El vicepresidente Al Gore y el gobernador de Texas George W. Bush aparentan tener más acuerdos que discrepancias en materia de política exterior, aunque ésta ha jugado un papel muy menor en la actual campaña presidencial de Estados Unidos.
Sin embargo, ese acuerdo es superficial y encubre diferencias profundas en la forma en que cada candidato enfocaría las relaciones de Washington con el resto del mundo en los próximos cuatro años.
Es probable que el postulante demócrata Gore, profundamente involucrado en política exterior desde que ingresó al Congreso hace 24 años, defienda más los intereses y valores de Estados Unidos en el extranjero, principalmente a través de mecanismos multilaterales como las Naciones Unidas y el Banco Mundial.
También está más comprometido que el candidato republicano Bush con «cuestiones globales» en materia de ambiente (en especial el recalentamiento del planeta), salud, población y derechos laborales que requieren cooperación multilateral.
Los principales asesores de Bush, en cambio, tienden a considerar la política exterior en términos tradicionales de relaciones entre estados nacionales.
Bush, cuya experiencia diplomática se limita al trato con gobernadores de estados mexicanos vecinos de Texas, muestra una mayor renuencia que Gore a comprometer tropas estadounidenses en el exterior y a respaldar instituciones multilaterales.
Además, es partidario del libre comercio sin ninguna restricción de normas ambientales o laborales ni sanciones contra aquellos gobiernos que violen los derechos humanos.
En reflejo del aislacionismo de muchos republicanos, Bush tiene inclinaciones unilateralistas, lo cual se refleja en su oposición al Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares y al Protocolo de Kyoto sobre recalentamiento planetario, ambos defendidos con firmeza por Gore.
Así mismo, Bush promueve un costoso sistema nacional de defensa antimisiles y el retiro de las tropas estadounidenses de la misión de paz de la OTAN en los Balcanes, al contrario de Gore y de los aliados europeos de Washington.
A escala regional, ambos candidatos concuerdan en que Europa, Medio Oriente y Asia oriental son las prioridades estratégicas, pero Bush es menos propenso a cortejar a China a expensas de las relaciones con Japón y Taiwan, más crítico hacia Rusia y más receptivo hacia los árabes en el conflicto árabe-israelí.
El compañero de fórmula de Bush, Dick Cheney, quien previsiblemente sería el principal asesor de política exterior, criticó abiertamente el empleo de las sanciones económicas desde la presidencia de Halliburton Co., una enorme compañía de gas y petróleo de Texas.
Después de esas áreas estratégicas, Bush considera una prioridad a América Latina, con la que espera concretar un amplio acuerdo de libre comercio, mientras Gore, siguiendo la línea del actual presidente Bill Clinton, se inclina más a resaltar la importancia de Africa en el orden mundial, al menos en su discurso.
En ausencia de una amenaza clara desde el extranjero, la política exterior casi no figuró en la campaña electoral hasta ahora, y cuando apareció, como en un segmento de media hora del segundo debate de Bush y Gore, éstos trataron de disimular sus diferencias.
Por ejemplo, Bush destacó en varias ocasiones su respaldo a los esfuerzos de Clinton por reanudar el proceso de paz en Medio Oriente y debilitar al ex presidente de Yugoslavia, Slobodan Milosevic.
Por su parte, Gore resaltó que sigue siendo un «radical» con respecto a Cuba y, como Bush, se opone a aliviar el embargo comercial establecido hace 38 años.
Durante el debate, Gore afirmó que Clinton estuvo bien en no intervenir militarmente en el genocidio de Ruanda, «pese a lo desgarrador que fue».
Ambos candidatos se manifestaron partidarios del alivio de la deuda de los países más pobres, aunque Bush destacó que lo condicionaría a reformas económicas.
Bush discrepó con Gore en cuanto a la sensatez de la intervención militar de Estados Unidos en Haití en 1994 para restaurar al presidente elegido democráticamente, y sugirió que fue un mal uso del ejército nacional por parte de Clinton.
No está claro en qué medida esas posiciones tienen fines electorales o reflejan la visión personal de los candidatos. De todos modos, la aplicación real de ambas visiones depende de qué partido obtenga el control de ambas cámaras legislativas.
Se prevé que los republicanos retendrán una estrecha mayoría en el Senado, pero la Cámara de Representantes está muy disputada. Una mayoría de cualquiera de los partidos en la cámara baja dificultaría mucho las cosas para el presidente del otro partido.
A primera vista, ambos candidatos ven el mundo de manera similar.
Tanto Gore como Bush nacieron durante el «baby boom» (crecimiento explosivo de la natalidad tras el fin de la segunda guerra mundial) en el marco de familias de tradición política y estudiaron en prestigiosas universidades privadas de Nueva Inglaterra durante la guerra de Vietnam.
El actual vicepresidente, quien fue a Vietnam pero se opuso a la guerra, procede del ala más conservadora del Partido Demócrata, particularmente en materia de política exterior.
Defensor de altos presupuestos de defensa, Gore respaldó a los ex presidentes Ronald Reagan y George Bush (padre) en las invasiones a Granada en 1982 y a Panamá en 1989, y fue uno de los pocos demócratas que autorizaron desde el Senado la guerra con Iraq durante la crisis del Golfo, en 1990.
Los antecedentes familiares de Bush se encuentran en el ala moderada e internacionalista del Partido Republicano.
Los internacionalistas republicanos y los demócratas conservadores forjaron un consenso en materia de política que duró la mayor parte de la guerra fría.
El consenso consistió en el anticomunismo, altos presupuestos militares, despliegue de fuerzas en Europa y Asia, fuerte respaldo a Israel y a países árabes proestadounidenses productores de petróleo, y apoyo a foros multilaterales dominados por Occidente y al libre comercio.
Pero el fin de la guerra fría implicó grandes desafíos para ese consenso, en especial para los republicanos del Congreso, donde las fuerzas aislacionistas y unilateralistas son dominantes desde 1994.
El fin de la guerra fría también influyó en los demócratas, quienes, como Gore, se han vuelto más intervencionistas, en particular en nombre de los derechos humanos y la democracia.
Sin embargo, a diferencia de los republicanos, tienden a favorecer el trabajo a través de foros multilaterales como las Naciones Unidas.
Al mismo tiempo, se han vuelto más críticos hacia el libre comercio sin control alguno, lo que forzó a Gore a prometer condiciones ambientales y laborales en todos los futuros acuerdos comerciales.
Los cargos de política exterior en un eventual gobierno de Bush estarían dominados por veteranos de la administración de su padre.
Los analistas creen que el general retirado Colin Powell, jefe del Estado Mayor Conjunto durante la guerra del Golfo, sería secretario de Estado, mientras Condoleeza Rice, especialista en asuntos rusos durante la presidencia de Bush padre, ocuparía la asesoría nacional de seguridad.
El candidato republicano a la vicepresidencia, Cheney, fue secretario de Defensa durante la administración de Bush.
Por otra parte, Gore extraería sus talentos de política exterior de la actual administración de Clinton.
Varios observadores creen que el actual embajador ante las Naciones Unidas, Richard Holbrooke, es el favorito para la cancillería, y que el secretario del Tesoro Larry Summers permanecería en el cargo.
El asesor de seguridad nacional de un eventual gobierno demócrata casi seguramente sería Leon Fuerth, un ex funcionario del Departamento de Estado que ha sido el principal asesor de política exterior de Gore durante más de una década. (FIN/IPS/tra- en/jl/da/mlm/ip/00


