El fracaso escolar: niñas afganas repiten curso para evitar su expulsión de las aulas

La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Sin perspectivas de futuro más allá del sexto grado, algunas niñas afganas suspenden deliberadamente los exámenes para permanecer un año más en las aulas. Imagen: Learning Together

KABUL – Es casi inaudito que un escolar suspenda deliberadamente los exámenes finales sin motivo aparente. Por eso, cuando Sara, de 13 años, residente en la norteña ciudad afgana de Mazar i Sharif, llevó a casa su boletín de notas a sus padres, estos se quedaron consternados al saber que la alumna con mejores notas había suspendido los exámenes finales y no pasaría al siguiente curso.

Pero ya no había un siguiente curso, aunque hubiera aprobado, para Sara, un nombre ficticio por razones de seguridad.

El calendario afgano cambio en marzo de 2026. Comienza el año 1405 y, con él, un nuevo curso escolar en todo el país.

Por quinto año consecutivo, a las niñas solo se les ha permitido asistir a la escuela hasta sexto curso. Tras sexto curso, los chicos continúan sus estudios, pero a las niñas de entre 12 y 13 años ya no se les permite seguir formándose ni asistir a la universidad.

A medida que se acerca el nuevo curso escolar, las niñas que han aprobado sexto curso saben que no se les permitirá volver a las aulas. Lo único que les queda son los recuerdos de los años pasados en los pupitres y las amistades que hicieron durante su etapa escolar.

Para muchas, el final de la escuela también supone el naufragio de sus sueños de futuro.

Sin embargo, algunas han encontrado un camino que es a la vez amargo y esperanzador. Dejan sus hojas de respuestas en blanco para suspender deliberadamente los exámenes finales, solo para quedarse un año más, aunque sea en la misma clase. Es la única oportunidad de permanecer en un lugar donde puedan estudiar y soñar con el futuro.

«Mi hermana dice que tengo suerte de seguir en la escuela, pero no me siento feliz. Esto no es más que una batalla para ganar tiempo. Cuando termine este año, ¿tendré que quedarme en casa y convertirme en costurera?», plantea la adolescente.

Sara es una de las que ha optado por suspender sus exámenes finales. Respondió deliberadamente de forma incorrecta a las preguntas del examen para suspender y que le permitieran quedarse en la escuela un año más.

Restringir la educación de las niñas fue una de las primeras órdenes de los talibanes en agosto de 2021. A finales de 2022, los talibanes anunciaron que las universidades también estarían cerradas a las niñas y las mujeres «por el momento». No estaba claro cuánto duraría la suspensión.

Casi cuatro años después, «por el momento» sigue vigente, y a las jóvenes todavía no se les permite estudiar. Viven en la incertidumbre y no saben qué les depara el futuro.

Sara vive en una familia de ingresos medios con sus padres y cinco hermanos. Es la cuarta hija.

El padre de Sara trabaja de forma intermitente en la construcción: está empleado unos meses al año y desempleado el resto del tiempo. La madre de Sara es costurera, cose ropa para las mujeres de la zona y contribuye a los ingresos familiares.

Los padres de Sara han hecho todo lo posible para que sus hijos vayan a la escuela. Su madre, que nunca ha ido a la escuela, dice:

«Su padre y yo somos analfabetos, y nuestro mayor deseo es que nuestros hijos reciban una educación. Trabajo día y noche como costurera para que mis hijos tengan un futuro mejor y no acaben en la misma situación desesperada que su padre y yo. Mis hijas, en particular, necesitan estudiar, salir adelante y ser independientes. Pero, por desgracia, mi hija mayor lleva dos años sin ir al colegio. Ahora trabaja conmigo como costurera. Espero que mis otras dos hijas y mis tres hijos puedan terminar la escuela, explica la madre.

Sara empezó la escuela hace seis años con entusiasmo y esperanza. Se seca los ojos con el borde de su pañuelo mientras relata su trayectoria escolar junto a su hermana mayor, Marwa.

«Cada mañana nos levantábamos temprano. Me trenzaba el pelo con cuidado, metía los libros en la mochila y caminaba hasta la escuela con Marwa. Estaba a menos de media hora de casa. Las clases empezaban a las ocho. Solíamos pasar cuatro horas en la escuela y volvíamos juntas a casa cuando terminaban las clases al mediodía», contó Sara.

«Marwa y yo hablábamos de camino a la escuela sobre cómo llegaríamos a ser médicas. Pero después de sexto curso, mi hermana no pudo volver a la escuela. Durante los últimos dos años, ha estado ayudando a nuestra madre como costurera, y yo no quiero esa vida. Quiero ser médica. Por eso decidí que no podía dejar los estudios», detalla.

Sara decidió reescribir su destino, aunque solo fuera por un año.

«Para ser sincera», explica, «siempre había intentado ser la mejor de mi clase», continúa. «Así que la decisión de suspender a propósito fue increíblemente difícil».

«Pero era la única forma de poder seguir en el colegio. Cuando me dieron el boletín de notas después de los exámenes y vi que había suspendido algunas asignaturas, sentí alegría y tristeza a la vez. Había suspendido, pero no me sentía derrotada. Puedo estudiar un año más. Todavía puedo ponerme mi vestido negro y mi pañuelo blanco e ir al colegio», cuenta.

La familia de Sara se quedó en estado de shock cuando se enteraron de que había suspendido los exámenes finales. Su padre miró fijamente el boletín de notas una y otra vez, como si buscara un error. Su madre no podía creerlo, ya que su hija siempre había estado entre las primeras de la clase.

«En casa se hizo un silencio más pesado que cualquier reprimenda. Sabía que tenía que contarles lo que había hecho», relata Sara.

Hace una pausa y luego continúa: «Les dije a mis padres que mi suspenso no fue un accidente y que había dejado sin responder algunas preguntas a propósito o las había respondido mal. Mi padre se quedó completamente en shock. No podía creer que lo hubiera hecho a propósito. Estaba muy enfadado y me preguntó por qué quería suspender».

Su enfado se calmó cuando Sara le explicó su motivo: quería ir a la universidad como su hermano.

Secándose las lágrimas con el pañuelo una vez más, Sara dice que siente pena por sus padres, que trabajaron duro para que pudieran vivir cómodamente, ir al colegio y tener un futuro.

«No sé si mi decisión fue correcta o incorrecta. Mi familia acabó aceptando que volviera al colegio, pero siento que, de todos modos, les he decepcionado», detalla.

Cuando empezó el curso este año, Sara volvió a sexto curso. Lleva los mismos libros y regresa a un aula donde sus antiguos compañeros ya no estan.

«Mi hermana dice que tengo suerte de seguir en la escuela, pero no me siento feliz. Esto no es más que una batalla para ganar tiempo. Cuando termine este año, ¿tendré que quedarme en casa y convertirme en costurera?», dice Sara.

Esta pregunta no solo preocupa a Sara, sino a millones de niñas afganas a las que se les ha negado el derecho a ir a la escuela y que se preguntan cada día: ¿cuándo volveremos a aprender?

Negar la educación a las niñas no es simplemente una política educativa. Excluye a la mitad de la población del país de la vida pública y las priva de la oportunidad de construir su propio futuro y el de su nación.

Las consecuencias son de gran alcance, tanto social como económicamente. En poco tiempo, las mujeres ya no trabajarán en los ámbitos de la medicina, la educación y los servicios sociales. El impacto es grave, ya que la ausencia de profesionales femeninas afecta directamente a la salud y el bienestar de millones de personas.

 

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