Crece discriminación de comunidades religiosas afrobrasileñas en la crisis climática

Iyá Patrícia d’Xangô (Mãe Patrícia) y su esposo, Ogan Cézar d’Oxalá (Cézar Paulo Fogolari), limpian su espacio religioso tres meses después del alud de barro de 2024. Imagen: Cortesía de Mãe Patrícia

PORTO ALEGRE, Brasil – En 2024, mientras las aguas de una inundación se acercaban a la vivienda de Lutalo Canti en la ciudad brasileña de Porto Alegre, este levantó algunos muebles del suelo y se marchó apresuradamente.

Las lluvias extremas en el sur del país habían provocado el desbordamiento de los ríos de la región. Las inundaciones terminaron por afectar a más de 400 municipios y a más de dos millones de personas en el meridional estado de Rio Grande do Sul.

Cuando las aguas finalmente retrocedieron, Canti, de 61 años, quedó conmocionado al ver los daños que había sufrido su vivienda, que también funcionaba como terreiro, como se llama en Brasil al espacio sagrado destinado a la práctica de las religiones afrobrasileñas.

Estas creencias, que se remontan a los africanos esclavizados y sus descendientes, cuentan con alrededor de 1,85 millones de seguidores en Brasil, según el último censo nacional. Los terreiros ocupan un lugar central en estas tradiciones, ya que son espacios donde los líderes religiosos rinden culto a divinidades y entidades espirituales.

Entre los daños causados por el agua, la contaminación con aguas residuales y la aparición de moho, Canti calcula que las pérdidas ascendieron a unos 15 000 dólares. Aproximadamente la mitad corresponde a daños en su vivienda y el resto, a objetos religiosos, entre ellos vestimentas ceremoniales y figuras sagradas.

Lutalo Canti calcula que las inundaciones provocaron pérdidas de unos 15 000 dólares en su vivienda y su terreiro o espacio de culto, que aparece en esta fotografía antes de las inundaciones. Imagen: Cortesía de Lutalo Canti

Dos años después, Canti todavía no recuperó todo lo que perdió y considera que quedó prácticamente excluido de las donaciones y otras iniciativas de recuperación. «No recibimos ninguna ayuda. Nada», dijo a IPS. Atribuye esta situación al racismo religioso.

Un nuevo estudio demuestra que Canti no es el único que atravesó esta situación. Desde las inundaciones, investigadores de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul y del Consejo del Pueblo de Terreiro de la región realizan un relevamiento de los terreiros. Los resultados, que recién ahora comienzan a publicarse, documentan numerosos casos de discriminación durante y después del desastre.

«Los terreiros sufrieron graves situaciones de racismo religioso», afirmó Cláudia Pires, una de las investigadoras que participaron en el estudio. «Esto incluye dificultades para acceder a alimentos y agua, la imposibilidad de acceder a sus propios espacios, así como demoras o una ausencia total de respuesta de las autoridades públicas a sus necesidades», añadió.

Inmediatamente después del desastre, casi todos los 711 terreiros encuestados (94,1 %) informaron daños estructurales y más de la mitad de ellos quedó totalmente destruida.

En los meses siguientes, entrevistas más exhaustivas con 241 líderes de terreiros revelaron que la crisis persistía. Los datos de seguimiento muestran que más de 80 % de esos líderes denunciaron daños emocionales y desplazamientos forzados.

Mientras intentaban recuperarse, muchos suspendieron las reuniones religiosas durante meses, mientras que 3,5 % cerró sus puertas definitivamente. «Ese fue el hallazgo más triste para nosotros», afirmó Tanara Furtado, coautora del estudio.

«Puede parecer una cifra pequeña, pero representa la desaparición de historia, raíces ancestrales y tradiciones. Para las religiones afrobrasileñas, eso tiene un significado muy profundo», agrega.

Lutalo Canti perdió objetos religiosos, entre ellos vestimentas ceremoniales y figuras sagradas, durante una grave inundación. Imagen: Cortesía de Lutalo Canti

Obstáculos para recibir ayuda

El estudio muestra que las denuncias de discriminación comenzaron a registrarse desde los primeros días del desastre.

Aunque muchas víctimas de las inundaciones fueron evacuadas a refugios, los practicantes de las religiones afrobrasileñas a menudo no se sentían bienvenidos en esos espacios.

«Cuando la gente veía sus guias (collares sagrados), los trataba mal», explicó Furtado. «Muchos terminaron alojándose en casas de amigos o familiares, a veces hasta 25 personas en una misma vivienda con un solo baño y sin agua corriente», detalló.

Y aunque llegaron donaciones de todo Brasil, varios denunciaron que gran parte de esa ayuda nunca llegó a sus manos.

En una entrevista telefónica, Pai Valdir de Oxalá, de 55 años, recordó las dificultades para conseguir suministros básicos. El babalorixá, un líder religioso afrobrasileño, es presidente del Consejo del Pueblo de Terreiro del Estado de Rio Grande do Sul.

Después de que su propio terreiro se inundara en el municipio de Guaíba, gestionó el envío de alimentos, agua y otros suministros por parte de una organización de otro estado para unos 400 fieles de terreiros cercanos.

«Cuando llegó el camión, se dieron cuenta de cuál era nuestra religión y se negaron a entregar las donaciones a menos que yo recitara una oración cristiana», recordó. «Esto va en contra de mis creencias y constituye una forma agresiva de racismo religioso. Pero no tenía alternativa. La gente no tenía qué comer, beber ni qué ponerse. Así que recé», añadió.

Iyá Paty de Xangô, también conocida como Mãe Patrícia, afirma que siguió sufriendo discriminación mucho después del desastre. Las inundaciones provocaron un deslizamiento de tierra que sepultó su espacio religioso en el municipio de Feliz. La propiedad alberga varias viviendas, espacios destinados a rituales y una biblioteca.

«Presentamos más de 40 solicitudes formales de ayuda ante la alcaldía», explicó. «A pesar de que somos una institución declarada de utilidad pública, tardaron dos meses en llegar con maquinaria, mientras ya se retiraban los escombros de otras propiedades privadas», dijo.

En 2024, un informe técnico de la Defensoría Pública de la Unión (DPU) de Brasil concluyó que el gobierno local había mostrado «resistencia a prestar asistencia de emergencia y reparar los daños» en su espacio religioso.

El documento también determinó que las autoridades públicas habían actuado de manera «selectiva al brindar asistencia a las entidades religiosas».

En aquel momento, el municipio de Feliz atribuyó la demora en la asistencia a la magnitud del desastre. En una carta, las autoridades señalaron que «no contaban con personal ni maquinaria suficientes para atender todas las solicitudes de inmediato».

Finalmente, Patrícia recurrió a la Justicia. En julio de 2025, presentó una demanda contra el municipio, el gobierno del estado y los propietarios de un terreno vecino, en la que solicitó medidas para proteger su espacio religioso de futuros deslizamientos de tierra.

Racismo religioso en un clima cambiante

Baba Hendrix, teólogo y líder espiritual babalorixá, sostiene que la crisis climática agrava las vulnerabilidades que estas comunidades enfrentan desde hace mucho tiempo. «Esto no es más que la continuación de un proceso histórico», afirmó. «Al menos desde el siglo XIX, las tradiciones religiosas afrobrasileñas sufren persecución», agregó.

Considera que la raíz de este racismo se encuentra en el extremo «cristianocentrismo» de la sociedad brasileña, que, según explica, dio lugar a la intolerancia hacia otras religiones. También señala el racismo histórico contra la población negra.

«Cuando el cristianocentrismo y el racismo convergen, producen este racismo religioso que estamos viendo», dijo Hendrix.

Afirma que esta discriminación se extiende ahora a numerosos ámbitos de la sociedad. «Sufrimos persecución desde la policía hasta el ámbito médico», señaló. «Incluso se crearon leyes contra el curanderismo y la charlatanería específicamente para perseguir a las tradiciones religiosas afrobrasileñas», añadió.

El estudio académico indica que estas experiencias siguen siendo frecuentes. De los 241 líderes religiosos entrevistados, 70,8 % afirmó haber sufrido racismo religioso por parte de vecinos, autoridades públicas, policías, evangélicos, católicos y otras personas. De ellos, 47 % señaló que lo sufría con frecuencia.

Los investigadores sostienen que esta discriminación, a su vez, aumentó la vulnerabilidad de estas comunidades ante los desastres climáticos.

Pires explicó que muchos terreiros fueron desplazados hacia zonas periféricas que no reciben suficiente atención en la planificación urbana. «Cuando llueve, estas zonas periféricas terminan siendo sacrificadas», afirmó. «Creo que sacrificio es una palabra muy importante en este contexto», dijo.

El Super El Niño

Mientras un intenso fenómeno de El Niño provoca episodios meteorológicos cada vez más extremos en el sur de Brasil, los investigadores continúan monitoreando los terreiros de toda la región. Desde agosto, casi 100 denunciaron daños relacionados con fenómenos meteorológicos extremos.

«Esta es nuestra nueva normalidad», afirmó Furtado. «Tenemos terreiros que resultaron afectados por las inundaciones de 2024 y que ya vuelven a sufrir las consecuencias de los vientos, las lluvias y las inundaciones», dijo.

En el municipio de Canoas, en los suburbios de Porto Alegre, el babalorixá Júlio César Santos, de 47 años, sigue de cerca las condiciones meteorológicas.

En 2024, su terreiro, donde practica la umbanda, entre otras tradiciones afrobrasileñas, quedó completamente sumergido. Casi dos años después, las obras de recuperación del espacio aún no terminaron, pese a que ya gastó más de 15 000 dólares (80 000 reales) en reparaciones.

«Cuando llueve, me pongo muy nervioso», afirmó, «es un miedo que no nos abandona».

Santos pensó en abandonar su vivienda debido al riesgo de futuras inundaciones, pero asegura que no cuenta con los recursos necesarios para comprar otra casa. Las autoridades determinaron que no reunía los requisitos para acceder a un programa de asistencia habitacional destinado a las víctimas de las inundaciones.

«No es tan sencillo como encontrar otra casa», explicó, «necesito un terreno y acceso a la naturaleza para practicar mi religión».

También necesita la aprobación de los orixás, divinidades espirituales, para trasladar su terreiro a otro lugar. «Es el orixá quien va a elegir», afirmó. «No soy yo, Júlio, quien decide», agregó.

T: GM / ED: EG

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