DERECHOS HUMANOS-RUANDA: Silencioso grito blanco

El gobierno de Ruanda y muchos familiares de los muertos en el genocidio de 1994 creen que los cadáveres deben mantenerse en los lugares donde fueron abandonados por los asesinos, como recordatorio de la tragedia.

Algunos creen que los huesos de los 800.000 tutsis y hutus moderados asesinados entre abril y junio por milicias de la mayoría hutu deben constituir un memorial de la masacre.

En ese mismo sentido, muchos sostienen que la inhumación de esos restos entorpecería las investigaciones en curso, y jugaría en favor de aquellos que pretenden minimizar la tragedia.

”La desaparición de esos huesos simplemente mataría la memoria del genocidio tutsi”, dijo Butoto Muhozo, director de Cultura del Ministerio de Juventud, Deportes y Cultura, el funcionario a cargo de la preservación de los lugares donde se registró la masacre.

La socióloga Jeanne Murekatete, sobreviviente de la matanza, advirtió: ”El holocausto judío ha sido inmortalizado por abundantes obras literarias y fílmicas y por varias otras manifestaciones artísticas. Nosotros no tenemos mucho, excepto los restos.”

Por su parte, Charles Rusagara, quien regresó del exilio de República Democrática del Congo en 1995, coincidió con esa visión: ”Esos sitios son lo único que nos permite ser algo menos abstractos acerca del genocidio, tener una idea más o menos concreta de lo que fue.”

Veinte escritores africanos fueron invitados a producir novelas, obras de teatro y ensayos sobre el impacto del genocidio, bajo el auspicio de Fest'Africa, un festival artístico celebrado todos los años en la ciudad francesa de Lille.

El proyecto de dos años, titulado ”La escritura como deber de la memoria”, comenzó en 1998.

Pero esos trabajos literarios no recibieron una divulgación muy amplia. Tampoco tuvieron mucha repercusión otras narraciones al respecto, como la realizada por la sobreviviente Yolande Mukagasana, hoy residente en Bélgica.

Algunos ruandeses, muchos de ellos de la mayoría hutu (marginada de la elite del país, aunque en el poder cuando ocurrió la masacre), consideran que enterrar los restos de las víctimas del genocidio constituiría un paso hacia la cicatrización de las heridas.

”Estos lugares siempre nos recordarán a nosotros, a nuestros niños y a nuestros nietos que 'ustedes, viles hutus, le hicieron esto a los tutsis'”, dijo Pierre Ugilishema, uno de los acusados por la matanza, quien fue liberado bajo fianza en abril de 2003.

Ugilishema cree que, por el bien de la reconciliación nacional, los huesos deben ser enterrados para así ”dejar el genocidio atrás”.

La matanza comenzó luego de que el avión en que viajaban los presidentes Juvenal Habyarimana, de Ruanda, y Cyprien Ntaryamira, de Burundi, fueran derribados sobre Kigali por supuestos extremistas hutu.

Los restos de las víctimas están diseminadas por unos 300 sitios en Ruanda. Ciertas masacres ocurrieron en iglesias, cuyos responsables mantienen los cuerpos en los lugares donde fueron abandonados.

En otros lugares y edificios donde se registró la masacre, los cráneos, tibias e incluso esqueletos están alineados en fila.

Las autoridades de Ruanda han sido acusadas de usar el despliegue de huesos para mantener una ola de compasión en el extranjero, con el fin de desviar las críticas por supuesta represión contra la prensa independiente y ciertas organizaciones no gubernamentales.

Anne Mujawayezu, una profesional de Kigali cuyo esposo está detenido por supuesta participación en el genocidio, consideró que el despliegue de los restos es una ”profanación permanente”.

El gobernante Frente Patriótico Ruandés (FPR) ”está equivocado si piensa que la exhibición de los huesos continuará conmoviendo a la comunidad internacional por mucho tiempo”, agregó.

Mujawayezu advirtió que ”a la desaprobación seguirá pronto la indignación de gente que se siente mal al ver los restos humanos así expuestos”.

Pero pocos pueden negar que los restos constituyen un poderoso recordatorio de los acontecimientos de 1994.

En la iglesia protestante de Nyamata, unos 20 kilómetros al este de Kigali, los cuerpos están ubicados en los bancos, vestidos aún con la ropa que tenían en el momento en que fueron asesinados.

Sigue allí el gran hoyo en una de las paredes del templo por el que ingresaron los asesinos. También están allí platos con restos de comida, para recordar que la masacre comenzó en medio de la cena.

La iglesia católica ubicada a una docena de metros de distancia también fue escenario de una matanza.

Uno de los esqueletos en el sótano muestra una señal macabra de violencia sexual: tres largas estacas metidas en la pelvis.

”La muchacha se resistió a la violación. Luego, la pandilla le metió las estacas por toda la eternidad”, explica Gervais Habumukiza, guía en el templo.

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