Opinión

La guerra en Irán agrava los peligros para los activistas

Este es un artículo de opinión de Andrew Firmin, redactor jefe de Civicus, la alianza internacional de la sociedad civil.

Imagen: Rizwan Tabassum / AFP

LONDRES – A Narges Mohammadi, galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2023 por su activismo en favor de los derechos humanos en Irán, se le ha permitido volver a casa. Después de que los guardias la encontraran inconsciente en su celda, aparentemente víctima de un ataque al corazón, se le concedió la libertad provisional y fue trasladada a un hospital. Sin embargo, sigue enfrentándose a la amenaza de ser devuelta a la cárcel una vez que su estado haya mejorado.

Mohammadi ha sido encarcelada en repetidas ocasiones por criticar al régimen teocrático, exigir los derechos de las mujeres, abogar por la reforma penitenciaria y hacer campaña contra la pena de muerte.

A lo largo de su vida ha sido condenada a un total de 44 años. Ya ha pasado más de una década entre rejas, incluidos 161 días en régimen de aislamiento, y también ha sido condenada a 154 latigazos. En febrero se le impuso una nueva condena de siete años y medio.

Desde la cárcel —donde sufrió problemas cardíacos y de presión arterial, así como una grave pérdida de peso— ha documentado violaciones sistemáticas de los derechos de los presos políticos, incluidos los abusos sexuales y físicos a las mujeres detenidas, la tortura y el uso generalizado del aislamiento.

El autor, Andrew Firmin

El caso de Mohammadi es uno entre muchos. Si bien su calvario ha atraído, con razón, la atención internacional, otras personas más alejadas del foco mediático se encuentran en peligro.

Otras tres activistas de derechos humanos —Pakhshan Azizi, Sharifeh Mohammadi y Varisheh Moradi— se encuentran en el corredor de la muerte y corren un riesgo inminente de ser ejecutadas. Los peligros a los que ellas y muchas otras personas se enfrentan han aumentado considerablemente desde que comenzó la guerra actual.

La represión se intensifica

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha dejado claro que quiere un cambio de régimen en Irán.

El 1 de marzo, un ataque israelí mató al líder supremo Ali Jamenei. Pero si la intención era derrocar al régimen, no se logró.

Las estructuras teocráticas gobernantes de Irán están profundamente arraigadas, con múltiples niveles de sucesión planificada. El hijo de Jamenei, Mojtaba Jamenei, herido en el mismo ataque, fue rápidamente nombrado su sucesor, a pesar de que la ideología oficial de Irán rechaza formalmente la sucesión hereditaria.

Aunque se ha asesinado a líderes clericales, el aparato coercitivo de Irán ha ganado poder en el día a día, endureciendo la teocracia hasta convertirla en algo más parecido a una dictadura militar, con los Basij —la fuerza paramilitar de voluntarios desplegada desde hace tiempo para aplastar la disidencia pública— ahora en primera línea.

Las esperanzas de Israel y Estados Unidos de que los iraníes se levantaran contra el régimen se han visto frustradas. Irán ha sido testigo de sucesivas oleadas de protestas masivas, cada una de ellas aplastada con violencia letal a gran escala.

Entre ellas se incluyen el Movimiento Verde, que exigió democracia en 2009 y 2010, y las protestas «Mujer, Vida, Libertad», que demandaron derechos para las mujeres en 2022 y 2023.

El último levantamiento se produjo en diciembre de 2025 y enero de 2026, desencadenado por el colapso económico, forjando un movimiento que unió a amplios sectores de la sociedad para exigir el fin del régimen teocrático.

El Estado lo reprimió con una brutalidad impactante, matando a miles de personas y deteniendo a decenas de miles.

En febrero, el levantamiento había sido aplastado. Era poco probable que la intervención israelí-estadounidense reavivara un movimiento de protesta masiva significativo. En todo caso, para algunos iraníes la guerra ha avivado el patriotismo y una enemistad más intensa hacia Israel y Estados Unidos. La revuelta prevista simplemente no se ha producido.

Gran parte de la vasta diáspora iraní se ha movilizado en apoyo de la guerra como medio para derrocar al régimen.

Pero, aunque la diáspora está unida en la exigencia de un cambio, su variopinto conjunto de organizaciones de minorías étnicas, facciones islamistas, izquierdistas, monárquicos y republicanos está profundamente dividido sobre lo que debería suceder a continuación.

Reza Pahlavi, hijo del último sha, goza de cierto apoyo, pero otros se muestran recelosos ante la nostalgia monárquica y sus estrechos vínculos con Israel y Estados Unidos Las figuras potencialmente unificadoras más creíbles dentro de Irán están encarceladas o silenciadas de alguna otra forma.

En lugar de perder el control, el régimen ha endurecido su represión. Mientras los líderes iraníes libran una guerra de propaganda en las redes sociales en el extranjero, en el país han impuesto un bloqueo casi total de Internet, incluido el bloqueo de los servicios de VPN.

El apagón ha causado un daño económico inmenso, interrumpiendo negocios y transacciones financieras y afectando más duramente a las mujeres. Esto se suma a los efectos económicos del actual bloqueo estadounidense de los puertos iraníes, lo que ha disparado la inflación y el desempleo.

Al amparo de la guerra y del bloqueo de Internet, el gobierno ha acelerado las ejecuciones de presos políticos. Aunque es difícil obtener cifras precisas, las organizaciones de derechos humanos informan de cerca de 200 ejecuciones en lo que va de año, la mayoría de ellas precedidas de torturas prolongadas para obtener confesiones falsas.

Según los informes, se están llevando a cabo ahorcamientos secretos casi a diario. Entre los ejecutados se encuentran personas detenidas durante las protestas de enero.

El 4 de mayo se informó de que tres personas detenidas en las protestas del 8 y 9 de enero —Ebrahim Dolatabadinejad, Mohammadreza Miri y Mehdi Rasouli— habían sido ahorcadas. Para las familias, el sufrimiento no termina ahí, ya que, según se informa, las autoridades se niegan a devolver los cuerpos y presionan a los familiares para que guarden silencio.

Prioridades locales

La democracia y los derechos humanos en Irán dependen de la salida del régimen. Pero la última guerra no tiene nada que ver con todo esto.

Para Netanyahu, con unas elecciones inminentes y la ira aún presente por sus acusaciones de corrupción y los fallos de seguridad de Israel en torno a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, la guerra permanente es una estrategia política.

Los numerosos anuncios de Donald Trump en las redes sociales dan pocas pistas sobre lo que motiva a un presidente que prometió no empantanar a Esados Unidos en guerras extranjeras, pero la distracción de sus bajos índices de popularidad y sus numerosas apariciones en los archivos del multimillonario pederasta Jeffrey Epstein pueden ser un factor.

Esta guerra no es la forma de lograr el cambio. El régimen parece atrincherado y capaz de sobrevivir a un conflicto prolongado. Cualquier acuerdo de paz lo dejaría intacto, lo que sus gobernantes considerarían una victoria.

El cambio real llegará cuando las protestas puedan convertirse en un movimiento de masas lo suficientemente grande como para resistir la represión letal que el Estado inevitablemente desplegará. Eso solo puede suceder con un apoyo sostenido que respete la autonomía de los líderes locales de la sociedad civil y fortalezca su capacidad.

Las prioridades inmediatas deben ser proteger las fuentes locales de información fiables en medio del bloqueo informativo y garantizar la seguridad de los activistas por la democracia y los derechos humanos en Irán.

Por encima de todo, los Estados deben presionar al Gobierno iraní para que detenga las ejecuciones y libere a todas las personas detenidas por expresarse, protestar y exigir un cambio, empezando por Narges Mohammadi. La libertad médica temporal no es ni mucho menos suficiente. El régimen iraní debe dejarla en libertad.

Andrew Firmin es redactor jefe de Civicus, codirector y redactor de Civicus Lens y coautor del Informe sobre el Estado de la Sociedad Civil de la organización.

T: MF / ED: EG

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