HUNGRÍA: Gobierno socialista debilitado por violencia política

Hungría sigue ardiendo tras los choques callejeros que marcaron el 50 aniversario de la frustrada revolución de 1956. La oposición insiste en manifestarse este sábado, fecha en que este país fue invadido por tropas de la hoy disuelta Unión Soviética.

Agentes de policía lanzaron indiscriminadamente gases lacrimógenos, chorros de agua y balas de goma contra los pacíficos manifestantes que salieron el lunes 23 de octubre a las calles, así como contra los violentos. Cerca de 100 personas fueron hospitalizadas como consecuencia de los choques.

Tres organizaciones opositoras a la coalición de gobierno integrada por el Partido Socialista y la liberal Alianza de Demócratas Libres han pedido permiso para realizar manifestaciones el 4 de noviembre.

La policía negó su autorización para las zonas solicitadas, pero podría permitirlas en otros sitios.

El primer ministro socialista Ferenc Gyurcsány anunció la apertura de una investigación sobre las causas de los disturbios, dijo el lunes a la prensa un portavoz de su oficina.
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El comisionado de Justicia de la Unión Europea, Franco Frattini, pidió la semana pasada al gobierno húngaro explicaciones sobre los excesos policiales. También la organización de derechos humanos Amnistía Internacional exigió desde Londres una investigación.

La violencia dio ímpetu a los pedidos de renuncia formulados a Gyurcsáni por la oposición derechista. El gobernante está en la mira desde que el mes pasado se filtró a la prensa una grabación en la que admitió haber mentido al electorado para lograr la reelección. Esa revelación desencadenó tres días de disturbios y un mes de protestas opositoras.

Hace 50 años, una manifestación estudiantil espontánea abrió en la Hungría entonces comunista la última revolución armada en Europa, que fue revertida a sangre y fuego por la Unión Soviética pocos días después.

Las celebraciones del aniversario de 1956 fueron otra oportunidad de la oposición y de algunos alborotadores violentos para manifestar su rechazo a Gyurcsány, aprovechando la presencia de la prensa internacional. Pero la brutalidad policial lo dejó en dificultades.

Los incidentes comenzaron cuando unos pocos centenares de manifestantes de las más variadas tendencias políticas y activistas de derecha intentaron ingresar a un área reservada para celebraciones oficiales de Budapest.

Los manifestantes lanzaron piedras a la policía, que reaccionó empujándolos hacia la plaza Astoria. Muchos simpatizantes de la centroderechista Unión Cívica (Fidesz), el mayor partido opositor, fueron sorprendidos por la agresión policial.

La mayoría de los manifestantes eran simpatizantes de Fidesz "que no se involucran en violencia física, pero que están inconformes con el gobierno", dijo el analista político Zoltán Miklosi a IPS.

La inconformidad se relaciona no solamente con que el doble discurso del primer ministro, sino también con la situación económica.

Este país de 10 millones de personas tiene un déficit de dos dígitos, el único en esta situación en la Unión Europea, y el gobierno ha aprobado un impopular paquete de medidas de austeridad para contrarrestarlo.

Los problemas económicos de Hungría son "una expresión de una crisis política", dijo Miklosi. "La hostilidad entre los campos políticos tornan imposible poner en marcha desde hace años reformas estructurales. Los gobiernos, más bien, se han dedicado más bien a gastar."

La polarización social que sufre Hungría es atribuida a la cultura política, agregó Miklosi. "La polarización no es grande, pero los políticos arman grandes líos de pequeñas diferencias", explicó.

En el último mes, el líder de Fidesz, Víktor Orbán, logró que su electorado insista en poner en duda la legitimidad del gobierno. Su última propuesta fue la convocatoria a un referéndum sobre las reformas gubernamentales más rechazadas por la población.

El llamado a las urnas, que debe ser resuelto por parlamento, se referiría a la reforma de salud y de la previsión social, entre otros asuntos.

La ofensiva de Orbán también se dirige a la Unión Europea. El político nacionalista urgió a Bruselas a "dejar claro que no daría la mano a gobiernos que mienten, engañan y se rehúsan abandonar el legado moral del comunismo".

La coalición del gobierno interpretó la declaración de Orbán como una exhortación a Bruselas para que no aporte fondos de apoyo a Hungría. Los socialistas también acusaron al líder opositor de azuzar la violencia con sus convocatorias a manifestaciones callejeras.

"Orbán no está promoviendo directamente la violencia, pero sirve para sostener esta situación", dijo Miklosi. "Toda su estrategia, en los últimos 10 años, ha sido polarizar la opinión pública."

Pero luego de perder dos elecciones seguidas, el líder de la oposición "está desesperándose" y " para evitar su responsabilidad necesita mantener la tensión en un nivel elevado", opinó.

Pero el fin político de Orbán, si llega, no terminaría con la hostilidad política. La posición de Gyurcsány se vuelve más y más insostenible.

"Preguntarse por la renuncia de Gyurcsány no es poco racional. El problema es encontrar un candidato con credibilidad para reemplazarlo", dijo Miklosi.

Incluso algunos simpatizantes de Fidesz atribuyen a errores del partido en el pasado su fracaso en lograr el desalojo de Gyurcsány del poder.

"Durante toda la década pasada Fidesz ha gritado 'lobo, lobo' al decir que el gobierno es ilegítimo", dijo a IPS un votante del partido. "Y ahora que es realmente cierto, nadie le cree."

Hay elementos de la crisis de Hungría que son comunes al resto de Europa oriental. La inconformidad popular es notoria en República Checa, Eslovaquia y Polonia, después de años de entusiasmo por la integración en la Unión Europea.

"Crece el resentimiento por el trato que le deparan los viejos miembros del bloque a los nuevos, especialmente en materia de derechos laborales", dijo Miklosi. Esto ha conducido a la "desilusión con la Unión Europea y con democracia", puntualizó.

El 23 de octubre de 1956, unos 50.000 estudiantes demandaron reformas políticas y manifestaron su solidaridad con las protestas antisoviéticas en Polonia. Muchos otros húngaros se sumaron a las actividades estudiantiles.

El mensaje alcanzó su máxima claridad cuando un grupo de manifestantes derribó una estatua de Josif Stalin, el fallecido líder de la Unión Soviética. Luego, se dirigieron a los estudios de la entonces estatal Radio Hungría para leer al aire sus demandas.

Pero agentes de la policía secreta dispararon contra la multitud, lo que abrió paso a una escalada de la violencia.

Un día después, se desató la revuelta armada contra la policía secreta y los soldados soviéticos apostados en Hungría. Incluso muchos comunistas y soldados húngaros se unieron a los revolucionarios.

El comunista y reformista Imre Nagi fue designado primer ministro de un gobierno multipartidario, y anunció la próxima convocatoria a elecciones libres y una apertura económica.

Hungría declaró entonces su neutralidad y la retirada del Pacto de Varsovia, lo cual, según temía la Unión Soviética, podría alentar el alejamiento de otros aliados.

El 4 de noviembre, los tanques soviéticos ingresaron en Hungría, aplastaron la revolución y condujeron a Imre Nagy a Moscú, donde a la postre fue ejecutado.

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