Análisis

Bolsonaro azuza lucha de clases, pero la batalla es civilizatoria

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, entre los suyos, una imagen muy frecuente durante su mandato. El capitán retirado del Ejército participa de una ceremonia militar en el Día del Ejército, 19 de abril, en un cuartel de Brasilia. El mandatario busca consolidar su vínculo con las Fuerzas Armadas, un factor decisivo en sus triunfos electorales hasta ahora. Foto: Antonio Cruz/Agência Brasil

RÍO DE JANEIRO – La lucha de clases ganó relevancia en la actual batalla electoral en Brasil, pero la realidad es que los que está en juego en el país son principalmente los avances civilizatorios de las últimas seis décadas en Occidente.

Un candidato laborista, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, amenaza como favorito en las encuestas el poder de las fuerzas que durante la dictadura militar de 1964 a 1985 impulsaron el llamado “capitalismo salvaje”, que convirtió a Brasil en uno de los países de mayor desigualdad económica y social en el mundo.

El presidente ultraderechista Jair Bolsonaro, un capitán retirado del Ejército y oscuro diputado por 28 años, logró despertar esas fuerzas en hibernación desde la redemocratización del país en 1965. Lo hizo con creces y algunas variaciones, para lograr así conquistar el poder en las elecciones de 2018.

Es lógica la confrontación entre esos dos líderes en las elecciones de octubre próximo, o la “polarización” como define la crónica política y que debe concluir un capítulo de la historia brasileña.

Lula representa el punto máximo que podría alcanzar el proceso de redemocratización diseñada por la Constitución de 1988. Bolsonaro encabeza el polo reaccionario, el legado de la dictadura militar.

El candidato de los pobres, así consagrado por las políticas que adoptó durante sus dos mandatos (enero 2003-enero 2011), Lula es favorito por tener bases sólidas, enraizadas en sectores mayoritarios de la sociedad brasileña.

Además, su liderazgo se basa en una síntesis de varios sectores, corrientes o regionalismos, más allá de las clases y de su izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), nacido de luchas sindicales en 1980 y heredero de una tradición laborista de casi un siglo.

Lula proviene del Nordeste, la región que simboliza la pobreza campesina, y se transformó en un obrero metalúrgico y líder sindical en la región metropolitana de São Paulo, que concentra la industria, el capital financiero y las riquezas en general del país, incluso la del conocimiento universitario.

Extrema derecha militar

Bolsonaro logró, en la coyuntura de 2018, articular una extrema derecha que en Brasil tiene como referencia la dictadura militar (1964-1985), su anticomunismo pero también el auge económico, la acelerada industrialización y urbanización del país, con la consecuente expansión de las clases medias urbanas.

Tener como utopía un pasado supuestamente glorioso tiene sus costos e imposibilidades. Bolsonaro dijo en su campaña electoral de 2018 que su sueño es reconstruir un Brasil similar al de “40 o 50 años atrás”.

Y luego, ya como presidente, declaró la necesidad de “deconstruir muchas cosas” para “liberar Brasil de la nefasta ideología de izquierda”, antes que pueda construirse algo.

Es de hecho lo que intenta hacer en las áreas en que él y su extrema derecha consideran obras o “narrativas” de la izquierda “comunista”, guiadas por lo que identifican como marxismo cultural, ideología de género, globalismo y otras conspiraciones.

Los objetivos del bolsonarismo ya eran apuntados en los primeros años 80, por atentados terroristas de radicales inconformes con el ocaso la dictadura militar y la transición al poder civil consentida y conducida por los dos últimos generales en la presidencia del país.

Unas bombas destruyeron kioscos de diarios y revistas, otra enviada por correo mató la secretaria del Orden de Abogados de Brasil, Lyda Monteiro da Silva, el 27 de agosto de 1980, y el atentado que sería el más letal salió por la culata.

La bomba que probablemente se destinaba a aterrorizar los cerca de 20 000 presentes en un espectáculo musical de celebración del Primer de Mayo de 1981, en la noche anterior, estalló dentro del auto de sus manejadores, un capitán y un sargento del Ejército.

El sargento murió y el capitán quedó gravemente herido, pero sobrevivió y siguió la carrera militar, incluso se le ascendió al rango de coronel. Una investigación del mismo Ejército concluyó que los dos fueron víctimas de un atentado practicado “probablemente por subversivos”, sin ninguna credibilidad.

Indígenas de Brasil acamparon en la capital del país en abril, como hacen todos los años, para defender sus derechos asegurados por la Constitución. Este año protestaron contra el gobierno del presidente Jair Bolsonaro, que suspendió las demarcaciones de nuevas tierras indígenas y estimula la invasión de las existentes por mineros ilegales y hacendados. Foto: Fabio Rodrigues-Pozzebom / Agência Brasil

Enemigos: periodismo, ambientalismo, género

Esos atentados apuntaban a la prensa, a los abogados o al derecho en su sentido más amplio y al mundo artístico como enemigos del poder militar, en la mirada de los radicales que se opusieron a la “apertura democrática” conducida por los generales Ernesto Geisel y João Batista Figueiredo, presidentes del país entre 1974 y 1985, que pusieron fin a la dictadura.

Es evidente que la convicción de Bolsonaro y de su entorno en el poder es que el periodismo, los artistas en general, los defensores de derechos variados, especialmente los humanos, se volvieron cautivos de la izquierda que es comunista, para la extrema derecha.

La lista incluye a ambientalistas, minorías sexuales, feministas, indigenistas, la pedagogía post dictadura, científicos y organizaciones no gubernamentales en su mayor parte. Todo lo que ganó protagonismo a partir de los años 60 son por lo menos sospechosos.


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En resumen, todos los avances civilizatorios ocurridos en las seis últimas décadas deben de ser borrados o por lo menos mitigados, para que Brasil vuelva a ser un país de futuro, con la prevalencia de los valores sanos, conservadores, y libre de la degeneración de las costumbres y de las amenazas comunistas.

El horror a la prensa, “fábrica de fake news (noticias falsas)”, según Bolsonaro, es común entre los militares, por lo menos de la generación formada hace algunas décadas. Es que esa prensa, hoy crítica de su gobierno, apoyó el golpe militar de 1964, pero luego pasó a la oposición, ante la censura y la represión a periodistas considerados “subversivos”.

El rechazo absoluto de los militares al periodismo profesional se evidencia de manera palpable en los manifiestos firmados últimamente por los clubes militares, de oficiales retirados.

El intenso uso de las redes sociales por parte de los bolsonaristas, para difundir sus versiones, en general mentirosas, es la consecuencia natural. “Es mi medio”, suele decir Bolsonaro.

El presidente Jair Bolsonaro, que ya está sumergido en plena campaña electoral, inaugura la duplicación de una carretera en el estado de Sergipe, en la región del Nordeste de Brasil, el 17 de mayo. Busca reducir el índice de rechazo a su gobierno en esa región mayormente pobre para aumentar sus posibilidades de lograr la reelección en octubre. Foto: Anderson Riedel / PR

Ambientalismo antipatriótico

Otro producto del marxismo cultural sería el ambientalismo, para los militares una actividad importada por opositores exiliados que regresaron a Brasil tras la amnistía política de 1979.

Fortalece esa visión el hecho de que exparticipantes en la lucha armada contra la dictadura entre 1968 y 1973, como el exdiputado y periodista Fernando Gabeira y el diputado Carlos Minc, exministro del Medio Ambiente, se destacaron en la propagación de las ideas ambientalistas.

Además la acción del movimiento climático, de las organizaciones no gubernamentales y de muchos científicos en defensa de la Amazonia intensificó la vieja paranoia militar de que todo responde a la codicia extranjera por “internacionalizar” la región amazónica.

El avance de la revolución de la diversidad, que estalló en los años 60 y se manifiesta en el feminismo y en el movimiento de los LGBT, de los afrodescendientes y de los indígenas por sus derechos, hace parte de “las cosas a deconstruir”, así como progresos de la ciencia que discrepan de las creencias de la extrema derecha.

Para los militares es vital contrarrestar la versión histórica dominante de que ellos impusieron una dictadura en Brasil. Ellos suelen celebrar el día del golpe militar, el 31 de marzo, como “marco de la democracia” y “movimiento de 1964” que debeló “una amenaza a la paz y a la democracia… para asegurar las libertades”.

Se trata de hacer retroceder la historia, una misión prácticamente imposible así como un supuesto golpe de Estado que estaría preparando Bolsonaro, según el temor de los analistas políticos en general, ante el temor de perder las elecciones de octubre.

ED: EG

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