Deserciones silenciosas en la Siria bajo control kurdo

«Claro que me gustaría desertar, pero no puedo renunciar a mi sueldo. ¿Cómo daría de comer a mis 11 hijos?». La guerra pone a prueba a todo el pueblo sirio, incluso a este policía del régimen de Bashar Al Assad.

El encuentro se produce en una casa en la localidad kurda de Gundik Shalal, 750 kilómetros al noreste de Damasco. El barracón donde Furat Azir (así quiere este policía que se lo identifique) lleva dos años destinado, está a menos de un kilómetro de aquí, y a otro de la frontera turca.

"Éramos 13, pero ocho de mis compañeros se marcharon hace 20 días. Algunos se unieron al (rebelde) Ejército Sirio Libre y otros se fueron al Kurdistán iraquí. Los que permanecemos en nuestro puesto somos de Deir ez-Zor (este) y de Aleppo (noroeste)", explica este policía vestido de paisano, entre sorbos de té turco y dulces libaneses.

Tras una serie de protestas lideradas por diferentes movimientos kurdos en julio, varias localidades del noreste sirio donde esta etnia es dominante, disfrutan de una relativa calma.

Si bien el gobierno conserva efectivos en la zona, estos permanecen replegados en sus edificios y barracones sin interferir, en apariencia, en una región hoy bajo control kurdo.
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El testimonio de Azir lo corrobora: "Pasamos el día sin salir casi del barracón, siguiendo el desarrollo de los acontecimientos a través del televisor. Afortunadamente, no hemos intercambiado ni un solo disparo desde que empezó la revolución", explica el policía.

Numerosos rumores apuntan a que el Partido de la Unión Democrática (PYD), dominante entre los kurdos de Siria, habría negociado con el gobierno de Assad. No obstante, su presidente, Salah Muslim, negó categóricamente a IPS que se hubiera producido acuerdo alguno.

Asimismo, varios analistas apuntan que el aparente desinterés de Damasco en la región obedece a un intento de evitar que los kurdos sumen fuerzas con el Ejército Libre de Siria (ELS), principal oposición armada.

La amenaza que supondría una eventual región autónoma kurda en Siria para la vecina Turquía, donde viven más de 20 millones de personas de esta minoría, sería otra de las razones del inesperado movimiento de Damasco en la zona.

Furat asegura no tener "ningún problema" con el PYD, pero apenas puede disimilar la incertidumbre que le suscita el futuro más inmediato.

"Intenté huir a Turquía, pero el ejército sirio me capturó y estuve 10 días detenido. Hoy me sería imposible llegar a casa por los controles en las carreteras, tanto rebeldes como gubernamentales", lamenta Furat.

"Muchos compañeros dicen que esperarán en sus puestos hasta que llegue el ELS, pero nadie sabe lo que pasará cuando los rebeldes alcancen esta zona", explica el todavía policía, añadiendo que huirá a Turquía o a Iraq "a la primera oportunidad".

"Por el momento, disfrutamos de la comprensión de familias locales. Todas ellas saben que nuestra situación es muy difícil y no dudan en ayudarnos con comida o ropa para nuestros hijos", asegura el policía antes de volver a la tediosa inactividad dentro de su barracón.

Sin abandonar Gundik Shalal, el soldado Dilhar recuerda su reciente deserción:

"Estaba destinado en el acuartelamiento de Qatana (20 kilómetros al sudoeste de Damasco). Me pilló la guerra como recluta y me retuvieron durante ocho meses más, a pesar de que ya había cumplido con los 15 meses reglamentarios", explica este kurdo llegado a su localidad natal hace apenas dos semanas. Hoy descansa junto a su familia. Según dice, no ha sido fácil llegar hasta ella.

"En el cuartel es muy difícil saber lo que está pasando fuera", explica. "Tanto los oficiales como la televisión estatal –única accesible en los cuarteles– repetían que luchábamos contra terroristas de Al Qaeda y yihadistas llegados de todo el mundo. Además, los teléfonos móviles están prohibidos".

Aparentemente, muchos como él consiguen ocultarlos en los lugares más insospechados y contactar con su familia.

"Pedí un permiso de un día para ir a Damasco y me dieron tres horas. Allí me esperaba mi padre para traerme hasta casa. Crucé los puestos de control con la identidad de mi primo, porque en el ejército retienen nuestra documentación", recuerda el joven, que atribuye su exitosa deserción al parecido físico con su primo Ahmed.

La experiencia de Dilhar confirma la intención de otro pariente suyo, Salah, de abandonar el país antes de tres meses. Será entonces cuando este profesor de educación física de 24 años deba incorporarse a filas.

"Intentaré huir a Europa, pero sé que es difícil. Mi primo Jewan se gastó una fortuna para llegar hasta allí y no pasó de Etiopía", relata este joven kurdo, para quien su segunda opción es Emiratos Árabes Unidos. "No quiero acabar en un campo de refugiados en Líbano, antes me iré a Turquía o al Kurdistán iraquí", apunta con resignación.

Precisamente en julio, el Gobierno Regional de Kurdistán, la región autónoma situada en el norte de Iraq, admitió haber acogido y entrenado a 650 soldados kurdos del ejército sirio que habían desertado en bloque. Todavía se ignora si, a su regreso a Siria, estos se unirán al ELS o combatirán por su cuenta contra las tropas de Assad.

En cualquier caso, se trata de un gesto que molesta a Damasco, pero también a Ankara, que desconfía del creciente control que los kurdos sirios están ejerciendo sobre su territorio.

Y es que la solidaridad transfronteriza kurda es mayor de lo que parece a simple vista.

Tras desertar del ejército sirio, a los pocos meses de comenzada la revolución contra Assad en marzo de 2011, Massud cruzó la frontera nororiental para llegar hasta Erbil, capital de la región autónoma kurda de Iraq, 300 kilómetros al norte de Bagdad.

"Nada más llegar, pedí acceso a los 'peshmerga' (ejército regular del Kurdistán iraquí) y desde hace tres meses tengo un sueldo de 250 dólares al mes", explica Massud orgulloso, enfundado en su recién estrenado traje de camuflaje.

"Hecho de menos a mi familia, pero quiero empezar una nueva vida a este lado de la frontera", dice.

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