HELEN PREJEAN: Camino a la abolición de la pena capital

La monja católica estadounidense Helen Prejean ha trabajado más de 20 años para educar al público sobre la pena de muerte. Hoy es una de las más célebres activistas por su abolición, meta a la que no considera lejana, al menos en la práctica.

Crédito: Grant-Guerrero Prejean ha sido consejera espiritual de ocho condenados. Escribió un libro, "Dead Man Walking", en el que recogió sus experiencias con uno de ellos. En la película basada sobre ese texto, conocida en español como "Mientras estés conmigo" o "Pena de muerte" (1995), Susan Sarandon encarnó a la religiosa y ganó el Oscar a la mejor actriz.

Entrevistada por IPS, Prejean, quien cumplió 69 años en abril, señaló que "cuando se traza el límite al poder del gobierno sobre la vida humana, el punto de partida es que no se le puede otorgar la facultad de matar a nadie por sus delitos".

— Usted recorre Estados Unidos y el mundo. Ofrece entre 120 y 140 conferencias por año sobre la pena de muerte. ¿Cómo ha cambiando la actitud del público?

— Es muy diferente fuera de Estados Unidos, especialmente en Europa. Hace 40 años había menos de 20 países que no contemplaban el castigo en su legislación. Dada la creciente toma de conciencia con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ahora son cada vez más las naciones que lo dejan de lado.
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Cuando comencé mi campaña contra la pena de muerte, lo hice con la impresión de que los estadounidenses están más atados a la venganza y a la violencia que otros pueblos del mundo. Somos una joven nación con una historia muy violenta.

Usamos la fuerza contra las tribus nativas, esclavizamos a los negros, no vacilamos en arrojar dos bombas atómicas matando a civiles en Hiroshima y Nagasaki, lo que cambió completamente las leyes de la guerra. La violencia es parte integral de lo que somos, es nuestro modus operandi. La pena de muerte se inscribe en esta mentalidad.

El gran descubrimiento que he realizado es que la gente no está definitivamente convencida sobre tal uso de la violencia. Encontré personas que jamás pensaron acerca de la pena de muerte. No es una cuestión moral que afecte a la mayoría de la gente en términos personales.

— ¿Puede dar ejemplos de algunas de las cuestiones sobre los que muchos ciudadanos de ese país jamás han reflexionado?

— La gente no tiene idea sobre lo selectiva que es la pena de muerte. Las estadísticas sobre cómo se la aplica son realmente instructivas. En raros casos se busca utilizarla cuando las personas asesinadas son afroestadounidenses, ni siquiera aparecen en la pantalla de radar.

Somos una sociedad predominantemente blanca. Las víctimas de ocho de cada 10 personas ejecutadas hasta ahora eran blancas. Esto se repite en los casos de quienes han sido condenados y están en el "pabellón de la muerte" a la espera de que se cumpla la sentencia.

La disparidad regional es también muy marcada. En mi segundo libro, "The Death of Innocents" ("La muerte de inocentes), señalé que en los 10 estados que practicaron la esclavitud se realizan más de 80 por ciento del total de ejecuciones en Estados Unidos. Siempre ha sido así.

— ¿Cómo logra que las personas comiencen a cuestionar la pena de muerte?

— Más que una conferencista soy una narradora de historias. Les doy a conocer mi experiencia, la de alguien que no sabía nada acerca de la pena de muerte, que se vinculó con gente pobre de la ciudad de Nueva Órleans y que empezó a escribirse cartas con un preso que estaba en el pabellón de la muerte.

Dos años y medio más tarde presencié cómo el estado de Louisiana hacía correr 1.900 voltios a través de su cuerpo y lo mataba. Jamás volví a ser la misma persona cuando salí de esa cámara de ejecución. Tomé conciencia de que la gente nunca vería eso. Las ejecuciones son un ritual secreto. Por lo tanto le ofrezco datos sobre cómo se practica en los hechos la pena capital.

— Mala asistencia legal para posibles condenados a muerte, rechazo de jurados porque se oponen al castigo, posibilidad de sustituirlo por prisión perpetua sin derecho a libertad condicional… ¿Estos debates ayudan a que la gente modifique su actitud?

— Eso es muy real. Cuando comencé pensaba que teníamos la mejor justicia del mundo, que era casi imposible que se ejecutara a un inocente, dadas las instancias de apelación. Pero descubrí que los tribunales superiores sólo consideran aspectos objetados por los abogados en el juicio de primera instancia.

Es decir que si la defensa es pobre, si no cuestiona formalmente, por ejemplo, que un procesado negro se enfrente con un jurado compuesto exclusivamente por blancos, ese acusado se encuentra en la vía rápida hacia la pena de muerte.

Era común que no se informara a los jurados que existía la alternativa de la cadena perpetua sin libertad condicional. Así los empujaban a dictar una condena a muerte, porque era la única forma de asegurar que el público estaría seguro.

El año pasado, las estadísticas mostraron por primera vez que más gente opta por la cadena perpetua que por la ejecución. Si tienen la oportunidad, los jurados no quieren cargar con la responsabilidad de haber enviado a alguien a la muerte. ¿Quién desea realmente hacer eso?

El público es cada vez más conciente de todos estos factores, y mucho han tenido que ver los casos de 128 personas injustamente condenadas.

— ¿Qué le dice a quienes piensan que los autores de delitos graves o aberrantes merecen la pena de muerte?

— Veinte por ciento de la población se opone a ella por cuestión de principios. En el extremo opuesto, aunque no puedo decir cuántas son, hay personas tan centradas en la idea de la venganza que resultan sordas a los argumentos.

Pero la gran mayoría, 60 por ciento del público estadounidense, simplemente jamás ha pensado sobre el asunto. Sólo con sólo sumarlos a la discusión, uno los ha ganado.

— ¿No es también inhumana la condena a cadena perpetua sin libertad condicional?

— Cuando se traza el límite en términos del poder del gobierno sobre la vida humana, el punto de partida es que no le puede otorgar la facultad de matar a la gente por sus delitos.

La condena de por vida sin libertad condicional también es inhumana en varios aspectos, pero esta es una próxima etapa de la jornada. De hecho, debemos trabajar en la reforma del sistema de prisiones.

— ¿Qué piensa del fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que consideró constitucional del uso de la inyección letal?

— No me sorprendió, porque ahora ya conozco su forma de pensar. La opinión de alguien como el juez Antonin Scalia, quien dice que la muerte por inyección letal es envidiable frente a lo que le sucedió a la víctima, define una actitud mental. Se trata de la deshumanización de algunas personas, sobre las que decimos que hay que matarlas para que nosotros podamos vivir con seguridad.

— Usted también trabaja con los familiares de las víctimas y fundó Survive, una organización que las ayuda. ¿Cree que los parientes están siendo olvidados?

— Lo que se ofrece a los familiares de las víctimas, en esta aplicación selectiva de la pena de muerte, podría resumirse así: "Esperamos que no tenga que aguardar demasiado, 10, 15 ó 20 años, para sentarse en primera fila para ver cómo matamos a quien mató a una persona que usted amaba". Y lo llaman justicia, lo llaman sanador, "honrar al ser querido muerto".

Los familiares de las víctimas necesitan todo tipo de ayuda. Primero, necesitan compañía, que no los dejen solos. Necesitan estar rodeados por los amigos y la comunidad, e incluso ayuda con cosas como los gastos funerarios. Necesitan consejo, grupos de apoyo en cada ciudad y en cada sitio.

— ¿Cree que la pena de muerte será alguna vez abolida en Estados Unidos?

— Sí. Estamos en ese camino y vamos a conseguirlo, al menos en la práctica.

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