COMUNICACIONES-BRASIL: Informática para el cambio social

El empresario Rodrigo Baggio, de 32 años, decidió 11 años atrás ”poner fin al apartheid digital” vigente en Brasil y creó una organización en la cual se han graduado más de 501.000 personas en profesiones y oficios vinculados a la informática, no sólo en este país sino en otros 10 de tres continentes.

El ”gran desafío social del siglo XXI” es la inclusión digital, afirma Baggio. El Comité para la Democratización de la Informática (CDI), creado por él, ha llevado la computación e Internet a las favelas (barrios precarios) de las grandes ciudades, a cárceles de alta seguridad, a tribus de la Amazonia y a decenas de miles de niñas y niños pobres.

”Promover la inclusión digital utilizando tecnología informática es promover un cambio social. La tecnología no es un fin, es un medio para cambiar la sociedad”, dijo Baggio a IPS en un intervalo de la IV Cumbre de los Medios para Niños y Adolescentes, que terminó este viernes en Río de Janeiro.

”No se trata simplemente de transformar la sociedad, sino de hacer de ella una sociedad justa, en la imperen la equidad y la solidaridad”, precisó el director del CDI.

Se trata de ”hacer uso de la tecnología de la información como una herramienta revolucionaria para cambiar vidas en la comunidad”, abundó.

Para dar una idea de las dimensiones de la brecha digital en América Latina, Baggio explicó que mientras en Estados Unidos 54 por ciento de la población tiene acceso a Internet, en Europa ese acceso cae a 33 por ciento, y apenas ocho por ciento de los latinoamericanos están conectados a la red mundial de computadoras.

Los centros de enseñanza sostenidos por el CDI no son meras escuelas de informática, sino ”escuelas de ciudadanía en el sentido más amplio”, sostuvo Baggio.

¿Quién solventa a esas 833 escuelas de informática y ciudadanía abrigadas en el proyecto? Son entidades autofinanciadas, costeadas con un pago individual que es en general meramente simbólico, pero suficiente para mantenerlas en funcionamiento, aseguró.

En algunos casos, el pago puede equivaler a un dólar y medio mensual, en otros, el estudiante solventa sus estudios prestando servicios en la escuela. ”Buscamos inculcar a los alumnos la idea de que nada es gratis, de que siempre se paga algo, sea en dinero o en servicios”, explicó.

No obstante, los modernos equipos de computación y de video digital utilizados en muchas escuelas, son adquiridos mediante recursos que canalizan grandes empresas brasileñas y trasnacionales, además del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Fundación Getulio Vargas.

Las escuelas son administradas en forma autónoma, para familiarizar a los alumnos con el ejercicio de la ciudadanía. Es la propia comunidad la que inserta en los cursos contenidos extraídos de su realidad, aplicando el método de Paulo Freire (1921-1997), el pensador y maestro brasileño que revolucionó la educación y fue perseguido por la dictadura militar (1964-1985).

Así, los alumnos debaten e identifican un tema extraído de la propia comunidad para aplicarlo a sus estudios. Luego investigan y acaban desarrollando una página web, un diario comunitario o una radioemisora local, por ejemplo.

Las escuelas se interconectan como una red, en la que las informaciones se intercambian de manera de permitir que las mejores experiencias puedan ser replicadas en el resto.

”Los brasileños hemos tomado el término inglés 'computer' y lo adaptamos para designar a las máquinas de la informática, pero los indígenas no lo aceptaron. Hace poco tiempo, un cacique me llamó para sugerirme un nuevo nombre para la computadora: una palabra indígena que significa 'caja para acumular la lengua'”, relató Baggio.

Según una encuesta reciente, 87 por ciento de los egresados de las escuelas del CDI consideran que su vida mejoró gracias a esos cursos y señalan que muchos de ellos pudieron salir incluso del narcotráfico y empezar una nueva vida.

Otros ejemplos alentadores de la experiencia del CDI muestran a pacientes psiquiátricos de un hospital de Río de Janeiro integrados a un trabajo comunitario, muchos de ellos convertidos en profesores, o aldeas indígenas de la selva amazónica conectadas a Internet.

Replicando la experiencia brasileña, hay centros similares en Angola, Argentina, Colombia, Chile, Guatemala, Honduras, Japón, México, Sudáfrica y Uruguay.

Los logros del CDI en Brasil llegan bastante más lejos que los tímidos pasos gubernamentales, pese al desarrollo de un proyecto oficial de acceso masivo a Internet en la modalidad de banda ancha que ya cuenta con 2.500 antenas instaladas en escuelas y barrios populares.

Buena parte de la tarea de inclusión digital, especialmente en lo que se refiere a Internet, recae en esfuerzos aislados de las alcaldías.

Sin embargo, el coordinador de Proyectos Informáticos del Ministerio de Cultura de Brasil, Claudio Prado, informó en la Cumbre que el gobierno federal cuenta con recursos equivalentes a más de 1.300 millones de dólares del Fondo de Universalización de los Servicios de Telecomunicaciones, que se vienen invirtiendo gradualmente.

Experiencias como la del CDI sintetizan algunos de los valores centrales que promueven estas Cumbres, cuyos debates se centran en los contenidos de la televisión y los juegos electrónicos, la responsabilidad ética y profesional de quienes elaboran programas y el papel que se asigna al público infantil y juvenil de los medios.

La IV Cumbre concluyó este viernes con actos protagonizados por jóvenes y adolescentes. Un grupo de ellos envió una carta a los organizadores protestando por la forma en que se organizó el Foro de los Adolescentes. Los jóvenes deberían haber participado más en los debates principales, decía la carta, al tiempo que solicitaba más espacio en las próximas ediciones.

En la ceremonia de cierre, el joven venezolano Ender Ceballos subió al escenario junto a otros compañeros y reclamó a los participantes de la Cumbre (productores, periodistas, educadores, activistas e investigadores de 70 países) el compromiso de trabajar junto a niñas, niños y adolescentes para producir medios de comunicación de calidad.

”Queremos medios hechos por adultos y adolescentes. No queremos que trabajen para nosotros, sino que trabajemos juntos”, concluyó la joven malasia Marisha Shakil.

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