El sistema educativo de Japón afronta una reforma que apunta a desarrollar la personalidad de los alumnos, luego de años en que su principal objetivo era la formación de los incansables y leales trabajadores que convirtieron este país en la segunda economía mundial.
«Japón está tomando la reforma muy en serio, porque la sociedad se globaliza y el sistema actual no responde a las nuevas necesidades nacionales», aseguró Satoshi Ashidate, asesor en materia educativa del primer ministro Yoshiro Mori.
Un panel de expertos y personalidades, entre ellos intelectuales y deportistas, propuso cambios audaces en 17 áreas educativas desde el ciclo preescolares hasta la enseñanza secundaria.
«Hasta ahora, la educación japonesa ha puesto demasiado énfasis en el aprendizaje, un sistema que suprime la creatividad de los niños. El principal propósito de la reforma es convertir la escuela un lugar que permita a los alumnos desarrollar su personalidad», explicó Ashidate.
En un intento por acabar con la tradicional avalancha de textos que se cierne sobre los niños, la reforma incluye programas más flexibles, atención a la ética y un nuevo enfoque sobre la historia y cultura japonesa en un intento por fortalecer la identidad nacional.
Además, el Ministerio de Educación anunció nuevas partidas presupuestales para la enseñanza de tecnología informática, el aprendizaje fuera de la clase y la admisión de estudiantes extranjeros.
Algunas de esas reformas ya están en marcha. Shinagawa, en Tokio, se convirtió en abril en la primera municipalidad en que los padres pueden elegir la escuela primaria pública a la que asistirán sus hijos, sin estar obligados a registrarlos en la más cercana a sus hogares.
Este tipo de medidas no contribuirá, sin embargo, a resolver algunos problemas acuciantes de las encuestas japonesas, como las ausencias, las deserciones y la violencia de las pandillas, según críticos.
En 1999, 130.208 alumnos de la enseñanza básica y secundaria faltaron a clase más de 30 días, más de los 126.692 del año anterior.
Las ausencias no descendieron, sino que aumentaron, porque la reforma «no toma en cuenta el punto de vista de los chicos», dijo Keiko Okuchi, directora de Tokio Shule, una escuela fundada hace 15 años que reniega del sistema tradicional.
Profesores y padres cuestionan la obligatoriedad de los servicios comunitarios que deben cumplir alumnos de la escuela primaria y de la enseñanza secundaria, impuesta por las últimas reformas.
Estos servicios implican que los escolares vivan juntos en el mismo lugar dos semanas y realicen servicios comunitarios, y que los estudiantes de secundaria trabajen un año en granjas, establecimientos forestales y asilos de ancianos.
El objetivo de la propuesta es involucrar a los jóvenes en la comunidad. Pero muchos estudiantes, como Kenicho Tanaka, de 19 años, no quiere ser obligada a realizar comunitarias. «Si el objeto es infundir el espíritu de voluntariado, ¿cuál es el sentido de obligarnos?», preguntó Tanaka.
Tanaka rechazó los sistemas escolares regimentados y se registró en la Tokio Shule, donde no hay un programa fijo ni horarios establecidos.
Los maestros enseñan a los alumnos según los distintos ritmos de aprendizaje de cada uno, en materias que van del lenguaje a las matemáticas, pasando por una gran variedad de actividades como artes, deportes y construcción.
Pero Atshushi Inaba, del Ministerio de Educación, dijo que el trabajo comunitario debía concebirse como cualquier otra asignatura, dado que los niños japoneses no ayudan a sus padres en las tareas domésticas y tampoco son alentados por sus familias a participar en servicios sociales.
El diario Mainichi Shinbun elogió la introducción de las reformas, pero advirtió que una de las iniciativas, separar a los alumnos «problemáticos» del resto de la clase, podría originar la exclusión de esos niños.
El periódico también advirtió que no hubo suficiente debate sobre las reformas entre los diferentes sectores de la sociedad japonesa.
En ese mismo sentido, Okuchi señaló que las reformas debían construir una relación de confianza mutua entre maestros y estudiantes, y no limitarse a aumentar la cantidad de asignaturas.
Sumiko Terada, asistente social y ex maestra del sistema público, explicó que los chicos se sienten obligados a asistir a la escuela, y que esa actitud debe cambiarse para que la escuela vuelva a ser un lugar entretenido.
«Los chicos se rehúsan a concurrir a la escuela o manifiestan violencia dentro de ella porque existen demasiadas reglas que deben cumplir», explicó. (FIN/IPS/trad-eng/sk/js/ego/mj/ed/00


