de los trabajadores, los desempleados y los desfavorecidos, o pierde su razón de ser. Si no lo hace, el riesgo no es como algunos creeen que deje lugar a la izquierda radical, que está dos o tres décadas más atrasada que el socialismo democrático (trátese de comunistas, trotskistas o anacrónicos maoístas) sino que beneficie a una especie nueva de populismo de derecha que es sumamente peligroso, precisamente por su ausencia de ideología y de valores éticos.

Creo, por otra parte, que el socialismo democrático tiene otra oportunidad, si es capaz de renovarse y adaptarse a los cambios contemporáneos en los dominios de la ciencia, de la tecnología, de la Información, de los derechos individuales y colectivos y de los Estados en sus relaciones con la sociedad.

El Mundo está en rapidísima transformación y la Unión Europea, baluarte de las naciones democráticas y de los Estados de Derecho, en los últimos años ha perdido la orientación, ya que sus dirigentes no se muestran capaces de reaccionar, sea porque no comprenden los cambios, sea por falta de coraje. Pero la crisis global continúa y corroe el prestigio europeo, lo que representa para todos sus pueblos un terrible desafío.

Ha llegado la hora de que el socialismo europeo reflexione colectivamente sobre que representa hoy ser socialista, no sólo de nombre, sino en las esferas de las realizaciones y de los comportamientos. Debe desprenderse definitivamente del lastre del conservadurismo neoliberal, descubrir nuevos horizontes sociales que den esperanza a las personas, retomar los valores éticos, dignificar el trabajo y colocarse en la vanguardia de las mudanzas necesarias y posibles. Y es que se prodigue para erradicar la pobreza, en particular de los emigrantes, que son quienes más la padecen, así como para reducir sustancialmente las inaceptables desigualdades sociales existentes, principalmente en los Estados periféricos de la Unión como Portugal.

Es indudable que los partidos de la familia socialista se han anquilosado, al igual que las organizaciones internacionales que los abarcan: la Internacional Socialista -!quién la ha visto y quién la ve!- y el Partido Socialista Europeo. Es preciso insuflarles una ráfaga de aire fresco que los obligue a empuñar la bandera de los valores que ha descuidado, incluyendo aquel ingrediente de utopismo que hace falta para que las sociedades progresen. La familia socialista es hoy indispensable para el avance institucional de la Unión Europea y para que pueda ocupar el papel que merece en el escenario internacional. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex Presidente y ex Primer Ministro de Portugal.

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