SÍDNEY – Al igual que en comicios anteriores, las últimas elecciones nacionales israelíes no ofrecieron a la población una opción real. Tuvieron que elegir entre sionistas malos y sionistas buenos.
Por lo tanto, como era de esperar, no hay un ganador claro: los dos principales bloques están muy igualados, como de costumbre. La única diferencia esta vez es el peso electoral de los árabes.
Al unirse y acudir a las urnas en cifras récord, la coalición árabe se hizo con 19 escaños (casi el doble de los 10 que obtuvo en 2022), frente a los 53 del bloque liderado por Benjamin Netanyahu y los 48 del bloque opositor liderado por Gadi Eisenkot.
Ninguno de los bloques cuenta con una mayoría suficiente para gobernar, por lo que muchos miran al bloque árabe como el factor decisivo, ya sea uniéndose formalmente a él o apoyando a uno de los bloques en las mociones de censura y en los proyectos de ley de presupuesto.
Pero se encuentran ante un dilema, atrapados entre la espada y la pared.
El sionista malo y el sionista bueno
El genocidio de Gaza y la violencia sin precedentes de los colonos, patrocinada por el Estado, han convertido a Netanyahu y a sus socios de coalición de extrema derecha en malos sionistas. Se han vuelto indefendibles para los llamados amigos sionistas liberales del Israel del apartheid.

Por eso, han depositado sus esperanzas en un buen sionista: el general retirado Gadi Eisenkot. Para ellos, el general Gadi Eisenkot es un buen sionista, no porque vaya a detener el genocidio de Gaza o la limpieza étnica de la Cisjordania ocupada, sino porque, al parecer, lo gestionará mejor o hará que la cara más fea del sionismo sea menos visible para el mundo.
Así pues, en vísperas de las elecciones israelíes del 27 de octubre, los sionistas liberales declararon que estas serían «las más trascendentales» de la historia de Israel.
Sin embargo, no existe ningún «buen sionista» para los palestinos ni para los árabes.
El llamado «buen sionista» Eisenkot formó parte del gobierno de Netanyahu durante ocho meses, en plena época del genocidio de Gaza. No dimitió porque se opusiera al genocidio de Gaza; solo discrepaba de Netanyahu en cuestiones de estrategia.
Por lo tanto, es responsable de una larga lista de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Eisenkot era jefe del Estado Mayor del ejército israelí cuando los soldados israelíes masacraron a casi 200 palestinos desarmados en Gaza en 2018.
Se le atribuye ser el artífice de la «Doctrina Dahiya» del ejército israelí, que aboga por el uso desproporcionado de la fuerza contra la población civil. Eisenkot se opone a la creación de un Estado palestino, quiere perpetuar el sistema de apartheid de Israel y apoya los asentamientos ilegales israelíes en la Cisjordania ocupada.
El socio de coalición de Eisenkot, el ex primer ministro Naftali Bennett, se inició en la política como jefe de gabinete de Netanyahu. Sirvió en las unidades de fuerzas especiales Sayeret Matkal y Maglan de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y fue acusado de estar implicado en la masacre de más de cien civiles libaneses en Qana en 1996.
Bennett ha pedido abiertamente la ejecución extrajudicial de palestinos, mientras que, según se informa, le dijo a un asesor de seguridad nacional: «Si capturas a terroristas (es decir, a un palestino), simplemente tienes que matarlos».
El otro socio de coalición de Eisenkot, Avigdor Liberman, un antiguo ministro de Netanyahu, ha defendido que los ciudadanos de Israel deberían firmar un juramento de lealtad o perderían su derecho al voto.
Lieberman justificó la muerte de al menos 189 manifestantes palestinos desarmados durante la Gran Marcha del Retorno en abril de 2018 afirmando que «no hay inocentes en Gaza».
Otro socio de coalición de Eisenkot, el general Yair Golan, considerado el más «de izquierdas», fue anteriormente jefe adjunto del Estado Mayor del ejército. Ha sido uno de los defensores más acérrimos de los crímenes genocidas contra los palestinos en Gaza.
El 13 de octubre de 2023, Golan declaró en una entrevista con Ynet: «En primer lugar, hay que cortar todos los suministros eléctricos a Gaza. Creo que en esta batalla está prohibido permitir cualquier iniciativa humanitaria. Tenemos que decirles: escuchad, hasta que los (rehenes) sean liberados, por nuestra parte, podéis morir de hambre. Es totalmente legítimo».
Así, Golan se hizo eco de la infame declaración del ministro de Defensa, Yoav Gallant, de que Gaza no recibiría «ni electricidad, ni comida, ni gas» porque Israel está «luchando contra animales humanos y actuará en consecuencia».
Por lo tanto, la coalición liderada por Eisenkot no puede ofrecer ninguna esperanza a los palestinos. Si el malvado sionista Netanyahu es una roca, la coalición anti Netanyahu liderada por Eisenkot es una pared para ellos.
No hay sionistas buenos
Simplemente no hay sionistas buenos. Como dice la moción recientemente aprobada por el Partido Verde del Reino Unido, el sionismo es una forma de racismo. El ganador del Premio Pulitzer Benjamin Moser, un niño judío hijo de supervivientes del Holocausto, desveló la cruda verdad sobre el sionismo en su libro, fruto de una rigurosa investigación, titulado «Antisionismo: una historia judía».
Otro hijo de supervivientes del Holocausto, el politólogo Norman Finkelstein, se ha mostrado más crítico con el proyecto sionista, tal y como se recoge en sus diversos libros, siendo el más reciente «Los sepultureros de Gaza: una investigación sobre la corrupción en las altas esferas».
Su investigación ha sacado a la luz el lado más oscuro del proyecto sionista: el Estado de apartheid de Israel.
El diablo que conoces y el diablo que no conoces
El recién descubierto poder árabe será más eficaz si acelera la caída del Estado del apartheid. Esto solo puede suceder si el diablo conocido, Netanyahu, permanece en el poder y se entierra la ilusión del «buen sionismo». Netanyahu no es el problema, como intentan presentar los llamados sionistas liberales; el problema es el propio proyecto sionista.
El diario estadounidense The New York Times insiste en que «Israel siempre ha sido dos cosas: un Estado judío y una democracia liberal». No hay que dejarse engañar por eslóganes tan bonitos. Un Estado de apartheid no puede ser una democracia liberal. Es un oxímoron, una contradicción en sí misma.
Anis Chowdhury es catedrático emérito de la Universidad del Oeste de Sídney (Australia). Ocupó altos cargos de la ONU en Bangkok y Nueva York y ejerció como asistente especial del asesor jefe de Finanzas en el gobierno provisional de Bangladés, liderado por el profesor Muhammad Yunus.
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