Papúa batalla contra la covid y el rechazo de los sanitarios a la vacuna

Los desafíos logísticos y de comunicación para el despliegue de la vacunación contra la covid son inmensos en la región rural y remota de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea. Foto: Catherine Wilson

CANBERRA – Papúa Nueva Guinea (PNG), al igual que la mayoría de  los países de las islas del Pacífico, logró mantener a raya la covid-19 en 2020, con la ayuda del cierre anticipado de las fronteras nacionales. Sin embargo,  partir de marzo de este año la pandemia tomó auge y a comienzos de julio se habían registrado 17 282 casos y 175 víctimas mortales.

A Papúa, el mayor y más poblado país de las islas del Pacífico y situado en la región de la Melanesia de Oceanía, le espera ahora una dura batalla contra el virus, que se hace más problemática por el alto índice de rechazo de los trabajadores sanitarios a recibir la vacuna.

El ministro de Sanidad de PNG, Jelta Wong, subrayó en una entrevista con el Lowy Institute for International Policy de Australia en abril que “la vacuna será la clave para contener la covid-19 en nuestro país”.

Pero en la provincia de las Tierras Altas del Este, en el interior rural del país, el médico Max Manape, director regional de Salud Pública, dijo a IPS que “en nuestra provincia, hay una enorme indecisión sobre la vacuna contra la covid-19 debido a la gran negatividad hacia la misma en los medios de comunicación social”.

Por ello, “nos resulta muy difícil convencer a nuestros compañeros de primera línea, incluidos los trabajadores de la salud”.

A principios de julio, solo 23,3 % de todos los trabajadores sanitarios y esenciales de la provincia estaban vacunados, incluidos 329 empleados en el área sanitaria.

La situación está provocando la preocupación en la sociedad papuana.

“Los trabajadores de la salud son la primera línea y los primeros en responder a esta pandemia, y su negativa los pone en mayor riesgo de contraer el virus”, manifestó a IPS una portavoz del Consejo Nacional de Mujeres de Papúa Nueva Guinea, que prefirió que no se difundiera su nombre.

Esa situación, adujo, “conducirá al temido colapso de nuestro sistema de salud, que se encuentra en dificultades, y al efecto de otras muertes por enfermedades prevenibles y problemas de salud materna creados por la falta de mano de obra”.

En abril, el país recibió 132 000 dosis de la vacuna de AstraZeneca, el primer lote de un suministro total de 588 000 dosis por parte de Covax, el fondo mundial público-privado en que participa la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que promueve un acceso equitativo a las vacunas.

El gobierno de Australia, al sur de Papúa, también suministró 8000 dosis. El despliegue de la vacunación nacional comenzó a principios de mayo, dando prioridad a los socorristas, personal sanitario y otros en primera línea del combate a la covid.

Sin embargo, los avances han sido muy lentos.

Hasta este mes, solo se había vacunado a 59 125 personas de una población nacional de unos nueve millones,  incluidos 7844 trabajadores sanitarios. El mayor grupo de beneficiarios de la inoculación se encontraba en la capital, Port Moresby.

Wong, el ministro de Sanidad,  ha reconocido que existen numerosos retos para lograr una inoculación generalizada.

“En este país, nunca hemos tenido una vacuna para adultos, siempre hemos tenido las de los niños, y eso ha funcionado muy bien. Va a ser un verdadero reto para nosotros hacer esta extensión de la vacunación… Lo más importante será la educación. Nuestra gente tiene que estar lo suficientemente educada para saber que esta vacuna les ayudará en el futuro”, afirmó.

Más de 80 % de la población papuana vive en zonas rurales y remotas, donde las dificultades logísticas y de comunicación son mayores. Y es ahí, además,  donde el escepticismo sobre la vacuna es mayor.

Por ejemplo, solo 12 % de todos los trabajadores sanitarios y esenciales de la remota provincia de Enga, en la región de las Tierras Altas del Noroeste, se han vacunado.

“La aceptación de la vacuna es muy pobre en la provincia de Enga. Los trabajadores sanitarios de primera línea del hospital han rechazado la vacuna en su mayoría”, dijo a IPS el médico David Mills, director de Salud Rural y Formación del Hospital de Distrito de Kompiam, en esa provincia.

El problema tiene alcance nacional, en este país que ocupa la parte oriental de la isla de Nueva Guinea (la occidental pertenece a Indonesia) y numerosas islas situadas en su entorno.

Puede leer aquí la versión en inglés de este artículo.

El periódico papuano The National realizó una encuesta en línea en junio sobre la vacuna, que arrojó que 77 por ciento de los entrevistados no querían inmunizarse.

En mayo, oro sondeo realizado entre estudiantes de la Universidad de Papúa Nueva Guinea por la Escuela Crawford de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Australia, con sede en Canberra, reveló un alto nivel de indecisión sobre vacunarse.

Solo  6 % de los entrevistados estaba a favor de vacunarse, mientras 46 % estaba indeciso y  48 % en contra.

Los médicos y los responsables sanitarios afirman que detrás del rechazo a las vacunas está la tradición cultural y religiosa, la desinformación y las teorías conspirativas que se difunden en las redes sociales.

A ello se suma la desconfianza de la población en  el sistema sanitario del país, que durante décadas ha contado con una plantilla insuficiente, una infraestructura muy precaria y carencia de recursos.

Sin embargo, Mills aseguró que el gobierno estaba muy activo en responder a las teorías conspirativas con hechos e información sanitaria autorizada.

“Hay mucha información, demasiada información. Es una ventisca de información, pero lo difícil es clasificarla. Hay que tener en cuenta que en esta sociedad hay un alto nivel de desconfianza y escepticismo en general. La gente no se toma nada al pie de la letra. Es un terreno fértil para creer en hipótesis alternativas”, afirmó.

La confusión fue uno de los principales motivos de indecisión entre los encuestados por la Universidad Nacional de Australia. Y eran más propensos a confiar en la información proporcionada por los líderes cristianos locales (32 %), seguidos por la familia y los amigos (31  %) y la OMS (29%).

Por el contrario, la fe en el gobierno como fuente de información era negativa (-8) por ciento, lo que lleva a la conclusión del estudio de que “la desconfianza en las instituciones del gobierno y la indecisión ante las vacunas van juntas”.

A pesar de tener una economía basada en la riqueza de los recursos naturales y minerales, Papúa Nueva Guinea tiene una clasificación de desarrollo humano relativamente baja, con el puesto 155 entre 189 países y territorios.

Además, la prestación de servicios básicos fuera de los centros urbanos es obstaculizada por falta de inversión y la corrupción, según denuncias de organizaciones sociales, lo que ha convertido en deficiente por décadas.

En el área sanitaria, en particular, el país cuenta con 0,5 médicos y 5,3 enfermeras por cada 10 000 habitantes, según datos de la OMS.

La desconfianza de ese personal sanitario hacia la vacuna tiene consecuencias.

“El elevado rechazo a la vacuna entre el personal sanitario, especialmente las enfermeras, confunde al público en general y fomenta el escepticismo sobre la vacuna. Y los trabajadores sanitarios no vacunados pueden ser un peligro para los pacientes muy vulnerables que tenemos como internos en los hospitales”, dijo a IPS el profesor Glen Mola, jefe de Salud Reproductiva, Obstetricia y Ginecología de la Escuela de Medicina y Servicios de Salud de la Universidad de Papúa Nueva Guinea, situada en Port Moresby.

Pero este escepticismo contagioso dentro del personal sanitario de la capital podría cambiar tras una nueva resolución en el Hospital General de Port Moresby.

“Recientemente, la junta directiva del hospital aprobó una política de la dirección del hospital según la cual cualquier nuevo trabajador sanitario, aquellos a los que se renueve el contrato, como auxiliares, internos o estudiantes de medicina, deben vacunarse antes de que puedan entrar en las áreas de atención clínica del hospital”, dijo Mola.

Pero Mills planteó que aunque haya un cambio en el sector sanitario, “para la población en general, la vacunación nunca va a ser la salida (de la pandemia)”.

“La aceptación es demasiado pequeña, el suministro demasiado pequeño y los mecanismos de suministro demasiado débiles. Llegaremos a la inmunidad de rebaño de la manera más difícil, que es infectándose la mayoría de la gente”, afirmó.

No obstante, en junio, el Banco Mundial aprobó una nueva financiación de 30 millones de dólares para impulsar el programa de inoculación contra la covid de Papúa, que ahora, de hecho, se ofrece a todos los ciudadanos mayores de 18 años.

T: MF / ED: EG

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