KAUTOKEINO, Noruega – Los samis, la última comunidad indígena reconocida de Europa, se han enfrentado a amenazas a su existencia a lo largo de la historia. En 2025, Noruega se disculpó por su política de asimilación forzosa tras las conclusiones de un informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, y en septiembre de 2026 se ha instado a Suecia a hacer lo mismo.
A pesar de la creciente conciencia sobre cómo se han visto amenazadas su cultura y sus medios de subsistencia, su precario modo de vida se ve de nuevo amenazado, irónicamente por algo que suele considerarse positivor: la «revolución verde».
Kautokeino, en el extremo norte de Noruega, se percibe como la capital de Sápmi, la patria del pueblo sami.
La región, también conocida como Laponia, se asocia con la cordillera escandinava y los vastos territorios que recorren los renos. Gran parte de ella se encuentra por encima del Círculo Polar Ártico, extendiéndose a lo largo de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola, en Rusia.
En Kautokeino, 95 % de la población es sami o lapón, y el sami del norte es la lengua principal. La población total de los samis se calcula en más de 80 000 personas, que se extienden por Noruega, Suecia, Finlandia y la región rusa de Kola, en orden decreciente.
Uno de cada dos habitantes posee renos. También es el caso del presidente del consejo municipal de Kautokeino, Anders S. Buljo, quien en su día trabajó a tiempo completo en el medio de vida tradicional de los samis, el pastoreo de renos, del que ahora se encarga su hijo.
«En estos momentos, los renos se encuentran en las montañas más altas, cerca de la costa y en las islas», explica Buljo, de pie en la cima de una colina con una vista de 360 grados sobre el vasto paisaje.
En septiembre, los renos se desplazan hacia el interior, a sus pastos de invierno. Los sami eran antiguamente nómadas y seguían los movimientos estacionales de los renos por el paisaje.
La cría de renos sigue estando profundamente entrelazada con la cultura sami, y tanto los samis que se dedican a la cría de renos como los que dependen de la caza y la pesca mantienen un fuerte vínculo con la naturaleza y tienen como principal religión el animismo.
Más allá de las casas agrupadas en el asentamiento, el paisaje permanece prácticamente intacto: decenas de kilómetros de tundra y colinas onduladas salpicadas de árboles bajos, marismas, lagos y arroyos que fluyen. Las montañas redondeadas y áridas se extienden hacia el horizonte, donde los picos más altos permanecen cubiertos de nieve y hielo durante todo el año.
Los renos eran antiguamente salvajes, y los samis los cazaban con arcos, flechas y lanzas. Todavía se pueden encontrar en el terreno vestigios de fosas de captura, utilizadas durante miles de años.
Con el tiempo, los samis comenzaron a reunir a los renos en rebaños en determinadas épocas del año, separándolos y sacrificando a los animales seleccionados.
A medida que los samis quedaron bajo la administración estatal, se establecieron comunidades samis dedicadas al pastoreo de renos. Cada una cuenta con cientos o miles de renos, pero los obstáculos a los que se enfrenta este medio de vida no dejan de aumentar.
«La energía eólica, las minas y los complejos turísticos ocupan cada vez más espacio. Al menos aquí, el turismo es manejable, ya que no hay grandes estaciones de esquí», afirma Buljo.
La silvicultura, la agricultura, la minería, la construcción, la energía hidroeléctrica, las pistas para motos de nieve, los sistemas de remontes y una red cada vez mayor de carreteras y ferrocarriles están afectando cada vez más a la región de Sápmi y sus habitantes ancestrales.
Los helicópteros transportan a cazadores y esquiadores a las montañas, y en Suecia está permitido esquiar desde las cimas de las montañas tras llegar en helicóptero.
«Es increíble lo poco que se sabe sobre los sami y los pueblos indígenas, sobre todo más al sur. Tenemos que fomentar la comprensión», afirma Buljo.
El parque eólico de Fosen es un ejemplo revelador. En 2021, el Tribunal Supremo de Noruega dictaminó que los aerogeneradores construidos allí eran ilegales porque vulneraban el derecho de los pastores de renos a practicar su cultura.
«Primero construyen y luego hacen preguntas. Los tribunales determinaron que se trataba de una violación de los derechos humanos. Pero los aerogeneradores siguen ahí», detalla Buljo.
Al igual que ocurrió con los pueblos indígenas de las Américas, los Estados-nación desplazaron por la fuerza a los sami mediante la violencia y la legislación.
«Esto continuó hasta la década de 1970. Hoy en día seguimos observando tendencias similares, como demuestra el caso de Fosen», rememora el presidente municipal.
Todo lo relacionado con la «transición verde» suele presentarse como algo intrínsecamente positivo. Sin embargo, tras la retórica se esconden los intereses económicos de los Estados y las empresas.
«¿Hasta qué punto es realmente verde la transición? Cuando se haya extraído el último mineral de las montañas y se haya instalado un aerogenerador en la última cima, no habrá motivo para quedarse», lamenta Buljo.
No obstante, su municipio puede influir en la dirección del desarrollo y, por ejemplo, impedir la apertura de minas.
«En 2019, el Tribunal Supremo noruego reconoció la cría de renos como un uso tradicional del territorio, lo que mejoró su situación jurídica. Y en Noruega hemos avanzado un poco más que en Suecia y Finlandia».
En 1979, Karesuando el festival Davvi Suvva, que reunió a pueblos indígenas de todo el mundo. En el discurso de apertura, conservado en el documental «We Are All Brothers and Sisters (Todos somos hermanos y hermanas)», el portavoz de los samis, Oula Näkkäläjärvi, dijo: «Nosotros, los pueblos indígenas, tenemos una cosa en común: queremos vivir en armonía con la naturaleza, y podemos hacerlo».
Esa convicción sigue vigente. Sin embargo, el progreso tecnológico y el crecimiento económico están transformando vidas en todas partes, con profundas consecuencias para los pueblos indígenas. El precio del llamado «desarrollo» es una crisis climática cada vez más grave.
Por encima del Círculo Polar Ártico, los cambios son cada vez más visibles: inviernos más suaves, veranos más cálidos y glaciares en retroceso. La flora y la fauna se están viendo afectadas ante nuestros ojos.
Noruega y Dinamarca se encuentran entre los 24 países que han ratificado el Convenio sobre los pueblos indígenas y tribales de 1989, el 169, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Ni Suecia ni Finlandia han firmado este instrumento clave para la protección de los derechos de los pueblos indígenas.
El genocidio de los pueblos indígenas en América del Norte comenzó con la colonización y se prolongó hasta bien entrado el siglo XX.
Pero tampoco Estados Unidos y Canadá han ratificado el Convenio 169 de la OIT.
En los países nórdicos europeos, los sami no opusieron resistencia armada. Al vivir dispersos por toda la región, fueron expulsados gradualmente de las tierras que habían habitado durante milenios.
En Noruega, una Comisión de la Verdad y la Reconciliación trabajó entre 2018 y 2023. Además de una disculpa oficial al pueblo sami, se han adoptado medidas concretas.
La Comisión de la Verdad y la Reconciliación de los sami de Finlandia publicó su informe en diciembre de 2025. En Suecia, la Comisión de la Verdad para el pueblo sami presentó su informe el 30 de septiembre de 2026.
Entonces, el auditorio de la Universidad de Mid Sweden, en Östersund, sede del campus y una ciudad de la región media de Suecia, estaba abarrotado. Cientos de sami habían viajado desde toda la región de Sápmi para presenciar un momento histórico, uno que muchos esperaban que marcara el comienzo de algo nuevo.
«La política de asimilación de Suecia ha tenido mucho éxito», afirma Marja-Kristin Skum, con un tono ligeramente irónico.
Skum es sami, propietaria de renos, profesora e investigadora lingüística en la Universidad de Ciencias Aplicadas de los Samis, en Kautokeino.
Como parte del trabajo de la Comisión de la Verdad, entrevistó a personas dispuestas a compartir sus experiencias. La mayoría tenía entre 60 y 70 años, pero incluso los niños prestaron testimonio. Los relatos dejan pocas dudas de que las políticas estatales han dejado profundas cicatrices.
«Esta es la verdad. Pero, ¿cómo es la reconciliación? No se trata solo de nosotros, los sami. La población mayoritaria y el Estado también tienen trabajo por hacer. ¿Cómo vamos a reparar todo el daño que se ha causado? Esta herida nunca ha sanado», afirma Skum.
Aunque las políticas de Noruega, Finlandia y Suecia han sido diferentes, los tres países se enfrentan a muchas de las mismas cuestiones sobre su pasado y su presente.
Liv Inger Somby, rectora de la Universidad Sámi de Ciencias Aplicadas de Kautokeino, recorrió más de 1000 kilómetros hasta Östersund para asistir a la presentación del informe sueco, que reclama «una disculpa oficial, una indemnización y una reparación nacional por las injusticias históricas».
«Por supuesto, lo que está ocurriendo en Suecia también se sigue de cerca en Noruega. En esencia, no tenemos fronteras en Sápmi, y debemos seguir trabajando más allá de los límites nacionales. Es muy importante que nos mantengamos unidos y fuertes», afirma Somby.
A partir del siglo XVIII, a los agricultores del sur de Suecia se les concedieron tierras en el norte, donde la madera, la plata, el mineral de hierro, el oro y otros recursos naturales esperaban ser explotados.
Además, desde la década de 1950, se construyeron numerosas centrales hidroeléctricas con enormes presas, que sumergieron grandes extensiones de tierra bajo el agua.
Hasta bien entrado el siglo XX, a los sami se les impedía hablar su propia lengua y se les prohibía practicar su religión y espiritualidad, ambas profundamente entrelazadas con la naturaleza y el paisaje.
En la década de 2020, la cultura sami está experimentando lo que algunos describen como un «auge», con una creciente visibilidad en el cine, la literatura y la música, y un mayor reconocimiento en el ámbito cultural.
Ol-Ánte Sikku, presidente de la Fundación Gaaltije, un centro cultural y museo del pueblo sami del sur situado en Östersund, reflexiona sobre lo que vendrá después.
«No se puede repetir una comisión de la verdad, y su informe no puede simplemente dejarse en un cajón. Tiene que salir algo de ello. Si no ocurre ahora, nunca ocurrirá», afirma.
Sikku también señala que el clima político y social se ha vuelto más hostil desde que la comisión comenzó su labor.
«Con la minería y la explotación de recursos, la ‘transición verde’, la defensa, el rearme y las iniciativas espaciales, los intereses de los sami pueden verse como obstáculos», plantea.
Cuando los líderes políticos sugieren, de forma implícita o explícita, que los sami se interponen en el camino del desarrollo, avivan la hostilidad.
Queda por ver si la Comisión de la Verdad de Suecia dará lugar a medidas concretas. Su informe pasa ahora a manos de un nuevo gobierno. Suecia celebró elecciones parlamentarias el 13 de septiembre, pero las negociaciones para formar gobierno pueden llevar tiempo.
Se espera que una posible coalición de izquierda, verdes y centro haga mayor hincapié en la protección del medioambiente que el gobierno de derecha saliente. Sin embargo, los intereses económicos siguen teniendo un peso considerable.
La presión sobre Sápmi es intensa. Las propuestas y solicitudes van desde la ampliación de sistemas de remontes de esquí hasta grandes parques eólicos y minas. Incluso las empresas extranjeras pueden obtener permisos para realizar perforaciones de prueba.
A menudo se describe a Suecia como un país cubierto de bosques, pero 90 % es terreno gestionado, plantado con abetos o pinos y talado tras un periodo de entre 80 y 120 años.
Hay un dicho sami que dice: «Si los samis cuidan de los renos, los renos cuidan de los samis».
En la actualidad, esta relación implica mucho más que el trabajo práctico del pastoreo. Para las comunidades saami dedicadas al pastoreo de renos, también supone una lucha constante a través de procesos legales y administrativos, con documentos que leer, preparar y a los que responder.
La reciente aprobación de la creación de otra mina cerca de Kiruna, la ciudad más al norte de Suecia, es un claro ejemplo de ello.
El proyecto afectará directamente a la comunidad saami de Gabna, una comunidad cercana a la mina, dedicada al pastoreo de renos, restringiendo una vez más la capacidad de los renos para moverse libremente por el paisaje.
T: MF / ED: EG


