JAPON: Una potencia económica que no logra poder político mundial

La lentitud de Japón para cambiar las tradiciones frena sus aspiraciones de ser un actor de primera línea en la escena mundial, y es acompañada por creciente cinismo de la población acerca de la política, dijeron expertos en un seminario realizado en Washington.

En el seminario se discutieron cambios sociales y políticos en Japón durante los últimos 10 años, un período al cual algunos llamaron «la década perdida» de un país con gran poder económico pero incidencia relativamente escasa en la diplomacia internacional.

«La complacencia de Japón consigo mismo es el más grave de sus problemas», afirmó Yoichi Funabashi, analista de política exterior del diario japonés Asahi Shimbun, en el encuentro de Washington, organizado la semana pasada por la Fundación Sasawaka para la Paz, con sede en Tokio.

El papel de Japón en el escenario mundial aún se asocia sobre todo con una «diplomacia de libreta de cheques», por su condición de mayor donante de asistencia al desarrollo.

En la última década la política exterior japonesa fue más activa y flexible, e incluyó intervenciones clave para negociaciones de paz en Camboya, en foros regionales como el de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), y en la negociación entre Corea del Sur y Corea del Norte.

Pero en el mismo período Tokio sufrió importantes reveses, sobre todo cuando su esfuerzo para impulsar la paz y el desarme nuclear en Asia fue frustrado por ensayos de armas atómicas realizados por India y Pakistán en mayo de 1998, apuntó Funabashi.

La crisis del Golfo Pérsico, iniciada el 3 de agosto de 1990 con la invasión de Iraq a Kuwait, y seguida por la guerra contra Iraq en febrero de 1991, fue un duro despertar para los japoneses, quienes descubrieron que su riqueza económica no se traducía en poder político internacional.

Al mismo tiempo, la iniciativa de Japón para transformarse en el sexto miembro permanente con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, junto con China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia, perdió impulso y se detuvo.

La «parálisis» japonesa, a la cual se refirió en el seminario Alan Romberg, del Centro Henry Stimson, le impidió impulsar cambios para adaptarse a la época contemporánea con la misma rapidez que China, su gran rival regional.

Los japoneses han visto con estupor cómo Corea del Sur, India y otros países asiáticos los superaron en el desarrollo de tecnología para Internet, la red mundial de computadoras.

Además, la diplomacia regional de Tokio aún enfrenta delicados problemas, por el recuerdo de atrocidades cometidas por las Fuerzas Armadas japonesas durante la Segunda Guerra Mundial.

Al mismo tiempo, el país tiene dificultades económicas internas, y su producto interno bruto creció uno por ciento anual, en promedio, de 1991 a 1999, un desempeño que Funabashi consideró «patético».

En la actualidad, la economía japonesa sigue abatida, pese a esfuerzos para reactivarla, y la tasa de desempleo llegó en septiembre a 4,7 por ciento, un porcentaje sin precedentes en muchos años.

Funabashi sostuvo que Japón carece de dinamismo político, y que su «capacidad en las áreas de comunicaciónes e infraestructura son inadecuadas para las exigencias de la actual globalización de la economía mundial».

«El poder unidimensional de Japón, proyectado mediante la diplomacia basada en lo económico y el énfasis en cuestiones vinculadas con la administración de empresas, se hizo obsoleto hace tiempo, y el país debe encontrar una nueva dinámica para su política exterior», enfatizó.

Sin embargo, Michael Mochizuki, presidente del departamento de Relaciones entre Japón y Estados Unidos de la Facultad de Asuntos Internacionales de la Universidad George Washington, sostuvo que los años 90 fueron productivos para los japoneses.

Tokio jugó un papel clave en la creación del APEC y llevó adelante «pasmosas iniciativas de política exterior para alcanzar su principal objetivo: un ambiente acorde con sus intereses de seguridad», indicó.

«Los japoneses avanzaron hacia la creación de una arquitectura regional que prevenga nuevos brotes de inestabilidad económica en Asia, sin poner en peligro sus relaciones con Estados Unidos», que fueron «fortalecidas» tras el fin de la llamada Guerra Fría en 1991, apuntó.

Pero Mochikuzi admitió que en los últimos años, cambios en el orden mundial pusieron bajo tremenda tensión a la diplomacia japonesa, y debilitaron la confianza de Tokio en su tradicional estilo de conducir las relacional internacionales.

Desde mediados de los años 90, Japón vio con incomodidad cómo Washington forjó una asociación estratégica con Beijing, que puso en tela de juicio su antigua posición como socio privilegiado de Estados Unidos en la región.

De todos modos, Mochikuzi dijo que hay señales alentadoras de cambio en Japón, en especial en lo vinculado con el carácter de las disculpas públicas por su conducta durante la Segunda Guerra Mundial, y con el reconocimiento en libros de texto y documentos oficiales de que ese país fue una parte agresora en el conflicto.

Los problemas económicos y sociales japoneses son muy importantes, pero «la cuestión central es política», opinó Funabashi.

El «triángulo de hierro» formado por empresarios, políticos y empleados del gobierno mantiene su forma tradicional de actuar, mientras se producen grandes cambios en la región y en el mundo, explicó.

«La gente parece ser cada vez más cínica, porque sus expectativas se han frustrado en muchas ocasiones», observó.

El desencanto de la población se expresa en la escasa aprobación registrada en encuestas sobre el gobierno del actual primer ministro, Yoshiro Mori, quien sobrevivió hace poco a un intento de destituirlo por parte de ex aliados políticos.

En los últimos 10 años, Japón tuvo nueve primeros ministros, y Funabashi predijo que a fines de 2001 la suma aumentará a 10 u 11.

«En los últimos tiempos, el pueblo japonés considera a la política como algo irrelevante, y desean que los problemas políticos no los distraigan de sus intereses cotidianos», comentó el analista.

Una nueva generación más activa, cosmopolita y atenta a los problemas internacionales emerge en la sociedad, pero «carece de líderes políticos», y «es probable que no se registren cambios en la dinámica del liderazgo político en los próximos siete años», pronosticó.

Funabashi integró la comisión nombrada por el anterior gobierno de Japón para establecer objetivos nacionales y desafíos para el siglo XXI.

Entre los desafíos señalados estuvieron la globalización de la economía, insuficiencias de capacitación integral, el rápido aumento del promedio de edad de la población y la creciente competencia china.

Dos recomendaciones muy discutidas del informe final de la comisión fueron una política más abierta a la inmigración y que el inglés fuera adoptado como segundo idioma oficial del país.

Según Funabashi, Mori aún no ha leído ese informe. (FIN/IPS/tra- eng/www-js/js/ego/np/mp/ip if cr00)

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