CHINA: Indiferencia ante cambio de gobernantes

El público permanece indiferente en China ante el congreso quinquenal del gobernante Partido Comunista, que empezará este viernes y dará paso a una nueva generación de líderes en el país más poblado del mundo.

”¿Qué diferencia hay si apoyo a (el actual presidente) Jiang Zemin o a (el vicepresidente) Hu Jintao?”, preguntó Cai, un funcionario público despedido. Se prevé que Jiang, de 76 años, pasará la jefatura del partido a Hu.

”Ni siquiera tengo derecho a protestar si no me gusta ninguno de ellos, para no hablar del derecho a elegirlos”, agregó.

Más de 50 años después que el presidente Mao Zedong proclamara que la era del poder del pueblo había llegado a China, este país permanece gobernado por un sólo partido y las decisiones sobre el futuro de la nación las adopta en secreto un organismo de siete miembros llamado Comité Permanente del Politburó del Partido Comunista.

El congreso que comenzará este viernes en Beijing cederá el poder a una generación de líderes más jóvenes, cuyas carreras comenzaron luego de la fundación de la República Popular China, en 1949.

Si todo sale de acuerdo a lo planeado, cinco de los siete miembros del Comité Permanente del Politburó serán reemplazados, junto con altos oficiales del Ejército de Liberación del Pueblo.

Las transiciones de poder en la China moderna han estado marcadas por la violencia. Cuando Mao murió en 1976, los partidarios del líder reformista Deng Xiaoping protagonizaron un golpe militar y derrocaron a la radical ”Banda de los cuatro”.

El actual presidente Jiang llegó al poder en 1989 en medio de la sangrienta represión del movimiento por la democracia que se manifestaba en la plaza de Tiananmen y de la exclusión del líder liberal Zhao Zeyang.

Pero esta vez, el cambio de poder es excepcional por su paz y orden. De muchas formas, esta estabilidad es lo que desean muchos chinos comunes, que han sufrido décadas de purgas partidarias y campañas políticas violentas.

”Nos importa poco quién venga después de Jiang”, expresó Yang Gong, un ingeniero de 54 años.

”Quienquiera que sea el sucesor, será impuesto por los actuales líderes y se diferenciará poco de ellos. Pero no queremos más crisis ni enfrentamientos políticos, porque ya hemos pasado suficiente”, manifestó.

Sólo algunas decenas de miembros del Partido Comunista tendrán voz en la conformación del nuevo liderazgo, pero el resto de los 1.300 millones de chinos sólo sabrá quiénes son sus nuevos gobernantes cuando éstos salgan de detrás de las cortinas del Gran Salón del Pueblo, al final del congreso.

La condición de meros espectadores del proceso explica por qué la mayoría de los chinos no se interesan por cuestiones políticas. Sin embargo, sí les interesa que los nuevos líderes no se aparten del camino de la apertura y las reformas económicas.

”La vida se ha vuelto tanto mejor en los últimos 20 años… No puedo ni pensar en los viejos tiempos, en que todo estaba racionado”, declaró Ding Shuhui, una vendedora de Beijing.

Ding se refirió a los años previos al lanzamiento de las reformas del extinto Deng Xiaoping para sacar a China de su aislamiento, en un esfuerzo por convertir la economía planificada por el Estado en una economía de mercado.

Veinte años de inversión extranjera y apertura al mundo exterior lograron desde entonces una transformación radical de este país una vez hundido en la pobreza, pero la autocracia del sistema político siguió incambiada y resultó ser un campo fértil para la corrupción y la frustración social.

Mientras la población de grandes ciudades como Beijing y otras de la próspera costa oriental del país -donde los inversores extranjeros han volcado miles de millones de dólares- se siente atendida y apoya en gran medida al gobierno, los habitantes del interior rural se hunden más y más en la pobreza y se atreven a cuestionar a las autoridades.

Además, el alto número de funcionarios despedidos por empresas públicas en el proceso de reestructuración se ha transformado en una gran preocupación para Beijing.

De los 26 millones de trabajadores destituidos desde 1998, apenas 17 millones pudieron encontrar otro empleo.

El alto desempleo y la brecha económica entre la costa y el vasto interior son sólo algunos de los desafíos que esperan a la próxima generación de gobernantes.

Otro desafío es la corrupción gubernamental, que los actuales líderes han combatido en muy escasa medida, sienten muchos chinos.

Los reclamos se escuchan también en Beijing, la sede de los Juegos Olímpicos de 2008, que recibirá el grueso de los fondos gubernamentales para desarrollar infraestructura y mejorar su imagen.

Para trabajadores despedidos como Cai, que vive en una escuálida casita de 30 metros cuadrados con su esposa e hija y debe quemar carbón para calentarse en invierno, el interés sobre el resultado del 16 Congreso del Partido Comunista se limita a tres asuntos.

¿Encontrará un trabajo? ¿Aquellos que roban a los trabajadores despedidos serán castigados? ¿Su nivel de vida será mejor?

”Al final, el cambio de líderes debería beneficiar a la gente común y no a los funcionarios del partido, ¿no?”, preguntó Cai. (FIN/IPS/tra-en/ab/aag/js/mlm/ip/02

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