SAN SALVADOR – El proceso de ordenar y renovar la capital salvadoreña, San Salvador, ha dejado a cientos de personas desempleadas, expulsadas de los comercios que, tras ser embellecidos, se abren a franquicias y negocios más exclusivos.
Es parte de un fenómeno que los expertos llaman gentrificación y que se extiende por múltiples ciudades de todo el mundo.
“Nos sacaron de los espacios donde habíamos trabajado por años”, dijo a IPS una de las 64 mujeres que resultaron afectadas con el desmantelamiento, en marzo, de los pequeños negocios que habían levantado con el tiempo en la plaza 14 de Julio, localizada en la 1.ª Avenida Norte, en el centro de San Salvador.
Según ONU Hábitat, la gentrificación sucede “cuando un proceso de renovación y reconstrucción urbana se acompaña de un flujo de personas de clase media o alta que suele desplazar a los habitantes más pobres de las áreas de intervención”.
Eso es lo que está pasando en el centro de San Salvador, explicó a IPS el sociólogo Walter Fagoaga. Aunque eso tiene sus matices, pues en este caso no es que se estén llegando a la zona personas de clase media o alta y desplacen a los residentes tradicionales.
Lo que sí se percibe, claramente, es el cierre de muchos comercios, algunos de ellos en inmuebles precarios, cuyos propietarios y las gentes que ahí trabajaban tuvieron que salir de la zona, al no poder cumplir con los estrictos requisitos urbanos para mantenerse en los inmuebles donde desarrollaban su actividad.
“Gentrificar viene de un interés de clase por generar una recuperación de los espacios históricos… para generar acumulación de capital, espacios recuperados que se convierten en valores comerciales, valores económicos”, explicó el sociólogo.
El plan de renovación abarca unas 60 hectáreas del centro histórico de San Salvador, una ciudad de 1,6 millones de habitantes.

El derrumbe de las salas de belleza
La mayoría de los negocios informales de la plaza 14 de Julio, que se habían montado caóticamente a lo largo de una cuadra, en la 1.ª Avenida Norte, eran salones de belleza regentados por mujeres que ahora enfrentan un futuro incierto. En marzo, cuadrillas municipales las derrumbaron y actualmente el área está cercada.
Una de las afectadas, entrevistada por IPS, dijo que la municipalidad les ofreció alternativas inviables, pues eran reducidos espacios de dos metros cuadrados en el mercado Hula Hula, a unas cuadras (manzanas) de distancia. En sus antiguos espacios contaban con al menos cinco metros cuadrados.
“Nos quitaron los espacios donde cabíamos bien y ahora nos están ofreciendo dos metros cuadrados, a un costo bien elevado”, subrayó la esteticista, que pidió no ser identificada.
Los antiguos establecimientos crecieron poco a poco hasta ocupar toda una cuadra, y la municipalidad les permitió quedarse en ese espacio público, con un canon mensual de 30 dólares.
Ahora deberían abonar 200 dólares mensuales a una sociedad pública privada creada en 2023, llamada Nuevo Sistema de Mercados, que administra diferentes mercados de San Salvador, entre ellos el Hula Hula.
La fuente agregó que la mayoría de sus colegas estilistas ha optado por buscar alternativas por cuenta propia, y de las 64 solo unas 10 se instalaron en el vecino mercado.
La realidad de ese grupo de mujeres no es aislada, aunque se desconoce con certeza cuántas personas han quedado sin sus puestos de trabajo, tras el cierre forzado de los negocios donde trabajaban.
Según datos de la Autoridad de Planificación del Centro Histórico de San Salvador (Aplan), unos 450 proyectos, que totalizan 254 000 metros cuadrados, están ya aprobados o en trámite, entre restauraciones y nuevas construcciones. Eso equivale a cerca de 39 % de las 60 hectáreas delimitadas en el programa.
Las inversiones privadas totalizan 136 millones de dólares, dinero que, aunque ha desplazado a un segmento de la fuerza laboral en el centro de la ciudad, abrirá nuevos empleos en los comercios enfocados en una clientela más “fina”.
Las Naciones Unidas lo señala al ampliar el concepto de gentrificación: “a pesar de sus consecuencias negativas para la población desplazada, es difícil negar que la gentrificación también genera recursos y crea demandas por nuevos servicios en una ciudad consolidada”.

Restaurantes “chic”
Entre los inversionistas inmobiliarios que han apostado por el nuestro rostro de la capital están familiares del presidente del país, el neopopulista ultraconservador Nayib Bukele, en el poder desde 2019.
El restaurante La Doña Steak House opera desde julio de 2024 en la azotea de un edificio adquirido por una sociedad fundada por dos hermanos de Bukele, han reportado los medios locales.
La propiedad, comprada por unos 1,3 millones de dólares, se inserta en el auge de inversiones privadas que acompaña la revitalización de los espacios urbanos.
El inmueble, de estilo art déco y construido en la década de 1940, albergó en los años 70 al Banco de Londres y Montreal. En su azotea funcionó entre 2018 y 2023 el Lero Lero Café, más bohemio y acogedor, que tuvo que cerrar tras el proceso de transformación.
Hoy el edificio remozado, que se yergue en la 2ª Calle Oriente, refleja la tendencia de crear espacios orientados a una clientela de mayor poder adquisitivo. Según el sitio OpenTable, un plato de carne en La Doña Steak House cuesta entre 30 y 50 dólares, en un país donde el salario mínimo ronda los 40 dólares.
Por supuesto, como en toda ciudad, se pueden encontrar pequeños cafés, comercios y negocios de comida a precios más accesibles, que siguen siendo la mayoría. En Típicos Mimita, en la calle Delgado, en el corazón de la capital, especializado en comida casera tradicional, se almuerza bien con 3,50 dólares.
Alejados de los impactos sociales, la mayoría de los capitalinos ve con buenos ojos la transformación urbana, cansados de décadas en que los espacios públicos, como aceras y plazas, dejaron de ser funcionales, invadidos por el comercio informal.
Mientras descansaba, en su recorrido en bicicleta, a un costado de la plaza Gerardo Barrios, Melissa Castillo dijo a IPS: “Todo está irreconocible, ha valido la pena todos los cambios que se han dado aquí. Nunca me imaginé andar en bicicleta por aquí, antes todo era desordenado y peligroso”.
Para Castillo, de 22 años, no solo se trata de estética. Las aceras deben de estar libres, agregó, para el paso del público, y las plazas deben de servir para descansar del ajetreo urbano. Los inmuebles deben de estar limpios y seguros.
Para el sociólogo Fagoaga, la clave radica en encontrar el balance justo entre, por un lado, esa estética y funcionalidad urbana y, por otro, la necesidad de mantener las fuentes de empleo de quienes se ganan la vida en el centro histórico.
“Yo creo que la intervención urbana era necesaria, pero eso tiene que estar acompañado de un amplio criterio de inclusión”, recalcó Fagoaga.

Ordenar el caos con mano dura
En las últimas décadas, San Salvador creció desordenadamente, en medio del caos y la crisis social y económica que imperó tras años de desgobiernos fallidos.
En los años 80, en plena guerra civil (1980-1992), miles de personas dejaron el campo, huyendo del conflicto, y se instalaron en los barrios pobres que circundan la capital, que no ofrecía más que pírricos ingresos en el sector informal de la economía, que sigue siendo alto en El Salvador y emplea en torno a 70 % de la población activa.
La guerra llevó a que algunos empresarios bien establecidos cerraran operaciones en el centro, y los inmuebles se deterioraron con el tiempo al ser ocupados por pequeños negocios de subsistencia.
De ese modo, el centro de la ciudad se convirtió en un gran mercado informal, saturado de caserones deteriorados.
Los trabajos de renovación adquirieron mayor ímpetu cuando Bukele llegó a la presidencia, en junio de 2019, y con su forma autoritaria de gobernar, fue más fácil, por ejemplo, desalojar a los vendedores informales del casco histórico, a partir de su política de mano dura contra las pandillas, vigente desde marzo de 2022.
Apoyado en un régimen de excepción que rige desde entonces, el gobierno ha encarcelado a más de 90 000 personas acusadas de ser miembros de pandillas, y si bien la mayoría lo son, también se ha capturado a muchas personas inocentes.
Por esa experiencia, los vendedores informales temieron ser detenidos, si enfrentaban el proceso de transformación urbana.
“Para el gobierno, una ventaja de su estrategia punitiva es que cualquiera que se quiera salir del carril es enderezado rápidamente”, comentó al respecto el sociólogo Fagoaga.

No a las zapaterías
Alfredo Chahín, al frente del almacén Chahín, relató a IPS que su salida del casco histórico se vio forzada por un aumento abrupto en los costos a partir de las nuevas exigencias de remodelación, tanto de la municipalidad como de la propietaria del inmueble.
Tras inspecciones y presiones para adecuar el local, la propietaria decidió venderlo tras fracasar en trasladarle a él el costo de la remodelación y triplicarle el alquiler. Así que en junio de 2025 se vio forzado a cerrar.
En una reunión con la Aplan, “me dijeron que el local tenía que ir de acuerdo con las normativas, dejarlo impecable por dentro y por afuera”, subrayó Chahín, de 72 años.
Su negocio, especializado en artículos de buceo y camping, fue fundado por su abuelo, un inmigrante palestino que comenzó vendiendo telas, tras su llegada al país en 1905.
Luego de ubicarse en varios puntos de la ciudad, finalmente el almacén Chahín echó raíces por más de 50 años en el local que ahora ha sido cerrado forzosamente. Los dos empleados quedaron cesantes.
Chahín sostuvo que conoce a muchos comerciantes que han enfrentado condiciones similares: requisitos estrictos sobre diseño, tipo de negocio y estándares estéticos que terminan favoreciendo a nuevos inversores con mayor capacidad económica.
Incluso mencionó el caso de un propietario de una zapatería que quiso integrarse a las nuevas regulaciones, pero la municipalidad le dijo que buscara otro rubro, como cafés u hostales.
Tras abandonar su local, Chahín pasó a trabajar desde su casa, con una caída de entre 80 % y 90 % en sus ventas.
“Más tarde vendrá alguien a ver si compra unas mochilas”, contó.
Aunque reconoció que el centro “se ve bonito”, cuestionó el enfoque del proceso.
“Lo quieren hacer como si aquí fuera el primer mundo, impecable, pero están afectando a las personas que hemos estado ahí trabajando”, remarcó, mientras acariciaba a su perro Moe, en el patio de su casa.
ED: EG


