(Arte y Cultura) MUSICA-PERU: Rock entre Cristo, Satán y los Andes

Los músicos de rock desarrollaron en Perú corrientes singulares: existe una vertiente evangélica, otra satánica, e incluso una que recoge influencias indígenas.

El rock peruano adopta múltiples rostros para adecuarse y expresar a los distintos grupos sociales de un país poliétnico, según Vilma Loli, socióloga y periodista que incursionó en la producción de espectáculos teatrales y musicales.

«Partiendo de las formas originarias, casi diríamos clásicas del rock, como el 'punk' y el 'metalero', hay en Lima versiones subterráneas que se hacen llamar satánicas, otras cristiano evangélicas y hasta un rock andino de sonoridades prehispánicas», anotó Loli.

«Cualquiera que sean sus ritmos o los instrumentos musicales, como ocurre en otras partes del mundo, todos los tipos de rock coinciden en desatar el fenómeno de la euforia física» concluye Loli.

Esta euforia se manifiesta, en Perú como en otros países, con el «pogo», forma tumultuosa de participación en los recitales de rock, que llega a los empujones agresivos pero que en escasas oportunidades desemboca en riñas.

«No es claro si el rock expresa o desata la violencia de su público juvenil y fanático. Ni tampoco si la canaliza o la promueve, pero cuanto mayor es el éxito de un conjunto rockero, mas ululante y agresivo es su auditorio», comentó Loli.

«Si no hay pogo, si la gente no salta y aúlla, el conjunto que toca es un plomazo o un grupo comercial y adocenado, que mejor se vaya a cantar baladas», comentó, por su parte, Antonio «Toño» Vizquerra, guitarrista de rock y desempleado.

Toño es asiduo concurrente de «El Averno», local instalado en una tugurizada casona del centro histórico de Lima donde se cultiva el llamado rock satanico.

El primer ambiente de «El Averno» es una librería durante el día, el segundo es conocido como «El Purgatorio», usado a veces como escenario para recitales de poesía… si los poetas aceptan sentarse, como en un trono, en el blanco retrete sin tapa.

«A la izquierda del Purgatorio está la sala VIP de la pereza, la gula y la lujuria que, como es bien sabido, van siempre juntas. Es el bar para la intoxicación alcohólica, las pausas masticatorias y el espacio para los arrumacos», describió Antonio Angulo.

«Al fondo está la garganta profunda y oscura de El Averno, el patio de los conciertos, donde cada fin de semana son enterrados el silencio y la complacencia para dar paso al ruido y la vitalidad furiosa de un segmento de la juventud limeña», agregó.

«No te asusta mi serpiente/ que se pasea por tu vientre/ mujer boa/ baila y engúllete mi cobra», dice la canción más reclamada por el centenar de espectadores que saltan en «El Averno» agitando dentro del cuerpo un promedio de dos litros de cerveza mientras el guitarreo visceral calcina sus sentidos.

En el otro extremo doctrinario, en general con mucha luz e implacable ley seca, pero con igual capacidad de ruido, se desarrollan los conciertos de rock cristiano.

En el distrito de Bellavista, el ex Cine Monarca, adquirido por la Comunidad Cristiana Cristo Vive para convertirlo en templo, se apela al rock como anzuelo para captar a los jóvenes del barrio.

«Allí, en el ex cine convertido en templo en el que se ora en las mañanas dominicales, en las noches de concierto huele a sudor y a humo de máquina, las guitarras estallan, los tambores retumban y el pogo se arma», dijo el periodista Jorge Olazo.

Porque también en el rock cristiano los conciertos acaban en pogo, aunque Arfaxed, el quinteto local, abre sus conciertos con su canción «No a la violencia».

El adalid del rock en las iglesias evangélicas es Camilo Sotomayor, peruano ex residente en Brasil, donde asistió a conciertos cristianos en estadios deportivos que congregaban hasta 50.000 almas.

Sotomayor organizó en 1999 el Primer Festival de Rock Cristiano con siete grupos de otras tantas iglesias evangélicas, y al año siguiente, con el apoyo de la Municipalidad del distrito de San Miguel, realizó el segundo, en que participaron 13 conjuntos.

«Nosotros queremos llevar nuestro mensaje a los jóvenes, hablando en sus propios lenguajes: si son metaleros, con heavy metal, si son punks con ritmos punks. Pero la música no es un pretexto, sino un medio para llevar el evangelio», afirmó.

«No son tiempos para seguir diciendo 'aleluya' en cada pausa, pero eso no significa que nuestras letras no expongan las vivencias y problemas de los jóvenes», dijo Sotomayor.

Los pastores evangélicos están satisfechos por la asistencia juvenil a los conciertos en sus iglesias, pero se inquietaron el año pasado, cuando Jezreel, el grupo de rock cristiano más antiguo en Lima, decidió tocar en escenarios comerciales de Barranco, el barrio prostibulario de Lima.

«Pero finalmente se tranquilizaron, tal vez porque advirtieron que sonábamos como las otras bandas, pero manteníamos nuestras antiguas letras», cuenta el cantante Rubén Sánchez.

Otro conjunto, de la iglesia Campeones para Cristo, se llama Adictos, un nombre más afín al rock metalero pero que significa «Adoradores Del Inmortal Cordero Todos Obedeceremos Siempre».

Existe también en Perú un rock andino, practicado por Upcha (que significa, en quechua, «cenizas de fuego»). Es el primer grupo que, por lo menos en Lima, canta y graba rock en quechua, y que ya lleva su tercer disco.

A las convencionales guitarras y baterías se suman dos campesinos indígenas que desgarran el tiempo con sus telúricas trompetas de cuerno, los «waqrapukus».

El líder y compositor de Upcha, Freddy Ortiz, se defiende de las acusaciones de «exotismo comercial» recordando que el cantante y compositor estadounidense Paul Simon grabó con un grupo folklórico cusqueño e incluso una versión de la legendaria pieza «El cóndor pasa». (FIN/IPS/al/mj/cr/01

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