Venezolanos refugiados en Colombia: la segunda mayor crisis migratoria mundial

Emily y Oswual se protegen del frío. Foto:  Catherine Ellis/openDemocracy

PAMPLONA, Colombia – «Les di a mis niños un vasito de arroz. No teníamos nada más. Y me fui», dice Emily, sentada en la hierba cerca de un río y de la carretera que lleva a la ciudad colombiana de Pamplona. Al igual que otros casi seis millones de venezolanos, abandonó su hogar para venir al país vecino.

Emily cruzó la frontera con Colombia y caminó dos días cuesta arriba para llegar a Pamplona, un viaje hecho por la desesperación. Como peluquera en Maracay, en el noroeste de Venezuela, Emily no ganaba lo suficiente para comprar comida para sus tres hijas.

«Dejar a mis hijas fue doloroso, muy doloroso. Pero mirarlas tener hambre fue peor», dice. «Salir de mi país no fue una elección sino una necesidad», añade.

Venezuela, un país con las mayores reservas de petróleo del mundo que en su día fue el más rico de Sudamérica, se enfrenta ahora a una aguda crisis económica y humanitaria que lleva años acumulándose.

La riqueza petrolera de Venezuela fue utilizada por el gobierno de Hugo Chávez, elegido presidente en 1998 con una plataforma socialista, para financiar programas radicales de reducción de la pobreza. Las «misiones bolivarianas», como se denominaron, fueron costosas y aunque ampliaron los servicios sociales y redujeron la pobreza en un 20%, Chávez también adoptó políticas que precipitaron un descenso constante de la producción de petróleo de Venezuela.

Tras la muerte de Chávez en 2013, el presidente Nicolás Maduro continuó con las políticas de su predecesor. Los efectos combinados de la mala gestión económica y la corrupción generalizada han dado lugar a que un país con abundantes recursos naturales se enfrente ahora a la escasez de combustible, a los apagones y a las largas colas para comprar gasolina.

La encuesta nacional sobre las condiciones de vida en Venezuela del año pasado, conocida por sus siglas Encovi, muestra que  94,5 % de la población vive en la pobreza y más de tres cuartos en la pobreza extrema.

Desde el 2015, una quinta parte de la población ha abandonado el país, lo que convierte a Venezuela en una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, no muy lejos de Siria, aunque la invasión de Rusia a Ucrania pudiera cambiar pronto esa relación.

Emily no está sola en este último tramo hacia Pamplona. Oswual, de 21 años, otro venezolano que conoció en el viaje, está sentado cerca, envuelto en una manta azul.

«Caminando con el frío y (el cansancio.) Eso es lo más difícil», dice Oswual. «Nos duelen los pies y el cansancio es insoportable». El joven venezolano explica que sus padres y su hermano menor cuentan con él para enviar dinero desde Colombia. Sin ayuda, no tienen nada que comer.

Un grupo de personas, con zapatos Crocs y mochilas rotas, se apiñan en las inmediaciones. Algunos intentan consolar a sus hijos fríos y hambrientos. En 2021, una media de 2000 venezolanos cruzaron la frontera con Colombia cada día, según la ONU. Muchos de los caminantes venezolanos pasan por Pamplona al entrar en Colombia. La tranquila ciudad universitaria está ahora asentada en la ruta de los emigrantes.

La mayoría de los caminantes no tienen el billete de autobús de cinco dólares para llegar a Pamplona desde la frontera con Venezuela. Día tras día, llegan con los pies doloridos, el cuerpo cansado y los síntomas de vértigo. El flujo de personas se ha reducido desde que los venezolanos comenzaron a abandonar su país en masa en 2015, pero no muestra signos de cesar.

«Antes podías ver 500 personas por día pasando por Pamplona. En estos días son más como 150. Nunca es cero», dijo a openDemocracy Vanessa Purlaez, directora y fundadora de uno de los dos refugios de la ciudad. Cuando los caminantes empezaron a llegar a la ciudad, Purlaez empezó a alojar a 30 ó 40 de ellos en su casa durante la noche. Con la ayuda de amigos y familiares, ella decidió abrir un refugio hace cinco años.

«La gente necesita transporte. La gente se preocupa por las cosas básicas: abrigos, cobijas, comida, maleta y alojamiento», dice y añade que también necesitan apoyo psicológico por todo lo que han pasado y para prepararse para lo que está por venir.

Purlaez añade que «ahora muchas personas vienen con más dolor, con más tristeza y están más desilusionadas. Caminar es difícil. Muchas personas se dan cuenta que no han logrado el proyecto de su vida. La esperanza se ha ido de sus caras».

Una joven pareja llega al refugio de Purlaez, pero ambos son expulsados. El albergue, que da prioridad a las mujeres con hijos, está lleno.

Los jóvenes se quedan en la oscuridad del exterior antes de dirigirse a la carretera. Deambularán por Pamplona sin saber dónde pasarán la noche. Es una escena bastante habitual en la ciudad, donde el número de caminantes supera la capacidad de los dos refugios.

Dentro del refugio Purlaez, Zairet amamanta a Danna, su bebé que nació al llegar al refugio. Otros dos de sus hijos juegan en la pequeña habitación que Zairet comparte con otras mujeres venezolanas que vienen caminando desde la frontera con Colombia. «Fue una decisión repentina la de venir», dijo Zairet a openDemocracy.

«Estaba embarazada. No tenía suficiente dinero para comida o pañales. Estaba desesperaba». Zairet tiene otros cuatro hijos, pero siguen en Venezuela con su madre.

Zairet destaca el cambio en el flujo de personas que salen de Venezuela.

Antes de la pandemia, eran principalmente hombres jóvenes los que cruzaban la frontera con Colombia, según el Consejo Noruego para los Refugiados (NRC). Pero ahora, dice Purlaez, «ahora hay muchos núcleos familiares caminando, y mujeres solas o con niños buscando trabajo o caminando para encontrarse con sus familias que ya salieron. Familias completas están saliendo de Venezuela».

Mientras apacigua a Danna, Zairet explica que su compañero se fue a Bogotá hace unos meses. Aunque envió dinero, no fue suficiente para evitar que la familia muriera de hambre. Así que Zairet se fue con dos de sus hijos y su cuñada de 16 años, que también estaba embarazada.

«Vinimos aquí sin nada – sin dinero, sin ropa – nada. Teníamos hambre entonces nos fuimos», dice Zairet, antes de mostrar los calcetines que alguien del refugio le dio para combatir el frío.

El hambre es una de las principales razones por las que la gente abandona Venezuela. El Observatorio Financiero de Venezuela, un grupo independiente de analistas económicos, muestra que el precio de la canasta básica ha aumentado en 75% entre enero de 2020 y enero de 2022.

Zairet explica las cifras de primera mano: «Era casi imposible comprar cosas como arroz, harina y azúcar». Antes de salir finalmente de Venezuela, Zairet hacía un viaje diario por las trochas, senderos ilegales, a la ciudad colombiana de Cúcuta para vender dulces en los semáforos.

Las trochas son notorias; tanto los guardias fronterizos como los delincuentes extraen dinero y bienes de las personas desesperadas que cruzan por estos puntos ilegales. Pero Zairet sintió que no tenía otra opción. En Colombia, los alimentos básicos eran más baratos que en Venezuela.

«Si no hubiese ido (a Cucuta) no habríamos tenido nada a comer», se lamenta. Ante la creciente inflación, un salario mensual en Venezuela equivale a entre 1,50 y cuatro dólares, lo que solo alcanza para comprar una docena de huevos o uno o dos sacos de harina.

Zairet con su recién nacida en brazos

Zairet con su recién nacida en brazos. Foto: Catherine Ellis/openDemocracy

Jorge Luis ha visto pasar a miles de caminantes por Pamplona en los dos años que ha llegado desde Barquisimeto, ciudad del noroeste de Venezuela.

El antiguo policía de tráfico, ahora de mediana edad, pasa el día frente al hospital de la ciudad, donde dirige el tráfico y vigila los coches aparcados a cambio de unas monedas. «Es mejor que nada», dice. Luis también quiere animar a los senderistas. «Hablo con mucho de ellos y trato a motivarlos, de ayudarlos seguir adelante», dice.

Colombia ha sido generosa con los migrantes venezolanos, proporcionándoles mucho más que la ayuda informal ofrecida en Pamplona. El país acoge a más de 1,8 millones de venezolanos, es decir, cerca de 32 % de todos los migrantes venezolanos en América Latina, según el Banco Mundial.

En febrero de 2021, el presidente Iván Duque anunció un nuevo Estatuto de Protección Temporal por 10 años para los venezolanos que ya están en Colombia. Luis agradece la protección.

Sin embargo, el estatus le ha hecho ver que no volverá a casa pronto. Mira a su mujer, que vende tinto caliente, o café negro, desde un pequeño puesto. El aroma del café se mezcla con el humo de los camiones y autobuses que pasan.

A Luis se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la voz al hablar de una Venezuela que ya no existe.

«Había democracia en mi país antes, y tengo buenos recuerdos de esos días. Éramos clase media. Trabajaba para el gobierno y mi esposa trabajaba como una jefe en un banco. Teníamos vidas cómodas y no preocupábamos sobre el dinero. Pues, incluso teníamos dos carros. Es como si mi país hubiera pasado por una guerra y no veo que se recupere pronto», cuenta.

Antes de que los vendedores de tinto como la mujer de Luis comienzan su jornada, la plaza mayor de Pamplona sirve de dormitorio informal. En una fría mañana de viernes, tres jóvenes se acurrucan bajo finas mantas en el quiosco de la plaza. Tienen unas cuantas latas de atún, donadas por una ONG internacional, como parte del kit que se entrega a los migrantes venezolanos. Este tipo de ayuda es bienvenida pero escasa.

El Brookings Institution ha descrito la crisis de refugiados y migrantes venezolanos como «la más infrafinanciada» de la historia moderna.

Los pamploneses crearon ambos refugios, pero tras la pandemia, el de Purlaez tuvo que reducir su capacidad máxima a 67 inmigrantes por noche, aunque siguen pasando cientos por la ciudad. La actitud hacia los caminantes también parece estar cambiando. Los habitantes de los pueblos solían recibir a los caminantes por la noche, pero eso rara vez ocurre hoy en día, dice Purlaez. «Ahora muy poca gente abre sus puertas a los migrantes», afirma.

De vuelta a la carretera de Pamplona, Emily y otro caminante dicen que la renuencia a ayudar es comprensible. Hay historias de caminantes que roban a quienes intentan ayudarles. Oswual dice que ha oído hablar de migrantes que han robado a camioneros que les han ofrecido llevarlos.

A pesar de todas las dificultades para llegar a Pamplona, los emigrantes saben que su viaje a partir de aquí será aún más difícil.

«Escuché que el viaje se vuelve mucho más frío cuando nos acercamos al páramo», dice uno de los hombres del grupo cercano a Emily, refiriéndose al bioma que se encuentra en el norte de la cordillera de los Andes, temido por los caminantes por sus vientos cortantes, las fuertes lluvias y las temperaturas gélidas.

Emily añade que «escuche que si pasamos el páramo, podríamos congelarnos y morir. Por eso, necesitamos más dinero para comprar el pasaje. No quiero caminar esa parte del camino».

Todos se miran y sonríen, a pesar del cansancio y del miedo a lo que está por venir. «Estamos cansados pero no paramos», dice Oswual, y su entusiasmo anima a los demás. Un transeúnte se detiene y les da unas monedas, suficientes para una taza de café para todos. Eso los mantendrá en marcha por un tiempo.

Este artículo se publicó originalmente en democraciaAbierta.

RV: EG

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