Obama y la maraña griega

Joaquín Roy
Joaquín Roy

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, debe  sentirse aliviado. Pudorosamente silencioso en las últimas horas de  las difíciles negociaciones para llegar a un acuerdo sobre el  drama griego, su resolución debe considerarse, al menos provisionalmente, como beneficiosa para los intereses de Washington.

Sus muestras de presión o de diplomacia sigilosa deben percibirse  como un logro más en completar su agenda para poder presentar un  legado a la historia en el último tramo de su Presidencia.

Conviene efectuar un breve repaso de la historia para ubicar en su justo contexto la política de la Casa Blanca.[pullquote]3[/pullquote]

En 1953, durante el interrogatorio para su nombramiento como secretario de Defensa del presidente Dwight Eisenhower (1953-1961),  le preguntaron a Charles Wilson, director ejecutivo de General Motors (GM), si estaría dispuesto a tomar una decisión que perjudicara a su compañía.

Wilson contestó afirmativamente, pues siempre había pensado que lo era “bueno para el país era también bueno para la GM, y viceversa”.

Curiosamente, esta afirmación patriótica fue trocada luego por otra más arrogantemente capitalista, aduciendo que “lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos”. Wilson intentó corregir el malentendido, pero terminó por aceptarlo.

La crisis de Grecia ha actualizado la anécdota. ¿Lo que es malo (o
bueno) para la Unión Europea (UE) es malo para Estados Unidos?

Con excepción de algunos sectores minoritarios estadounidenses que se obstinan en las contiendas internacionales bajo la lógica de la suma cero (lo que pierde uno, lo gana otro, y al revés), lo cierto es que para Estados Unidos los problemas de la UE, desde su nacimiento (al que ayudaron decisivamente desde el Plan Marshall) son malos para Washington.

Es lo que ha pensado Obama al contemplar el drama griego. El problema es que el panorama actual europeo no aclara qué
es en realidad malo para la UE y para Grecia, aparte de la salida de Grecia del euro.

El contundente resultado del referéndum griego a favor del “no” no hizo más que agravar la atmósfera de indecisión y planteó un nuevo reto para las percepciones estadounidenses.

El “no” le presentó a Obama otro problema, ya que anteriormente había presionado a los acreedores para que suavizaran sus demandas, sin tener éxito. Obama había irritado al gobierno alemán y algunos acreedores cuando apenas unos meses antes había dicho que “no se podía arrinconar a países en recesión.”

En cierta manera, Obama, después acrecentó sus llamados para el  acomodo, pero sin que se tradujera en una injerencia en un proceso  interno.

En este contexto, en los entresijos de la administración  estadounidense se ha temido en los últimos días que si Grecia  saliera del euro el resultado, sería el colapso de toda la zona, un desastre desestabilizador que haría estallar los mercados y de rebote  dañar la economía de Estados Unidos, todavía vulnerable a las  convulsiones externas.

En el trasfondo de la incomodidad de Obama se cernía el hecho de que la salida de Grecia complicaría la campaña de Hillary Clinton, la precandidata del gobernante Partido Demócrata, quien  necesita de la fortaleza de la economía estadounidense para respaldar su carrera a la Casa Blanca.

El vínculo de Estados Unidos con la UE significa que la bancarrota de Grecia dañaría a Estados Unidos. Mientras el dólar se acerca a la  paridad con el euro, la crisis convertiría a la divisa estadounidense  en todavía más fuerte, perjudicando las exportaciones y, de rebote, la  diplomacia de Washington en plena campaña presidencial demócrata.

Más que en el terreno financiero, lo cierto es que la crisis atañe a otras tres dimensiones, que son pivotes del interés norteamericano en que el daño no se derrame a otros terrenos cruciales.

El primero es que la amenaza de una oscilación de Grecia hacia la deriva la podía hacer caer en la tentación de refugiarse bajo la protección de Rusia, dominada por el presidente Vladimir Putin, siempre presto a competir con Washington. En un mundo donde el factor religioso juega un papel preponderante, la afinidad de la variante cristiana ortodoxa resuena con simpatías tanto  en Atenas como en Moscú.

El segundo es la incertidumbre que se crearía dentro de la  Organización del Atlántico Norte (OTAN).[related_articles]

La crisis ha recordado el lugar estratégico ocupado por Grecia. Situada en la vecindad de  Turquía, entre las convulsiones de Oriente Medio y la precaria  relación de los Balcanes con la UE, la nación helena cobra una nueva importancia que recuerda viejas épocas del devenir europeo en los momentos posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial.

Fue el liderazgo estadounidense del presidente Harry Truman
(1945-1953) el que decidió apuntalar la posición de Grecia en el bando occidental, para neutralizar la ambivalente decisión de Yalta, al dividirse el mapa de Europa con Josef Stalin (1922-1953). En este
aspecto, Obama no está dispuesto a escribir un capítulo diferente.

El tercer detalle es la incomodidad de contemplar desde Washington una UE dividida en su liderazgo y con las alas financieras dañadas, mientras está enfrascada en las negociaciones para el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP), ya cuestionado desde diversos ángulos.

Con líderes indecisos en Europa va a ser muy difícil que Obama pueda ejercer el mandato para negociar que le concedió su Congreso legislativo, con el resultado de que el proyecto se retrase hasta que haya un nuevo presidente, en 2017.

Sería una notable baja colateral del desastre griego, que parece se ha evitado a última hora con la imposición de drásticas condiciones a Grecia como precio de un nuevo rescate. Sería también la dura confirmación de que lo que es “malo para Europa es malo para Estados Unidos”.

De momento, Obama respira con cierta tranquilidad.

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.  jroy@miami.edu

Editado por Pablo Piacentini


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