MÚSICA-ARGENTINA: Tambores de vida

En busca de reivindicar las raíces afrolatinas, el ex baterista de una muy popular banda de rock argentina fundó una escuela de percusión que ya tiene 700 alumnos, grabó cuatro discos compactos y acompaña a músicos consagrados como Mercedes Sosa, Fito Páez y Diego Torres.

La escuela La Chilinga fue creada en 1995 por Daniel Buira, quien dejó la batería de Los Piojos en 2000 cuando el grupo disfrutaba de ser considerado entre los más importantes del ámbito rockero argentino y de una amplia repercusión internacional.

Desde que se puso en marcha el proyecto educativo se multiplicó y ahora tiene ocho sedes, donde los estudiantes aprenden a tocar tambores, repiques, bombos, redoblantes y otros muchos instrumentos de percusión.

La idea es que los alumnos, ya sean niños, niñas o adultos, estudien e investiguen los ritmos afroamericanos y creen los propios para sus espectáculos.

"Queremos que no se extinga lo afro-argentino, pero nos asombra descubrir que hay una generación que trae una nueva forma de tocar tambores y eso también es bueno", comentó con entusiasmo Buira a IPS.

En América Latina hay escuelas de percusión, pero acotadas a ritmos locales y ninguna con tantos alumnos. "En Brasil hay escuelas de samba, en Uruguay de candombe, en Perú están los festejos, pero la nuestra es muy cosmopolita. Están todos los ritmos de Argentina, y los afroamericanos", señaló el director.

El trabajo, en el que intervienen profesores formados en la misma escuela, derivó en cuatro discos de producción propia.

El último, "Raíces", se presentó hace un mes en Montevideo con el reconocido músico uruguayo Ruben Rada, quien participó en la grabación de uno de los temas. En el disco tocan 200 músicos de tercero, cuarto y quinto año, los más avanzados.

También fueron parte de múltiples conciertos y de la banda sonora de la película "Hijos", que aborda el tema de los niños y niñas nacidos durante el cautiverio de sus padres luego desaparecidos por fuerzas represivas de la última dictadura militar argentina (1976-1983).

En algunas circunstancias los bloques de percusionistas tocan solos y en otras los más experimentados acompañan a músicos destacados como Vicentino y bandas consolidadas como los propios Piojos, Los Cafres, La Chicana o La Renga. También fueron responsables de la percusión en el famosos tema "Color esperanza" del cantante argentino Diego Torres.

Los estudiantes ahondan en los sonidos de la samba "enredo" y la samba reggae de Brasil, el candombe rioplatense, la murga argentina y la uruguaya, la marcha camión montevideana, el malambo y la chacarera argentinas, y también la rumba, abakuá, el son, la iyesá y la makuta de Cuba, entre otros ritmos además de colombianos y peruanos.

Pero la escuela tiene además un costado social. La Chilinga firmó acuerdos de cooperación con hogares, fundaciones y cooperativas con el objetivo de apoyar a comunidades que viven en la pobreza a fin de que más personas se sumen a proyectos artísticos en el marco de una educación popular, no formal.

"La percusión está asociada a las calles, y eso la hace una forma de expresión social", señaló Buira. "Una guitarra no convoca gente en la calle como un tambor y eso le da otro peso a la actividad", remarcó. Los "chilingos", como les gusta llamarse, tocan y brindan talleres en hogares, comedores o escuelas rurales.

Desde hace dos semanas comenzaron a brindar su taller en la cárcel de Ezeiza, en las cercanías de la capital argentina. Unos 90 internos se inscribieron en tres módulos: uno para mujeres y dos para hombres.

En agosto. unos 50 chilingos viajarán a Tilcara, en la septentrional provincia de Jujuy, para tocar en fiestas locales y dar cursos a niños.

La escuela no exige conocimientos musicales previos ni estudios cursados. Eso le da una gran amplitud de público. El proyecto es de autogestión. Los maestros cobran, los estudiantes pagan una cuota mensual cuyo costo es equivalente a 10 dólares, aunque 40 por ciento del alumnado está becado, y las sedes son alquiladas o cedidas por fundaciones u organismos públicos.

Los instrumentos los entrega la escuela, pero los estudiantes deben aportar sus palillos, mazas y correas. "Yo empecé a los 31 años y éste fue mi primer contacto con la música, pero aquí hay abogados, ingenieros, médicos, y hay chicos de cinco años y adultos hasta de 70 años", comentó a IPS la estudiante Natalia Estévez.

"Algunos vienen sólo a divertirse o a expresarse en una actividad artística, y otros deciden que esta es la actividad que quieren realizar en su vida", remarcó.

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