SOCIEDAD-BOLIVIA: Morir por ayudar a vivir

El religioso italiano Moris Bertozzi murió en Bolivia mientras ayudaba a una humilde mujer a cruzar un caudaloso río, la misma actitud solidaria que tuvo en los últimos 11 años con jóvenes atrapados por el alcohol, las drogas y la delincuencia en las calles de este país.

Moris Bertozzi y familia Crédito:
Moris Bertozzi y familia Crédito:
Bertozzi es una más de las víctimas de las furiosas aguas que corren por los ríos de La Paz, afectada por una intensa temporada de lluvias y tormentas atribuidas al fenómeno climático llamado La Niña, contraparte de El Niño o fase cálida de la Oscilación del Sur (ENOS), como se conoce al calentamiento del océano Pacífico en la costa sudamericana.

Hasta este jueves, unas 45 personas han fallecido y en gran parte del territorio boliviano se registran pérdidas de cultivos agrícolas, muchos caminos están cortados y un centro de operaciones de emergencia dirigido por el gobierno y operado por militares ofrece ayuda a familias aisladas por las riadas e inundaciones.

Al caer la tarde del viernes pasado, las tranquilas aguas de un río menor cercano al hogar "Sant’Aquilina", en la valluna población de Lipari y 25 kilómetros al sur de La Paz, cobraron repentina furia mientras Bertozzi intentaba ayudar a una mujer para vencer el obstáculo. Así, el turbión lo arrancó de la orilla para arrojarlo a la embravecida corriente.

La camioneta que el misionero laico católico había abandonado cerca del lugar de la tragedia, para cumplir su última tarea solidaria, también fue devorada por las aguas y arrastrada algunos cientos de metros hasta quedar destruida y sepultada.
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Al día siguiente, los campesinos buscaron el cuerpo de Bertozzi e imaginaron que se hallaba dentro del vehículo destruido, pero sólo encontraron hierros retorcidos.

Cinco kilómetros abajo, un grupo de personas halló los restos del religioso luego de buscarlo entre el lodo y piedras.

"Murió ayudando", fiel a sus principios, dijo resignada la esposa del laico católico, Alejandra Costas, en diálogo con IPS.

Bertozzi llegó a Bolivia en 1996, cuando tenía 25 años de edad, y su paso por esta tierra estaba destinado a sembrar una obra que ahora cosechan decenas de niños y niñas sin hogar.

Fue enviado por la Comunidad Papa Juan XXIII para cumplir una corta misión de ocho meses en un hogar creado para acoger a alcohólicos, pero dos niños cambiaron su destino cuando relataron en medio del llanto el drama de dormir debajo de los puentes, buscar comida entre la basura y permanecer ignorados por el resto de la gente.

Bertozzi siempre imaginó que el testimonio de esos niños fue el llamado de dos ángeles para encaminarlo en una tarea orientada a devolver la dignidad de seres humanos a esos rostros sin esperanza, relata Costas. "Comenzó ayudando, con un balde pequeño en la mano y unos pocos panes", narró a IPS Verónica Hernaiz, la administradora del Hogar "Sant’Aquilina", un centro de rehabilitación construido por iniciativa de Bertozzi en medio de montañas, cerca del río que segó su vida.

Un profundo amor por Bolivia, fue el impulso para crear en 1997 el hogar Luz del Niño, en el barrio pobre paceño de Munaypata, y un año después abrió sus puertas el Hogar "Sant’Aquilina", que hoy posee un programa de reinserción social y laboral.

Tras un período de rehabilitación, los adolescentes tienen la oportunidad de obtener conocimientos en cocina italiana, preparación de pizzas, espagueti y lasaña, productos ofertados en un restaurante de la comunidad.

"No te olvides, los pobres son los hijos de Dios", eran las palabras pronunciadas por el religioso que "seguía a Jesús, siervo y fiel", recuerda Hernaiz.

En el jardín del hogar iluminado por un sol intenso, escaso en estos días de lluvia, la actividad de los adolescentes continúa en las caballerizas, en los criaderos de cerdo y en la cocina, pero se respira el aire de una ausencia.

Yovana y Óscar, dos jóvenes rescatados de la calle, recuerdan al religioso cuando invadía sus dominios entre la maleza de un puente del barrio de Obrajes, desafiando a la agresividad de los jóvenes, llevando en un envase leche caliente, pan y a veces una bebida elaborada con maíz.

Ambos admiten que miraban al hombre rubio de mirada amable con mucha desconfianza, pero al final aceptaron la invitación de abandonar el mundo violento y dominado por el sueño profundo provocado por las drogas y el alcohol.

De aquella tormentosa etapa, quedan en sus brazos las cicatrices de los cortes que ellos mismos se provocaban como una forma de autoflagelación por los delitos cometidos y por la desesperación desencadenada por las drogas hasta el borde del suicidio, relataron a IPS.

Óscar describe sin temores su pasado en las calles. Robaba, tenía varias especialidades delictivas, además de pedir limosna para sobrevivir, cuenta.

Con un bebé recién nacido en brazos, ahora imaginan un mejor futuro. Yovana no olvida el consejo de Bertozzi: Cambia por tu hijito, las puertas del hogar siempre estarán abiertas para tu recuperación.

"Fue un padre de los pobres y de los niños de la calle", resumió Hernaiz.

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